“Barcelona es la mejor ciudad del mundo donde he vivido”. Lo dice John Carlin ante un público de 400 barceloneses escépticos, agobiados por el éxito de su ciudad. Lo dice un periodista que ha vivido en una decena de urbes por un tiempo superior a doce meses y que ha escrito más de sesenta grandes reportajes en cuarenta países. Y lo dice en el emblemático y siempre estimulante Centro de Cultura Contemporánea, institución creada en el corazón del barrio antiguo hace más de tres décadas, cuando la capital catalana, y segunda ciudad española siempre en competición con Madrid, todavía no había celebrado los Juegos Olímpicos de 1992 que la catapultarían al estrellato global.
La escena del elogio desmesurado de Carlin tiene lugar un sábado lluvioso de enero de este 2026, con la ciudad convertida en Capital Mundial de la Arquitectura y volcada al Año Gaudí en ocasión del centenario del fallecimiento del genio modernista ultracatalán y ultracatólico. Sí, Gaudí, tan admirado en todo el mundo, tan universalmente reconocido, tan innovador, se negaba a hablar en español y era un hombre profundamente religioso y tradicional. Este espíritu binario contradictorio es, en realidad, muy barcelonés: modernidad y tradición, cosmopolitismo y ultralocalismo. Si miramos un poco al pasado, encontramos más dicotomías de tono similar: burguesía y anarquía, orden y revolución.
¿Qué es, si no, el Ensanche (en catalán, Eixample: así se conoce este distrito)? El admirado y racional barrio construido a caballo del siglo XIX al XX, una vez derribadas las murallas medievales por aclamación popular a pesar de las reticencias del Ejército, e impulsado a remolque del auge industrial de la ciudad, responde a este doble espíritu del injustamente poco conocido padre del urbanismo moderno, Ildefons Cerdà, un pionero científico social progresista. A la vez empírico y revolucionario, su plan para la ciudad, paradójicamente aprobado por el gobierno de Madrid contra los deseos del ayuntamiento barcelonés, es seguramente el mayor favor involuntario que la capital de España ha hecho a la catalana.
Sobre aquel diseño urbano antimonumental e igualitario vino otro regalo. Gaudí y los otros grandes arquitectos modernistas y nacionalistas catalanes (en especial Lluís Domènech i Montaner y Josep Puig i Cadafalch, éste último, por cierto, un furibundo enemigo de Cerdà) edificaron para la burguesía en auge un precioso abanico de palacios y casas de pisos que hoy son la joya de la corona. La Pedrera, la Casa Batlló, el Palau Güell, el Palau de la Música, la Casa de les Punxes y tantos otros edificios conforman un paisaje estético de gran singularidad, en un estilo a la vez historicista y futurista, industrial y artesanal, naturalista y artificioso. El templo de la Sagrada Familia de Gaudí, más allá del gusto de cada cual, es su máximo exponente. Lo mires como lo mires, una auténtica y sorprendente locura.
Como reza el tópico antropológico-identitario, Barcelona es “seny i rauxa”: cordura y arrebato, sentido común y pasión desenfrenada. Lo hemos vivido también en este siglo XXI con un movimiento independentista que, casi sin solución de continuidad, en pocos años pasó de exhibir en las calles de la ciudad a millares de manifestantes en feliz armonía a llenar el Eixample de hogueras como si volviéramos un siglo atrás a la Rosa de Fuego, la Barcelona anarquista enfurecida. Una locura que resulta a la vez atractiva e incomprensible para muchos. Seguramente forma parte del misterio y la belleza de esta pequeña gran ciudad mediterránea.
Por su puesto, hay elementos más tangibles para explicar la gran capacidad de atracción de Barcelona: su clima benigno (inviernos templados, veranos soportables), su privilegiada situación geográfica (al lado del mar, con los Pirineos a dos horas, bien conectada con Europa), su medida humana (una ciudad para caminarla), su carácter seguro (de día y de noche), su oferta cultural diversa (música, arte, teatro, bibliotecas, historia, museos…), su ecosistema científico (universidades y centros de investigación), sus actividad ferial en constante expansión (fruto de una economía regional dinámica), su gen deportivo (que va mucho más allá del Barça), su traspaís al alcance de la mano (pueblecitos de costa y de interior, paisajes muy diversos), su rica oferta culinaria (es una de las regiones de Europa con más restaurantes con estrellas Michelin y es una ciudad con una riquísima red de mercados públicos con producto fresco), su carácter abierto y acogedor a pesar de la sobrecarga poblacional y del pesimismo ambiental (como ciudad sin poder real, la amabilidad servicial es un tic psicológico defensivo) o su revoltosa vida ciudadana asociativa (del folclore a las plataformas reivindicativas de toda índole).
Todo ello conforma un vigoroso tejido humano y urbano, una ebullición que es la que, sin que se note, ejerce una magia invisible en el visitante, que además de gozar de los monumentos más renombrados, se puede dejar caer por los mercados de barrio, puede visitar la biblioteca pública García Márquez (designada como Mejor del Mundo del 2023), pasear por kilómetros de playa con los pies descalzos o alquilar una bicicleta y perderse sin peligro alguno. Porqué la riqueza y cuidado de los espacios públicos ha sido y es una obsesión que ha caracterizado el gobierno de la ciudad desde el retorno de la democracia: medio siglo de ir recosiendo plazas y calles, creando identidades y vida de barrio.
Es lo que se conoce como el Modelo Barcelona, concebido e impulsado por el gran urbanista catalán del último cuarto del siglo XX, Oriol Bohigas, un auténtico motor de la arquitectura y la cultura de Barcelona. Al final de su longeva vida, casi nonagenario, como colofón a su trayectoria profesional, política y cívica, presidió el Ateneo Barcelonés, una institución con mucha solera, donde es altamente recomendable ir a almorzar para disfrutar de su patio y atmósfera históricos. Solo así, con reserva para comer, es posible acceder a este recinto privilegiado del barrio gótico exclusivo para socios. ¿La comida? Sencilla, correcta.
Pero situémonos ahora en otro extremo de la ciudad, a la falda del Tibidabo, en el desconocido barrio de Sant Genís dels Agudells, un recodo de mezclas humanas y constructivas, mayoritariamente edificado (hasta autoconstruido) con la llegada masiva de inmigrantes del sur de España en los años 60 del siglo XX. Empinado, sinuoso y laberíntico, en un escondido terraplén asoma una antigua parroquia, fundada en el año 931, aunque la iglesia es posterior, del siglo XVI. Al lado de la puerta de entrada, una piedra toscamente grabada contiene la incisión de un pez de aspecto paleocristiano, de ahí que algunos estudiosos sitúen su origen en el siglo III d.C.
También es la única iglesia de la ciudad que conserva el cementerio al lado, un rincón precioso y tranquilo donde, entre otros, está enterrado Manuel Carrasco i Formiguera, un católico nacionalista catalán ejecutado por el dictador fascista español Francisco Franco. El otro catalán famoso ejecutado por Franco, el presidente Lluís Companys, está en la otra montaña de la ciudad, Montjuïc: también vale la pena visitar su cementerio, en este caso inmenso, con suntuosos monumentos y panorámicas vistas al mar. Por cierto, también hay allí la tumba del urbanista Cerdà.
La mayor parte de iglesias y palacios de la Barcelona antigua están hechos con piedra de las canteras de Montjuïc. Quizás algunos lectores hayan leído la popular novela de Ildefonso Falcones La iglesia del mar, construida en la Edad Media por los menestrales de los gremios de la ciudad con la piedra de la montaña. Desde inicios del siglo XX, el paraje se convirtió en montaña-jardín gracias al diseñador francés Forestier, conservador de los parques de París, y gracias a la visión del entonces joven político catalanista Francesc Cambó (después rival acérrimo de Companys), que fue quien consiguió que se desmilitarizase la montaña, que en gran parte no fuera urbanizable y que acogiera la Exposición Internacional de 1929.
El discípulo catalán de Forestier, Rubió i Tudurí, fue uno de los responsables de transformar una antigua cantera en el actual Teatre Grec, recinto teatral al aire libre a imitación de los de la Grecia clásica. Vale la pena visitarlo. Con un aforo para casi 2.000 personas, en verano, por las noches, acoge el festival internacional de teatro. A él acude la clase media-alta intelectual, una minoría dirigente que, sin quererlo, ve como la brecha social, económica y cultural no para de agrandarse. La pobreza es hoy mucho más vistosa en Barcelona que hace unas décadas.
En otro lado de Montjuïc, en una de las faldas ajardinadas cercanas al puerto, se acumulan vagabundos durmiendo al abrigo de los setos. También se los puede ver, cuando oscurece, en muchos portales del Eixample, cobijados entre cartones. Como verá el turista socialmente sensible, sin duda Barcelona está perdiendo la batalla contra la marginación. La nostalgia del glamour olímpico convive con precariedad globalizada.
Mientras la ciudad no para de absorber más visitantes y habitantes, mientras sus servicios (sanidad, educación, transporte…) se tensionan, mientras el precio de la vivienda está por las nubes en comparación con los salarios, el icono deportivo de la ciudad, el Futbol Club Barcelona, alias Barça, construye un nuevo estadio a pesar de tener las arcas vacías. A los ojos de sus socios y sus seguidores, los éxitos deportivos lo soportan todo. La Barcelona cegada, en fuga hacia adelante, también responde a una realidad endémica. Y, sin embargo, con todas sus contradicciones a cuestas, la ciudad sigue seduciendo a propios y extraños mientras expulsa a los vecinos sin recursos y se va quedando sin niños. Hoy ya hay más perros que chavales de 0 a 12 años.
La última polémica socio-urbanística tiene una concreción física, transitable: los ejes verdes del Eixample. En especial la calle Consell de Cent (el nombre hace referencia al parlamento ciudadano barcelonés de origen medieval). Los coches han sido expulsados de este eje urbano, hoy ajardinado y que se puede recorrer a pie en casi toda su extensión, caminando entre árboles, parterres y terrazas donde tomar algo. Una maravilla. El tránsito rodado se ha trasladado a otras calles, los precios de las viviendas -y de los locales comerciales- se han disparado. Allí donde la ciudad se embellece, la gentrificación hace mella. ¿Alguien tiene la solución?
Para entender una ciudad, hay que vivirla. Como visitante, aparte de pasear y pasear, existe una fórmula sucedáneo con cuatro ingredientes mínimos: visitar su museo de historia, el jardín botánico (un jardín joven, en Montjuïc), algún cementerio (ya hemos hablado de ellos) y algún mercado (la Boquería hoy es muy turístico, hay muchos otros no tan espectaculares pero más genuinos). Así, con estos cuatro entornos, uno entiende el pasado y capta la relación con la naturaleza, con la muerte y con la vida cotidiana.
Vayamos, para concluir, al Museo de Historia de Barcelona, que a parte de su sede central (con el impactante subsuelo romano), tiene otros espacios en diferentes barrios. Es muy recomendable visitar las casas obreras unifamiliares del Bon Pastor y su evolución a lo largo de los años, desde 1929 hasta hoy día, la mayoría derribadas y suplidas por modernos pisos de protección oficial. Se han conservado algunas a modo de testimonio, a través de las que se aprecia cómo vivían nuestros abuelos y padres.
La remodelación en curso de este barrio, al lado del río Besós, resulta interesante para tomar el pulso al permanente cambio arquitectónico, urbanístico y sociológico de una urbe nacida hace más de 2.000 años, en tiempos iberos. En concreto, el primer asentamiento data del siglo III aC en el monte Tàber, muy cerca de la actual plaza Sant Jaume, epicentro político actual, con las sedes, cara a cara, del gobierno catalán y el de la ciudad. Medio ocultas entre edificios, en el pequeño promontorio Tàber se conservan cuatro columnas del antiguo templo romano dedicado al emperador Augusto. Barkeno fue el primer topónimo, que después se romanizaría como Barcino y finalmente evolucionaría a Barcelona, la contemporánea Ciudad de los prodigios del escritor Eduardo Mendoza, la Barcelona que siempre se ha debatido entre el afán de riqueza y la utopía. Aquí sigue, luchadora, ensimismada y, a pesar de todo, acogedora.
* Ignasi Aragay, director adjunto del diario ARA









