Lo primero que ha puesto en evidencia esta vejez sobrevenida de la nueva política han sido las formas con que ha encarado la campaña electoral. La presentación del mensaje a través de eslóganes más propios de un detergente que de un mensaje revolucionario; el recurso a estrategias populistas que en boca de los viejos políticos haría que les echáramos los perros; el uso de un lenguaje grosero que hace pasar vergüenza ajena; el disimulo de conductas pasadas que harían sonrojar al más sinvergüenza… Y, sobre todo, el recurso a la ambigüedad en los terrenos de más compromiso para atraer votos al precio que sea. Sí: el retorno de la ‘puta y la Ramoneta’, que si en la casa de la vieja política ya se habían establecido y ya lo habíamos escarnecido, al habitar en la casa de la nueva política, te dejan sin palabras.
Por no innovar, la nueva política ni siquiera utiliza bien las redes sociales, y cuando no está en las plazas y los mercados, como ha hecho siempre todo el mundo, se sigue refugiando en los viejos platós de televisión. En esto, más que ser nuevos, lo cierto es que son mejores que los viejos políticos, a menudo demasiado poco teatrales para las técnicas clásicas de la comunicación política. ¡Sí, señor! Unos grandes actorazos estos de la nueva política, con más madera teatral que la demostrada en la salmodia clerical de un Herrera, la rigidez profesoral de un Junqueras o la timidez mal disimulada de un Mas. Los que pensaban que la política era demasiado teatro, lo habían entendido mal. Lo que había era malos actores que hacían poco verosímil el papel que interpretaban. En esto, la nueva política mejora, y ahora el público aplaude con tiento a los nuevos actores, capaces de hacer creíble el sainete que representan.
La campaña también ha afectado al fondo de la nueva política. Efectivamente, no ha tardado ni veinticuatro horas de campaña el incorporarse a la lógica que lleva del cálculo electoral a la ambigüedad calculadísima. Quienes abominan el mercado económico, no tienen ningún escrúpulo en asumir con todas sus consecuencias el mercado del voto político y a tratar al elector como un mero consumidor de mercancía política vistosa. Del sí-sí del 9N ha pasado al ni-ni (ni independentismo catalán, ni español) del 24M. Del «derecho a decidir todo» ha pasado a decidirlo todo… menos lo que un par de millones de catalanes querían decidir, porque para ello previamente se ha de pedir, por favor, permiso. Y, naturalmente, para evitar cualquier fuga de votos, ni se sabe si el corredor mediterráneo es una prioridad política, ni si lo que hablamos en Baleares, País Valenciano, Cataluña, la Franja, Andorra y Alguer es la misma lengua o no. Aún más: la nueva política no ve cuál es el problema de que al catalán, en la Franja, se le llame Lapao.
Por si acaso, también, la nueva política evita enfrentarse a las más rancias estructuras del Estado. ¿Alguien ha oído hablar de hacer tambalear la monarquía, más allá de cuando se han saltado el protocolo para hacerle la pelota y salir en todos los telediarios? ¿Alguien ha visto abierto el debate de la nueva política en Andalucía, por ejemplo, sobre el modelo de Ejército, que con retórica patriótica -eso, nunca mejor dicho, de envolverse con la bandera- esconde sangrientas inversiones en la industria de las armas, como ha puesto al descubierto el Airbus 400 siniestrado en Sevilla (30.000 millones de inversión sólo en la fase de investigación y desarrollo)? Sí, ya sé que se trata de unas municipales. Pero la nueva política no tiene ningún escrúpulo en hablar genéricamente de los corruptos, de la casta, y de todo tipo de lacras políticas y sociales que rebasan los límites de los pueblos, ciudades y autonomías. ¿Se puede hablar de la casta, y olvidarse del rey y el ejército?
Ahora bien, donde vieja y nueva política tienden a coincidir, lamentablemente, es en esta permanente tentación de la superioridad moral: exhibir conciencia más de elegidos que de representantes; hablar desde la arrogancia de los puros más que desde la humildad de los que quieren servir; descalificar -y si es necesario, insultar, que para eso se es superior- desde el púlpito que escuchar las críticas a pie de calle. No digo que todo el mundo sea igual, siempre y en todas partes. Pero caramba, esta lógica del todos los nuestros son buenos, los honrados, los impolutos, y todos los demás son mala gente, corruptos, sospechosos, da miedo. Y, aquí, repito, nueva y vieja política tienden a encontrarse fatalmente. Formas y fondos viejos, pues, utilizados por una nueva política que, aceleradamente, envejecerá tanto, que pronto se confundirá con lo que quería combatir.
Y, pues, visto todo ello, ¿es que no tenemos remedio, es que no hay esperanza de regeneración? No, no es nada eso. Por un lado, y desde mi punto de vista, el error es aceptar la previa: suponer que todo está podrido y que se necesita una regeneración total. Desconfío radicalmente de este punto de partida mesiánico, tal como desconfío del mismo cuando recorre el independentismo o cualquier otra ideología o proyecto político. Porque lo cierto es que la podredumbre es grave, pero es poca. Y que más que regeneración total, lo que hace falta es tirar las manzanas podridas y disponer de sistemas de control que, sabiendo que todas las manzanas pueden corromperse, puedan expulsarlas desde la primera magulladura. En resumen: una transparencia razonable -no un striptease, para dar espectáculo y obligar a cerrar bocas- y una justicia rápida.
Por otro lado, mi opinión es que, al contrario de los que creen y dicen que sólo se puede hacer limpieza desde fuera, yo creo que la transformación que es creíble, lo que es verdaderamente eficaz, lo que es útil y permanente, es limpiar desde dentro. Es decir, me fío más de un proceso tradicional de reconocimiento del pecado y su posterior redención, que de los neófitos y de las conversiones express. Si la política ha sido siempre «pecadora», no será ahora, por primera vez y precisamente aquí, donde se volverá angelical. Y es por eso que me gusta más ver cómo avanza Compromiso en el País Valenciano, o saber si se consolida la propuesta de ‘Más por Mallorca’ o por Menorca, o, incluso, cómo se lo montará Convergencia Democrática para refundarse, que confiar en los que -supuestamente- aún no saben cuán fácil es caer en la tentación.
EL TEMPS








