Cuando los problemas son complejos, encontrar un culpable es reconfortante. Si la vivienda es inaccesible, los servicios públicos están tensionados, aumenta la sensación de inseguridad o tenemos la impresión de que nuestro barrio ya no es lo que era, resulta tentador pensar que todos estos fenómenos tienen una misma causa. Y más si esta causa es visible, tiene rostro y la podemos distinguir fácilmente de “nosotros”.
La inmigración ofrece esa posibilidad. En el artículo anterior (1) defendía que debemos poder hablar sin complejos de los problemas relacionados con un aumento intenso de la inmigración. Pero tomarse en serio un problema exige algo más que reconocerlo: hay que intentar explicarlo. Y ahí aparece una de las tentaciones más poderosas del discurso populista: convertir una realidad compleja en una historia sencilla.
Pensemos en la inseguridad. Si se produce un delito grave y el autor es inmigrante, la nacionalidad o el origen pueden convertirse inmediatamente en una parte central de la noticia y del debate que le acompaña. Si el autor es autóctono, en cambio, raramente nos preguntamos qué nos dice ese delito sobre «los catalanes». En un caso individualizamos; en el otro podemos sentirnos tentados a generalizar. Esta asimetría es significativa, porque el paso de decir “esa persona ha cometido un delito” a sostener “la inmigración es causa de inseguridad” exige una explicación que el caso particular, por impactante que sea, no puede proporcionar.
Lo interesante de este mecanismo no es determinar ahora si la inmigración tiene o no incidencia en problemas como el de la inseguridad, el deterioro de los servicios públicos o el impacto cultural. Lo importante es observar el salto que se produce cuando dejamos de investigar las causas de cada fenómeno porque ya disponemos de una explicación general de antemano: nosotros tenemos un problema porque ellos han venido.
El siguiente paso consiste en dar identidad a ambos lados de esta explicación: quiénes somos “nosotros” y quiénes son “ellos”. Aquí hay algo más que una deficiente explicación causal. Empieza a dibujarse una determinada forma de entender la sociedad. Por un lado, existe un “nosotros”, formado por quienes pertenecen auténticamente a la comunidad; por otro, un “ellos”, quienes han llegado de fuera y pueden alterar su continuidad.
No nos engañemos: todo el mundo distingue entre “nosotros” y “ellos”. Todas las comunidades políticas necesitan algún criterio de pertenencia. El problema no es ese. El salto populista se produce cuando el “nosotros” deja de designar el conjunto plural de personas que forman la sociedad y pasa a identificar a un pueblo auténtico, homogéneo y poseedor de una identidad que algunos de los que viven entre nosotros no pueden compartir plenamente.
Cataluña es una nación y, como tal, tiene una identidad colectiva: una lengua propia, una historia, instituciones, tradiciones y una determinada conciencia de continuidad como comunidad política. Pero una cosa es afirmar que existe una identidad catalana y otra imaginar que existe una manera auténtica e inmutable de ser catalán. Si aceptáramos esto último, surgirían inmediatamente interrogantes inquietantes: ¿qué es decisivo para formar parte del pueblo auténtico? ¿El lugar de nacimiento? ¿Los apellidos? ¿La lengua familiar? ¿La religión? ¿El número de generaciones de la familia en el país?
Cataluña es un lugar especialmente poco indicado para dar respuestas simples a estas preguntas. Una parte muy importante de la Cataluña actual es el resultado de oleadas migratorias sucesivas. Personas que en algún momento eran «quienes venían de fuera» y sus descendientes forman hoy, indiscutiblemente, parte de nosotros. Esto no significa que cualquier transformación cultural deba ser indiferente ni que una sociedad no pueda querer preservar determinados elementos de su identidad. La pregunta pertinente es otra: ¿podemos preservar una identidad compartida sin convertirla en un instrumento de exclusión?
El populismo tiende a responder mediante el miedo. La inmigración ya no es entonces un fenómeno que presenta ventajas, costes y problemas a gobernar, sino una amenaza a la supervivencia del grupo. El vocabulario cambia. Ya no nos preguntamos principalmente cómo integramos a quienes llegan, sino cómo nos defendemos. Y el cambio de pregunta modifica las respuestas que nos parecen admisibles. Si tenemos ante un problema político, podemos discutir cuántos inmigrantes puede asumir una sociedad en un período determinado, qué criterios de entrada son razonables, qué obligaciones de integración podemos exigir o cómo evitamos la formación de comunidades segregadas. Si estamos ante una amenaza existencial, en cambio, las alternativas se reducen: exclusión o asimilación.
Es entonces cuando aparece una mayor consecuencia. Si está en juego la supervivencia del pueblo, los tribunales que protegen derechos, las garantías constitucionales o las instituciones que limitan el poder de la mayoría pueden empezar a parecer obstáculos a la voluntad popular. Por eso es difícil la relación del populismo con la democracia liberal: no porque necesariamente rechace las elecciones, sino porque no consiste solo en contar votos. Parte también de la pluralidad de la sociedad y establece derechos y límites que ni siquiera una mayoría puede ignorar.
Por eso conviene utilizar con cuidado la palabra ‘populista’. No es necesariamente populista quien defiende una política migratoria más restrictiva. No lo es quien pide mayores exigencias de integración. Ni tampoco quien piensa que es necesario reforzar el catalán como lengua común o manifiesta preocupación por determinadas transformaciones culturales. Si llamamos populista a cualquiera de estas posiciones, volveremos a cometer el error que criticábamos en el artículo anterior: expulsamos del debate democrático cuestiones perfectamente legítimas. El problema aparece cuando dejamos de intentar comprender una realidad compleja y construimos una explicación que lo ordena todo en torno a una división elemental: un pueblo auténtico y quienes le amenazan. Nosotros y ellos.
Es una explicación políticamente muy poderosa. Da sentido a problemas diferentes, identifica a un responsable y ofrece una comunidad a la que aferrarse. Tiene sólo un inconveniente: las sociedades reales son mucho más complicadas. Gobernar democráticamente la inmigración exige aceptar esta complejidad, aunque las explicaciones sencillas resulten más reconfortantes. Porque existe una diferencia decisiva entre intentar resolver un problema y necesitar un enemigo. Y una democracia liberal, tanto más en Cataluña, debería saber reconocerla.
[Este es el segundo de una serie de cuatro artículos de los mismos autores que VilaWeb publicará en domingo. El primero: El debate que no hacemos]
(1) https://nabarralde.eus/el-debate-que-no-hacemos/
*Catedrático de Filosofía del Derecho. Presidente de la Sociedad Catalana de Estudios Jurídicos. Universidad Pompeu Fabra
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