Cataluña después de la Diada

 

HEMEROTECA

 

Las imantaciones de la ‘V’

Julià de Jòdar
EL PUNT – AVUI

Antes y después de la Diada, hemos podido leer comentarios que contradicen la patraña que no habría libertad para expresar opiniones adversas al proceso, sino para abrumarlas con anatemas, o advirtiéndonos de los riesgos imaginarios que acarrea. En un recorrido no exhaustivo de imantaciones, ha comparado TV3 con Telemadrid y se ha tachado la manifestación de parque temático independentista; jugando con el diseño, la capacidad de mover las masas y la estética del espectáculo, se ha introducido maliciosamente el estigma totalitario; la ANC y el Òmnium han sido considerados como entidades de «representatividad irregular»; se nos ha advertido contra el riesgo de desembocar en un «simulacro insurreccional» y que, consumado el siniestro, «habrá que recoger las víctimas e identificarlas»; la manifestación habría sido una performance que haría pensar más en unas vacaciones que en un acto político; Stefan Zweig ha sido citado para ligar el catalanismo actual con un nacionalismo que «envenena la flor de nuestra cultura europea»; los hay que se sentían paseando por Pyongyang; un Mas, confundido porque aún le crecen uñas y cabellos, ignoraría que es un cadáver político; habría pretendidos y remotos paraísos de vía ancha europea y de vía estrecha catalana; se ha hablado del fanatismo de unos políticos independentistas deslumbrados; los antisoberanista sostendrían que han conseguido una «Diada más plural»; en fin, la cultura política catalana sería idéntica a la española, pero corregida y aumentada… El denominador común de todos estos comentarios es que ignoran el factor principal que nos ha llevado donde estamos: la voluntad de la gente.

La mañana de la Diada, en un acto institucional en el ayuntamiento de Barcelona, oí la conversacíón de dos militantes de la ANC que se proclamaban, por encima de todo, demócratas -uno de ellos con carné de ERC- y que dejaban «en manos de los gobernantes» la toma de decisiones para facilitar la consulta del 9-N. No mencionaban la unidad, que se daba por descontada. El pasado sábado, Carmen Forcadell afirmaba en Arenys de Munt que los políticos todavía tienen que demostrar que pueden anteponer los intereses de país a los de partido. Para la presidenta y el secretariado de la ANC, la unidad no es algo obvio, sino que hay que obligar a los partidos a trabajarla y a conservarla para atender los compromisos adquiridos con la consulta; y, en caso de que los dirigentes no la supieran mantener, esa unidad, la voluntad popular de votar se acabaría imponiendo a las renuncias institucionales. La previsión es esta, y nadie podrá decir que desconocía el diseño: 100.000 voluntarios para ir de casa en casa «a escuchar a la gente para saber qué país queremos» y formación de una mesa de fuerzas políticas y sociales para el Estado propio, porque, «a partir de ahora, el actor del proceso pasa a ser el pueblo de Cataluña». Si hay quienes pedían política, en este trenzado de información, participación y discusión encontrarán su piedra de toque. Naturalmente, también cabe que el exceso de optimismo, el cálculo erróneo de fuerzas, los desplazamientos de opinión, la emergencia de realidades escondidas, o, sencillamente, la incapacidad de prever la tempestad y de gobernar la nave, nos lleven a playas no descritas en ningún mapa. En este supuesto, tendriamos que vivaquear una buena temporada, pero no parece que esta perspectiva nos deba preocupar demasiado: hay quienes hablarán de «frustración», pero serán los mismos que se mantendrían con la espalda recta mientras la gente se dejaba la piel montando las tiendas.

 

 

Cataluña en la agenda mundial

Agustí Bordas
EL SINGULAR DIGITAL

El éxito abrumador de la ‘V’ de este pasado 11 de septiembre en Barcelona se ha hecho escuchar con fuerza en todo el mundo, con los medios de alcance global -incluyendo el New York Times y la BBC- otorgando una posición muy destacada al proceso soberanista catalán. Sin lugar a dudas, los cientos de miles de pacíficos manifestantes catalanistas han logrado interpelar con éxito a los centros de opinión político-financieros de Occidente.

El contraste a esta realidad ha sido la prensa editada en Madrid, incapaz de medir su frustración ante la movilización independentista más masiva de la historia catalana. Ciertamente, habría que iniciar una discusión a fondo sobre el código deontológico profesional del periodismo español; desgraciadamente, cada vez parece haber menos distancia entre los planteamientos oníricos de ‘La Razón’ y las acometidas uniformistas de ‘El País’. Entiendo que el sonado fracaso de la manifestación españolista de Tarragona -pese la facilidad del logro de autobuses y asientos de tren gratis por parte de los organizadores- terminó por enturbiar su entendimiento.

La creciente angustia en la Meseta castellana se puede palpar en la radicalización de la opinión que allí se publica. Se debería preguntar cómo es que los medios con más audiencia del Estado -también líderes de audiencia en la diversa y bilingüe Cataluña- no han querido divulgar la opinión de casi el 40% de ciudadanos españoles favorables a la autorización de un referéndum de autodeterminación en Cataluña. ¿Cómo se entiende que, por ejemplo, según la encuesta de ‘DYM Market Research’ de febrero de 2014 (http://www.institutodym.es/en/actualidad/mas-de-la-mitad-de-los-espanoles-54-se-niega-a-permitir-la-consulta-de-mas/), los medios españoles hayan sido incapaces de reflejar que una mayoría de españoles entre 18 y 35 años son favorables a este referéndum?

Es cierto que, en Escocia, el fomento de la democracia ya se inició durante el siglo XVI gracias al presbiteriano John Knox que, pese a defender la funesta ejecución de Miguel Servet en Ginebra, también difundió la necesidad de la alfabetización popular y la democratización del sistema político escocés. A pesar de que el respeto al principio democrático es un asunto que necesita generaciones para arraigar, actual y afortunadamente, ya no es sólo la nueva generación de catalanes, sino la de españoles la que se encuentra en condiciones de aceptar un planteamiento tolerante y dialogante.

El Partido Popular -quinto partido político en las últimas elecciones europeas en Cataluña, con menos del 10% de votos- no puede continuar atenazando la libertad catalana con una interpretación dogmática de la Constitución Española y una lectura errónea del Derecho internacional. Si bien tanto Mariano Rajoy como el Tribunal Constitucional español blanden una utópica «indisolubilidad» de la «Nación española», desde 1812 -con la Constitución que definía la «nación española» como «la reunión de los españoles de ambos hemisferios»- el concepto imperialista de nación española ha ido disminuyendo de forma inexorable. Además, tanto Moratinos (PSOE) como García-Margallo (PP) han obviado la opinión consultiva de la Corte Internacional de Justicia sobre Kosovo que, definitivamente, desmontó en 2010 los argumentos de Concepción Escobar Hernández, representante entonces del Ministerio de Asuntos Exteriores español en La Haya. Así pues, en términos de obediencia, habría respetar un axioma fundamental: la democracia se encuentra por encima del principio de integridad territorial.

Gracias a Escocia e independientemente de los resultados de su referéndum, Madrid no debería continuar empleando el autoritarismo y la condescendencia con el 80% de catalanes partidarios de nuestra autodeterminación. La era del despotismo ya hace mucho tiempo que se extinguió en Occidente.

 

 

 

 

¡Que salten juntos!

Vicent Sanchis
EL SINGULAR DIGITAL

 

Lo declaraba Oriol Junqueras en una entrevista ayer en El Mundo: «Ha llegado el momento de saltarse las leyes españolas». Quizás a estas alturas todavía hay alguien que no se ha enterado. Sordea temerariamente. Habrá que saltarse las leyes españolas, sustituirlas por un marco legal menos hostil y propio, para llegar a votar, primeramente, y a la independencia después. Siempre ha sido así y siempre se ha hecho así. Siempre se deberá hacer así mientras una de las partes en litigio no reconozca a la otra. El Estado británico puede hacer todas las trampas del mundo y lanzar la escopetería bancaria y financiera contra la independencia de Escocia, pero a Escocia no le será necesario saltarse la legalidad británica porque las leyes hechas por la mayoría inglesa respetan a los escoceses. España no es el caso y aquí habrá que saltárselas.

El problema es el cómo y el cuándo. Los hay que no lo verán claro nunca. Es aquel salto impedido del que hace una carrera enorme y luego se lo vuelve a pensar en el último momento y se detiene. Menos mal si no se cae y se rompe la nariz con tanto ímpetu. Este es el papel que los dirigentes de Esquerra atribuyen a los de Convergencia. «Tomarán todo el impulso del mundo y no saltarán», reniegan. También los hay que lo ven claro demasiado pronto. Son los que ahora exigen que se pongan las urnas en la calle aunque sea para demostrar que los Mossos obedecerán las órdenes de un tribunal español. Los que repican que este es el mejor momento sin haber medido bien si realmente lo es. Los temerarios que pueden hacer fracasar el intento por una impaciencia agresiva. Esta es la intención que los dirigentes de Convergencia atribuyen a Esquerra. «Quieren que nos despeñemos nosotros y nos despeñarán a todos», se quejan.

Todo ello no se acaba de entender. No se entiende la desconfianza crónica de unos y otros. La historia reciente parece no haber servido de nada. Convergencia tiene sus errores originales. Esquerra no es la Inmaculada Concepción. Hubo un momento en que los odios les corroían. Esto es cierto. Como también lo es que sólo se puede explicar donde estamos porque unos y otros los han dejado de lado para entenderse estratégicamente. El entendimiento debe mantenerse. No es necesario que se quieran, pero tampoco pueden volver al fuego aunque sea soterrado. Convergentes y republicanos deben ser conscientes de que habrá que saltar. Y que lo tendrán que hacer juntos. Por respeto a la gente que les vota, por instinto de supervivencia nacional, sólo deben ponerse de acuerdo en el momento en que las consecuencias del salto llevarán a la otra orilla y no al río. El principal error de partida, lo que desestabilizará el salto o lo impedirá, es la desconfianza desbocada. ¿Cómo se pueden desequilibrar dos que saltan juntos?

 

 

Escocia y nosotros

Enric Vila
EL SINGULAR DIGITAL

Javier Cercas escribió el otro día en El País un artículo señalando las diferencias entre el debate soberanista catalán y el debate soberanista escocés. Huelga decir que, para el autor de ‘Soldados de Salamina’, Escocia tiene todo el derecho de independizarse, mientras que Cataluña sigue sufriendo una fiebre neototalitaria, que llevará al país al borde del abismo. Para Cercas, Salmond es un político de altura, que ha sabido ganar unas elecciones con un programa abiertamente independentista, mientras que el presidente Mas es un cuitadillo que está a punto de recibir lo que se merece, después de enredar al electorado con discursos populistas de una ambigüedad extrema.

Mientras leía el artículo, no podía evitar pensar en una conversación que tuve hace unos años con un exministro del SNP que se llama Jim Mather. El señor se había quedado admirado con el dinamismo del independentismo catalán y no entendía cómo podía ser que con la fuerza de base que había visto en Cataluña no fuéramos más deprisa que ellos. Durante la conferencia que había pronunciado en la Universidad, una persona del público le había preguntado qué haría el SNP si Francia o España vetaban el acceso de Escocia a la Unión Europea. La respuesta fue clara: «Si esto ocurriera -dijo- sin duda sería objeto de comentario y de debate en todo el mundo, pero de ninguna manera modificaría nuestra voluntad de ser un Estado independiente».

Le dije que no íbamos más avanzados porque, en Cataluña, no había ningún político con narices de decir esto. Y continué, en Cataluña no hay ningún político con narices de decir esto porque un político con narices de decir esto no llegaría a dirigir ningún partido político. La transición española -le dije- estuvo bien para ahorrar dolor y sangre, pero se hizo garantizando la continuidad de la élite que había gobernado España durante la dictadura. Ustedes pueden haber sentido el yugo inglés, pero nunca les han negado la personalidad nacional y tuvieron el honor -por ejemplo- de luchar contra Hitler y el totalitarismo. Todo el mundo conoce el liberalismo escocés. La tradición catalana sobrevive enterrada bajo un folclorismo indecente. Si nosotros hubiéramos perdido la lengua como ustedes, ya no existiríamos.

Aunque añadí una anécdota que ahora ayuda a entender por qué saltarnos la ley será la única manera que tendremos de hacer avanzar el conflicto hacia su resolución. El último acto del parlamento escocés antes de disolverse en 1707, fue votar la unión con Inglaterra. De acuerdo que la oligarquía estaba comprada, pero Inglaterra era 36 veces más rica que Escocia en aquellos tiempos. En Cataluña, el último acto de las instituciones del país, que representaban unas Constituciones de 700 años, fue votar la declaración de guerra a Francia y España. Ha pasado mucho tiempo, pero si hoy nos planteamos votar la independencia es porque en España ya no mandan los militares y Francia está en una profunda decadencia

Así como muchos de los beneficios que justificaban la unión entre Escocia e Inglaterra se han ido desvaneciendo después de 1945, en España, muchos de los peligros que mantenían a los catalanes con la boca cerrada se han ido desvaneciendo desde 1978. Hace veinte años, Negroponte ya predijo que la liberalización de la economía multiplicaría el número de países representados en las Naciones Unidas. La libertad de los pueblos es la consecuencia lógica de la exaltación de la democracia y el individualismo. Por eso pienso que si finalmente tenemos que acabar saltándonos la ley para poder votar, también será por culpa de escritores como Javier Cercas. Hace años que las diferencias entre la cuestión catalana y la cuestión escocesa son sangrientas, y es bastante significativo que justamente se preocupe ahora.

Si en vez de buscar excusas y de hablar de la manipulación de una historia o de un sentimiento que no conoce, porque no le ha llegado por la familia, se dedicara a defender una España decente, que no continuara negando las naciones que la constituyen; si en vez de razonar como un hijo resentido de la inmigración franquista, al igual que Arcadi Espada, escribiera como el intelectual que pretende ser, tal vez el clima político catalán sería más parecido al escocés. Poco a poco, gracias a Cercas, muchos catalanes viendo que algunos intelectuales «no nacionalistas» han sido los cómplices perfectos de los políticos populistas y corruptos que denuncian. Es por demócratas como Cercas por lo que España es un Estado fallido y que ha tenido que elegir siempre entre el oscurantismo o la disolución, de forma tan trágica.

Ya no hace falta ni siquiera leer los artículos que la prensa inglesa publica sobre Escocia para entender esto .