La principal batalla que ha perdido el independentismo tras el 1-O ha sido la de la narración de los hechos, la del relato, como se dice ahora. Si se quiere, la batalla de la verdad, que ya se sabe que es la primera víctima de todas las guerras. Y esta derrota ha abierto tres grandes heridas, si no más. Una, la naturalización de la represión. Dos, la manipulación del calendario del proceso. Y tres, la asunción de los argumentos del adversario, incluso cuando se utilizan en contra del adversario pero que siempre nos acaba situando en su terreno de juego. Ahora, todos los partidos se juegan en campo contrario, una circunstancia que el regreso de los prisioneros políticos a Madrid para ser juzgados ilustra de manera realista y nada metafórica.
Comienzo, pues, con una evidencia: la gran victoria de la celebración del referéndum del 1-O de 2017 fue seguida de una durísima derrota por la respuesta represiva del Reino de España. Y no tanto por la brutalidad de la acción policial como por la aplicación de un estado de excepción que conllevó el improcedente cierre de las instituciones democráticas, el autoritario encarcelamiento y exilio del gobierno y la irregular celebración de unas elecciones bajo amenaza. Esto ya lo sabemos, pero el paso del tiempo lo normaliza incluso lo acabamos aceptando como si fuera una fatalidad inevitable o, peor, interiorizamos la culpa como si fuera el resultado de nuestra propia incompetencia. Por cierto, una tarea, la de la autoinculpación, que cuenta con activísimos ‘opinadores’.
En segundo lugar, la derrota de la verdad ha dependido de manipular el calendario del proceso a fin de disminuir su relevancia. Todos los datos objetivos sitúan los cambios en la expectativa política de muchos catalanes en el inicio del siglo XXI -es decir, hace unos veinte años- con las constantes provocaciones de la mayoría absoluta aznarista. Y, particularmente, el ‘sorpasso’ del independentismo al españolismo se produce en 2006 con el fracaso de la reforma estatutaria y, por tanto, hace ya más de doce años. En cambio, para minimizar la magnitud del desafío, se enmascara que la iniciativa ha sido popular y se hace hincapié sólo en los cambios institucionales situando el inicio del proceso en la sentencia del TC de 2010, o aún más tarde, en las elecciones del 2012.
Sin embargo, lo peor de todo, tercer lugar, es que hayamos quedado atrapados en el discurso del adversario. Así, mientras el secesionismo catalán siempre se ha formulado en términos democráticos y con voluntad de pacto con el Reino de España, aquí hemos terminado discutiendo sobre una unilateralidad que, en realidad, quien la ha aplicado sin reparos ha sido el adversario. El hecho de haber aceptado participar en pleno estado de excepción en las elecciones del 21-D convocadas ilegítimamente por Madrid, y después habernos tragado el impedimento de nombrar al presidente que legítimamente habían determinado las urnas, hace que ahora cada vez que se dice que Carles Puigdemont es el presidente «legítimo» y que los consejeros en la cárcel o el exilio son el «gobierno legítimo», estamos debilitando al único presidente y gobierno efectivos que tenemos. También, dando por bueno el resultado del 21-D, y tratando los resultados como si hubiera sido un referéndum, hemos creado la idea falsa de un país dividido al cincuenta por ciento. Finalmente, entre muchos otros pero muy relevante, lo que más divide el independentismo es la petición de una unidad que se sabe imposible. Es la gran victoria aznarista: habernos dividido, paradójicamente, haciéndonos entrar en el círculo vicioso de una imposible expectativa de unidad de partidos. Una quimérica unidad que hay quien se atreve a convertir en la necesidad de un único gran partido independentista, al estilo del SNP escocés, que fuerza aún más la desconfianza entre los partidos independentistas.
La sensación de empantanamiento en que vive el independentismo en la actualidad, desde mi punto de vista, no es tanto por la falta de estrategia o de acción -también ciertamente limitadas por la represión-, sino por haber quedado atrapado en la retórica del adversario. Quizás el que aprovecháramos el tiempo del juicio para desembarazarnos de él y para volver a ganar la batalla del relato, que, en nuestro caso, es la madre de todas las futuras victorias.
LA REPUBLICA.CAT










