Cataluña no cabe en España

Parece que los nacionalistas españoles empiezan a entender que la cuestión catalana es una crisis constitucional española. No un «guirigay», como lo definió en su momento Rajoy con su habitual inteligencia, sino una cuestión medular que afecta el fundamento mismo de la tercera restauración y la viabilidad del Estado. Gracias a esta conciencia se han hecho algunas propuestas. La política es una actividad práctica.

Podemos abrió camino, admitiendo el referéndum que los otros nacionalistas españoles negaban, como lo hicieron ellos mismos hasta su fracaso en las elecciones de 27 de septiembre de 2015. Ahora matizan que este referéndum debe ser pactado con el Estado, lo que equivale a sacar con una mano lo que se da con la otra.

Reaparece igualmente el PSOE, también moderando su primitiva intransigencia. Les gustaría un país federal en el que Cataluña tuviera un reconocimiento de su especificidad. Y algún socialista llega incluso a hablar de «bilateralidad», si bien otros recuerdan que cualquier reconocimiento de especificidad y bilateralidad debe hacerse en el marco constitucional de la igualdad de todos los españoles. Al margen de que los españoles no seamos iguales, yendo a la letra pequeña de la oferta, se descubre que esta letra pequeña es la cuadratura del círculo: la singularidad catalana dentro de la igualdad española.

Una vez más, alguien está dando vueltas a eso que llaman «el encaje» de Cataluña en España, una expresión convencional cada vez menos significativa. ¿Y si en realidad Cataluña no tuviera encaje en España? No es cosa de remontarse a los siglos pasados, práctica muy socorrida en estos casos. Basta observar cómo en el último, Cataluña se ha desarrollado en un sentido mientras España lo ha hecho en otro, hasta llegar a ser dos países diferentes.

Cataluña ha adquirido una plenitud que España no tiene, y encajar la una en la otra podría ser imposible por falta de fórmulas. Pero el nacionalismo español, siempre dos pasos por detrás de la realidad, insiste en proponerlas dando por nuevas algunas que, como el federalismo, cayeron en desuso antes de estrenarse. Un espíritu generalizado en el independentismo tiende a ver la propuesta federal como algo ya anacrónico, y exige el paso al referéndum unilateral. Es posible que este paso acabe siendo necesario, pero en el momento actual, la posición de Puigdemont parece dictada por la prudencia del que quiere transitar «de la ley a la ley», por lo que se muestra dispuesto a un referéndum en el que el federalismo fuera una posibilidad. Pero el referéndum es el punto de partida, no el de llegada.

¿Cómo es que han admitido por fin los nacionalistas españoles una ronda de ofertas de reforma de la Constitución? Sencillamente, porque no les ha quedado más remedio. Al comienzo de la polémica, nadie pensaba que el proceso soberanista llegara al punto que ha alcanzado, en el que la independencia es una opción real. A partir de cierto momento se considera imprescindible contrarrestarla haciendo propuestas más o menos razonables. Este es el giro de la política española, propiciado seguramente por las nuevas elecciones del 26 de junio, de las que Sánchez hace responsables a los independentistas catalanes.

¿Y a qué se deben estas propuestas más o menos razonables, si no es a la unidad del frente independentista? en el fondo es evidente, en la crisis del sistema español, la Cataluña independentista actúa como la verdadera esencia de una oposición que falta en España. La oposición verdadera al Estado está territorializada y se llama Cataluña. Es la unidad del independentismo la que fuerza al nacionalismo español a hacer ofertas de reforma para resolver la crisis constitucional. A pesar de ser insuficientes, más lo serían si esta unidad se rompiera por las razones que fueran. En este caso, las ofertas desaparecerían por arte de magia.

Es la insistencia en la opción independentista la que fuerza la presentación de fórmulas reformistas que tratan de evitar la convicción de que, en el fondo, Cataluña no tiene encaje en España o, como sostenemos aquí, Cataluña no cabe, en España. Si la voluntad política independentista catalana se rompiera, el horizonte de la construcción de un Estado desaparecería y volverían los tiempos de la Comunidad Autónoma, eso sí, muy específica.

EL MÓN