Volvemos a plantear la pregunta: ¿qué relación tiene García Lorca con Valencia para dar nombre a una vía tan relevante como ésta?
El futuro bulevar Federico García Lorca de Valencia no será una calle cualquiera, sino que, producto del soterramiento de las vías del tren a la entrada de la ciudad por el sur y de la urbanización del Parque Central (proyectos ambos que, por otra parte, y como es la norma, acumulan décadas de retraso), será lo más importante que se habrá abierto en la capital; hacia atrás en el tiempo, pero también probablemente hacia delante. No es atrevido afirmar que definirá una nueva Valencia. Es normal, por tanto, que sea un proyecto que genere polémica política, porque se plasmará una visión u otra –antagónicas– de la ciudad. Hasta ahora, la disputa se había centrado en una izquierda que la había diseñado como eje libre de tráfico rodado y la derecha actual en el gobierno, que quiere volver a incorporar el asfalto.
Ahora bien, no se había discutido su nombre: Federico García Lorca. ¿Y qué relación tuvo ese genial poeta andaluz con Valencia para dar nombre a una vía tan simbólica? Pues, más allá de visitarla un par de veces, ninguna. Paradójicamente, Valencia dará a García Lorca prácticamente la vía urbana más importante de todas las que tiene (y no son pocas). Podría argumentarse que incluso superará en simbolismo a la avenida García Lorca de su Granada natal, allí donde, por otra parte, deben estar los restos mortales que, casi un siglo después, todavía no se han encontrado. Pero ya se sabe que, en España, la propaganda y la fachada vacía siempre van por delante de la justicia, si es que esta justicia aparece alguna vez.
No se había discutido su nombre hasta ahora. El diario Levante-EMV ha impulsado en julio una cierta campañita sobre la cuestión en sus páginas, sobre todo de la edición digital. La argumentación es razonable: ¿por qué no llamar paseo o bulevar Jaume I, en honor del fundador del reino de Valencia, de quien este año celebramos el 750 aniversario de la muerte? Sí, efectivamente: Valencia no tiene una calle digna para la figura más importante de su historia. Como tantas otras que no tienen ninguna, ni digna ni indigna. Por ahora, la calle de Jaume I es una calle oscura del centro histórico, que se ha convertido en una vía mucho menor. Y menos mal.
La polémica iniciada por el Levante-EMV es, claramente, por una parte, una serpiente de verano, para generar visitas y lectores en tiempo de sequía mediática total, y, por otra, una cortina de humo evidentísima para desviar el debate sustantivo de la movilidad urbana. Ahora bien, confieso que no puedo dejar de decir la mía, porque esta serpiente, involuntariamente, apunta la lengua bífida hacia un blanco que me obsesiona de hace años y que no había visto nunca problematizarse: la construcción nacional española mediante la hodonimia –es decir, los nombres de las vías urbanas–, que en el caso valenciano es (aún más) escandalosa. Bienvenida sea, esta serpiente de verano.
Volvamos a plantear la pregunta: ¿qué relación tiene García Lorca con Valencia para dar nombre a una vía tan relevante como ésta? Hay quien dirá –de hecho, lo ha dicho ya– que es un gran nombre de la literatura universal y no podemos ser tan provincianos y tener una mirada tan corta y de campanario tan de pueblo. Sin embargo, como siempre, quien formula estas objeciones simplemente no concibe que haya otro campanario que no sea el suyo: un campanario pulcra e inmaculadamente castellano. Imaginemos, por ejemplo, que el paseo se llamara Dylan Thomas. O T.S Eliot. O Giuseppe Ungaretti. O Fernando Pessoa. O Emily Dickinson. O miles de nombres alternativos más. Todos son poetas de renombre, plumas indiscutibles de la literatura universal, igual o más –si es que estas gradaciones tienen sentido– que García Lorca. Ninguno de ellos, sin embargo, tiene –ni probablemente tendrá nunca– una calle en Valencia. Ni digna ni indigna, ni un bulevar ni un callejón sin salida. Por una razón muy simple: García Lorca es español y escribió en castellano, mientras que los demás no cumplen ninguno de los dos requisitos imprescindibles para optar a ser vislumbrados desde el campanario universal. Todos tienen, más o menos, la misma vinculación con Valencia. Podríamos llamar paseo de Sylvia Plath, si queremos, ya que pasó la luna de miel en Benidorm; donde, a propósito, ya la maltrataba otro grandísimo nombre de la poesía universal: Ted Hughes.
Esta es la clave de bóveda y este es el aro por el que nos quieren hacer pasar con la excusa de la universalidad: la nacionalización española. Es decir, que el callejero de Valencia sea indistinguible del de ‘Valencia del Cid’. Colonialismo en estado químicamente puro, se mire como se mire. Los mismos que ridiculizarán –que ya han ridiculizado– este razonamiento no es que encontrarían igual de absurdo o de ridículo un hipotético paseo Marina Tsvetàieva (2) como arteria noble de la nueva Valencia, es que ni siquiera son capaces de concebir que esto pueda existir. Así de alto es su campanario universal.
De hecho, ahora que hemos mencionado el Cid y el nombre oficial de la capital durante el franquismo, podemos hablar un poquito del mismo. El mito castellano por excelencia tiene otra avenida noble e importante en nuestra ciudad (con la calle de Burgos como afluente, por si le coge morriña), así como una señora estatua en la plaza de España. La plaza Redonda (3) nació con el nombre de plaza del Cid, a principios del siglo XIX, cuando se empezaron a poner nombres políticos a las calles, a imitación de los revolucionarios franceses. Tras morir, perdió la batalla contra el nombre popular, eso sí. Ni que decir tiene que el Cid tuvo una vía urbana en su honor antes que Jaume I, que tuvo que esperar aún otro medio siglo. Y es lógico: cuando entraron los borbones en Valencia en 1707 y nos anexionaron a Castilla, una de las primeras cosas que hicieron fue eliminar la festividad tradicional del Nou d’Octubre (Nueve de octubre), en honor de la conquista de Valencia por Jaume I y la creación del reino. Se recuperó para el quinto centenario, en 1738, pero esta vez se representaba al Cid.
Si miramos las calles de los primeros ensanches de Valencia durante el siglo XIX, encontraremos a toda la plantilla de mitos del nacionalismo español de base castellana de la época: Pelayo, Hernán Cortés, Pizarro, Bailén, Cuba, Filipinas, Puerto Rico (todas juntas en el dolor de la España del 98). La castellanización llega al extremo de que los caudillos comuneros de Castilla tuvieron calles en Valencia (todavía las tienen) antes que los ‘agermanats’ (4), e Isabel la Católica antes que Fernando el Católico. Con esta calle, de hecho, simbolizaba el menosprecio de Valencia: cuando callan los hombres, hablan las piedras. Las piedras de las calles de Valencia, decía Martí Domínguez en su famoso discurso de denuncia tras la riada de 1957, sea como sea hablan castellano casi todas. Ya sabemos que “tanto monta monta tanto”; pero un castellano “monta tanto” o más aún.
Toda esta plantilla nacionalizadora de matriz y base castellana, sin apenas relación con Valencia –o, directamente, sin relación alguna con Valencia–, nunca se ha puesto en crisis. Ni siquiera durante los ocho años de alcaldía de Compromís. Aunque sea tímidamente. En la capital, de hecho, tuvieron que tener cierta influencia los valencianistas de la Renaixença y después del ‘Rat Penat’ (5) para que aparecieran nombres de valencianos (que no de valencianistas) en las placas de las calles. En Alicante, dado que esta influencia todavía no ha llegado, se mantiene inalterable la planta castellana original: Alfonso el Sabio, Salamanca, Navas de Tolosa, Castaños, Bailén, etc.
Porque tenemos que decirlo y recordarlo siempre: hay que ser valencianista para ser simplemente valenciano. Busquen, por ejemplo, la calle de Joan Fuster en Valencia. Está al lado, a propósito, de la calle de Virginia Woolf (¿por qué no la autora de ‘Orlando’ para el bulevar García Lorca?). O de la calle de la Poesía. O del Cine. O de la Fotografía. Todas eran calles que llevaban nombres franquistas aún en la segunda década del siglo XXI y el gobierno de Compromís las eliminó y cambió por otros elegidos por todas partes. Y, dentro de la cesta, una bolita de Fuster y gracias. Busquen también, por ejemplo, la plaza dedicada a Vicent Andrés Estellés. Etcétera. ¿Sinceramente? Es mejor que no tengan ninguna. Me parece más insultante tal y como está ahora.
En 1902, Faustí Barberà pronunció en ‘Lo Rat Penat’ el discurso “De regionalismo y valentinicultura” (6), que se señala como un disparo de salida del valencianismo político. La cita que voy a extraer es larga, pero creo que vale la pena [la adapte a la normativa actual para facilitar su lectura]: “Aquí, donde las libertades valencianas y la propia Valencia carecen de un recuerdo público, y al turista no le ofrecemos monumentos demostrativos del expediente que nos abona como el ciudad culta y obrera del saber universal; aquí, donde el nombre del gran Lluis Vives lo tenemos encerrado en un rincón de calle; y a muchísimos paisanos ilustres ni siquiera les ha tocado el asilo de un rincón de calle; aquí, donde hemos reunido a ver en lugar público escudos de Valencia con más de cuatro barras rojas porque los pintores no sabían si debían poner cuatro, cinco o una docena; aquí, donde hemos tenido que deplorar los errores más garrafales y ridículos, que nunca podría soñar con la decadencia literaria e histórica más lamentable; aquí, donde hemos visto traducir al castellano los nombres de calles y pueblos, poniéndolos ‘como suena’; y dónde hemos visto y vemos suprimir o cambiar alguna letra de los linajes y también mudarles de sílaba el acento prosódico para darles un sonido acastellanado; ahí, donde hemos visto y vemos todas las ridiculeces que puede imaginarse el desconocimiento más absoluto de sí mismo, donde hemos reunido –¡parece increíble!– a que la falsa cultura haga gala de la propia ignorancia en historia local y regional, ¿no ha de hacer falta la acción despertadora de ‘Lo Rat Penat’?”
Quien dice 1902 dice 2026. El paseo de García Lorca es la misma plantilla colonizadora de siempre, sólo que ésta pasa más desapercibida porque responde al lado izquierdo de la nacionalización española castellanista. Y por eso mismo creo que es más importante que alguien levante la voz de la denuncia. Evidentemente, no es ésta la intención de la serpiente de verano del diario ‘Levante-EMV’, pero, ya que ha aparecido, que reparta algún piscolabis, aunque sea de gorrión.
(1) https://gl.wikipedia.org/wiki/Hodonimia
(2) https://es.wikipedia.org/wiki/Marina_Tsvet%C3%A1yeva
(3) https://es.wikipedia.org/wiki/Plaza_Redonda
(4) https://es.wikipedia.org/wiki/German%C3%ADas
(5) https://es.wikipedia.org/wiki/Lo_Rat_Penat
(6) https://ca.wikipedia.org/wiki/De_regionalisme_i_valentinicultura
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