Certezas y ficciones

La actualidad política catalana y española de los últimos tres años nos lleva a analizar una serie de realidades (o certezas) junto a fabulaciones (o no certezas). A saber, unas cuantas:

1. Es una realidad demostrada que el Estado español, sus élites políticas y tribunas de opinión no se moverán ni un palmo de su posición respecto a lo que llaman «cuestión territorial»; en cambio, es un espejismo extendido la esperanza y el deseo de un buen conjunto de catalanes que creen de buena fe que finalmente el Estado cederá y se llegará a una salida pactada a la conflictiva situación actual. ¿Quién nos engaña y se deja engañar?

2. Es una realidad que España no sólo no se queda quieta sino que el Estado sigue actuando con total maledicencia para dar cumplimiento a su firme intención de españolizar su mapa colonial -perdón, quería decir territorial-. Cada semana tenemos muestras con recortes normativos, invasiones de competencias, sentencias adversas al autogobierno, nuevas leyes que afectan a derechos fundamentales como la libertad de expresión, el derecho a la información, manifestación, derecho de huelga… Es una fantasía creerse que España se irá regenerando y que dará un giro hacia la aceptación del pluralismo nacional y lingüístico, o que poco a poco irá cediendo en la cuestión territorial, o que están muy acojonados y perciben como irreversible la marcha de Cataluña… ¡Ca!, ¿necesitamos estas mentiras para huir de la realidad?

3. Es una certeza incontestable que no hay ninguna corriente de pensamiento ni formación política española que defienda abiertamente el derecho a decidir de Cataluña y, llegado el caso, el derecho a separarse amistosamente de España. Por el contrario, nos entusiasmamos cuando hay un español más o menos relevante o famoso que solitaria y excepcionalmente acepta razonablemente nuestros derechos y nos confiere la legitimidad de marcharnos si democráticamente así lo decidiéramos.

4. Es una realidad que el Estado no ha hecho una sola propuesta para encontrar una solución al conflicto. Paradójicamente, proliferan cada vez más las utópicas propuestas de terceras vías desde potentes tribunas de interés (perdón, de opinión, quería decir) de nuestra casa, ignorando la actuación reiterada y perversa de la administración central española en contra de los intereses económicos de Cataluña y con especial énfasis en situar cerca de la quiebra técnica la ya de por sí maltrecha tesorería pública catalana. ¿Cómo podemos llamar a esta visión tan sesgada de la realidad? Que cada uno ponga nombres…

5. No es ninguna falsedad afirmar que la unidad de España cohesiona a derecha e izquierda sin excepción, salvo a los partidos de estricta obediencia catalana. Sucede lo mismo con la prensa hispana. Por el contrario, en el Parlamento de Cataluña no hay la misma unidad de acción y de pensamiento y son dignos de estéril elogio el conjunto de articulistas y tertulianos que intentan suavizar y edulcorar la realidad y callar ante los continuos ataques a nuestra gente, lengua, símbolos, productos… ¿Por qué maquillamos la intolerancia hispánica hacia nuestras reivindicaciones democráticas? ¿Miedo?, ¿servidumbre secular…?

Como decía el poeta, «Estamos donde estamos y más vale saberlo». Vienen tiempos complicados y sería necesario que tuviéramos claro que nuestra libertad nacional tiene un precio. Nuestro proceso de emancipación nacional es una larga maratón llena de obstáculos. Pero podemos ser optimistas. El pueblo catalán tiene ahora una fuerza que hace unos años no tenía: su movilización y tenacidad. Nos ampara la democracia, derecho a existir y decidir nuestro futuro. Debemos continuar empujando a nuestra clase política -reforzarla si lo merece, cambiarla si conviene- y que perciba que la gran mayoría estamos en ello y que les podemos pasar por encima. Creo que hemos perdido algunos miedos -no todos-, hemos salido del armario autonómico del catalán resignado, que vislumbramos un futuro libre, justo, ético y democrático para nuestro pueblo. Vamos haciéndolo desde realidades ciertas, no desde ficciones o entelequias que ya no nos llevan a ninguna parte.

EL PUNT – AVUI