Ayer, domingo, casi no se habló de la consulta del 9 de noviembre de 2014. Es brutal: hace tan sólo once años del 9-N y ya lo hemos enterrado. Con la misma eficacia suicida con que enterramos todo lo que hacemos, antes de que madure incluso. Los catalanes somos especialistas en este ejercicio de autolesión: infanticidio político sistemático, asesinato preventivo de sus propias hazañas. Dos millones trescientos mil catalanes desafiando la prohibición española, votando sin permiso, creando de la nada una infraestructura democrática paralela… Y nosotros, ¿qué hacemos ante ese milagro, ante esta inyección de confianza? Lo reducimos todo a cenizas con nuestro desprecio retrospectivo. “No sirvió de nada”, repetimos, como si esa frase fuera una letanía expiatoria.
Pero vayamos con calma: ¿qué significa exactamente «no servir de nada»? ¿Quiere decir que no despertamos al día siguiente en una república independiente de los Països Catalans? Esto es cierto. ¿Quiere decir que no cayó el régimen del 78 como las murallas de Jericó? Esto es cierto, también. Si ésta es la medida que utilizamos, entonces efectivamente podemos decir que no sirvió. Pero con esta misma medida deberíamos concluir que tampoco sirvieron de nada las revueltas del siglo XVII, ni la guerra de Sucesión, ni la defensa de Barcelona en 1714, ni la Renaixença, ni la Mancomunidad, ni la invasión por Prats de Molló, ni la República del 31, ni la guerra contra Franco, ni la resistencia a la dictadura, ni la autonomía del 79. Todo fracasos, todo derrotas, todo una estéril e inmensa inutilidad.
Pero, extrañamente, resulta que una nación que lee su historia como una sucesión ininterrumpida de fracasos sigue existiendo. Porque, si tan inútiles somos todos juntos, deberíamos haber desaparecido hace tiempo, aplastados por la historia. Ésta es una contradicción que significa que o bien somos el pueblo más estúpido de la tierra –incapaces de aprender que estamos perdidos y somos unos desgraciados– o quizás, sólo quizás, que esta lectura derrotista tan extendida entre nosotros es profunda, radicalmente, errónea.
Hay algo obscenamente patológico en esa necesidad compulsiva que tenemos los catalanes –y que yo no entenderé nunca– de negarnos siempre los méritos. Los irlandeses celebran solemnemente el levantamiento de Pascua de 1916 –técnica, militar, políticamente, un desastre absoluto–, porque entienden perfectamente que sin ese “fracaso” no habría habido la independencia en 1949, treinta y tres años después. Los estonios celebran la Revolución Cantada de 1988 (1), que no logró la independencia inmediata pero puso los cimientos de la victoria de 1991. Los polacos honran cada insurrección fallida del siglo XIX –los larguísimos 123 años que tuvieron que luchar para volver a ser independientes. ¿Y nosotros? Nosotros parece que tengamos miedo de hacer el ridículo celebrando lo que algunos opinan que «sólo» fue una movilización ejemplar, lo que «sólo» fue una demostración enorme de fuerza cívica, lo que «sólo» es la prueba de que este país existe.
La enfermedad tiene nombre: nihilismo provinciano. El nihilismo de los pueblos que han interiorizado tan profundamente la subalternidad que ya ni necesitan el opresor externo: se oprimen solos. Madrid ya no necesita enviar a los piolinos para reprimirnos; ya nos reprimimos nosotros mismos con una eficacia que daría envidia a cualquier dictadura. Cada vez que decimos que el 9-N y el proceso “de nada sirvieron” hacemos el trabajo sucio del adversario. Cada vez que reducimos el 9-N a una anécdota validamos el relato de España y su clase política.
Y lo más perverso de esta dinámica no es sólo que nos anula el pasado; es que nos condena el futuro. Porque un pueblo que no sabe reconocer los propios logros –parciales, incompletos, imperfectos, pero logros– es un pueblo condenado a no tener nunca alguno definitivo. La victoria total, la independencia inmaculada, el triunfo sin mácula e irreversible es una fantasía adolescente –si no que se lo pregunten a los ucranianos, invadidos y negados décadas después de haberla conseguido.
El 9-N fue la primera vez en siglos que los catalanes votábamos sobre nuestro futuro político, en un ejercicio de autodeterminación no tutelado ni consentido por España ni Francia. La primera vez en siglos. ¿Y nuestra respuesta es decir que “no sirvió de nada”? A mí esto no me parece humildad, sino masoquismo. No me parece realismo, sino una deformación patológica de la realidad. No me parece clarividencia, sino infantilismo.
El núcleo del problema –y ahora voy más allá del 9-N– es que confundimos la lucidez con el derrotismo y la inteligencia crítica con la autoflagelación. Creemos que ser inteligentes es anticipar siempre el fracaso, que ser maduros es no ilusionarse nunca o ser realistas es asumir la derrota antes de la batalla. Pero esto no es inteligencia: es, en cualquier caso, una forma de cobardía intelectualizada. Ni es madurez: es senilidad, en todo caso, prematura. Ni es realismo: es, en cualquier caso, claudicación preventiva.
Con el añadido, además, de que el drama del negativismo catalán que arrastramos y tanto daño nos hace hoy se disfraza de virtud. «Somos muy críticos», decimos, como si la autocrítica destructiva fuera un mérito. «No nos engañemos», repetimos, como si el único engaño posible fuera el optimismo. “Pongamos los pies en el suelo”, insistimos, mientras nos enterramos nosotros mismos en la tumba hasta el cuello. Cuando ser crítico no significa ser autodestructivo. Cuando tener los pies en el suelo no significa renunciar a caminar.
El 9-N demostró que somos un país. Es tan simple como esto. Un país imperfecto, dividido, con miedos y contradicciones, irritado e irritable, pero un país. Sin el 9-N no habría habido Primero de Octubre. Como sin las consultas no habría habido 9-N. Al igual que sin la resistencia cultural del franquismo no habría habido ninguna transición por traicionar. Ni sin la ‘Renaixença’ (2) habría habido Mancomunidad. Todo va conectado, todo forma parte de un continuum de resistencia y afirmación que sólo nuestra miopía suicida –suicida o interesada en el caso de quienes sacan provecho– se niega a ver.
Porque este negativismo, que nadie se engañe, no es inocente. Beneficia, objetivamente, a los que prefieren que no existamos. Beneficia a los nuevos ídolos, los que quieren hacerse un hueco en el sistema de las paguitas que ellos mismos hacen ver que critican –como sea y diciendo y diciendo lo que haga falta. Y, mucho peor aún, beneficia al unionismo de que ya no necesita convencernos de que España es maravillosa; basta con que nos convenzamos nosotros mismos de que somos incapaces de derrotarla. Ellos ya no deben demostrar que la independencia de Cataluña es imposible; basta con que nosotros creamos que todo lo que hacemos es inútil y que no lo conseguiremos.
La primera responsabilidad de un pueblo que quiere ser libre es saber leer su historia con la generosidad inteligente de quienes entienden que las naciones se hacen a fuego lento, con paciencia, con la suma de gestos que, aisladamente, pueden parecer insuficientes pero que, acumulados, resultan irresistibles. Y ante esto, el exagerado negativismo catalán no es el realismo que algunos nos quieren vender, sino la coartada perfecta para la inacción. Una inacción que es exactamente lo que necesitan nuestros adversarios.
Por eso cada vez que decimos que el 9-N no sirvió de nada, que el Primero de Octubre acabó siendo un fracaso, que el Tsunami Democrático simplemente sirvió para justificar la represión o que el proceso de independencia es y ha sido un engaño, en España sonríen. Muy felices.
(1) https://es.wikipedia.org/wiki/Revoluci%C3%B3n_Cantada
(2) https://es.wikipedia.org/wiki/Renaixen%C3%A7a
VILAWEB










