Carta abierta al canciller Friedrich Merz sobre el catalán

Estimado canciller Friedrich Merz, los catalanes nos hemos enterado de la oposición de su gran país, Alemania, a permitir que la lengua catalana sea oficial en la Unión Europea. Inicialmente, habían aducido el coste económico, como justificación. Pero cuando se les ha dicho que seríamos nosotros quienes nos haríamos cargo de ellos (¡solución injusta, por cierto!), no ha cambiado de parecer, lo que nos dice que la oposición de Alemania no es por razones económicas, sino ideológicas. Parece que los alemanes tienen un concepto muy elevado de ustedes mismos, se ven más grandes y poderosos que nosotros, y no consideran que la lengua catalana pueda compararse con la suya y disfrutar de los mismos derechos. Esto nos ha sabido mal, canciller, porque no es un gesto autoritario y despótico, lo que se espera de un Estado democrático y respetuoso con los derechos elementales como el suyo. Pensamos que hacer valer la ley de la fuerza, en lugar de la del respeto, supone no sólo una discordancia con los principios y valores que la Unión Europea proclama, sino también con los derechos humanos, en virtud de los cuales nadie, sea persona o pueblo, puede ser discriminado por razones de lengua. Y usted discrimina la lengua catalana. Y discriminando la lengua catalana, discrimina al pueblo catalán.

Yo no soy político como usted, querido canciller Merz, soy escritor, y por tanto hay cosas de su mundo que me cuestan entender. Pero de la lengua catalana sí que puedo decirle algunas cosas, porque es mi herramienta de trabajo, una herramienta que amo profundamente y conozco su temple, su fuerza, su utilidad y su razón de ser. Su razón de ser es el pueblo que la habla, mi pueblo, el pueblo catalán. No hay pueblo sin lengua ni lengua sin pueblo, canciller. Pueblo y lengua son inseparables porque configuran una identidad. Allí donde existe una lengua, hay un pueblo; y allí donde existe un pueblo, hay una lengua. No hay ningún pueblo, por tanto, que tenga dos lenguas. Ninguno. La del pueblo alemán es el alemán, y la del pueblo catalán es el catalán. Quizás le han hecho creer que la lengua de Cataluña es el español y que, por consiguiente, no se discrimina lingüísticamente a los catalanes por no oficializar el catalán. Si se lo ha creído, va errado, canciller. Que los catalanes del sur sepamos español y que los catalanes del norte sepan francés no convierte al español y al francés en lenguas propias de Cataluña. ¿No es verdad que usted sabe inglés y que no por eso deja de ser alemán? ¿No es verdad que saber inglés no hace que su pueblo sea el inglés? Pues exactamente igual nos ocurre a nosotros con nuestra lengua y nuestro pueblo. Como dice su nombre, la lengua propia de Cataluña es el catalán.

Usted, para ganar tiempo y con paternalismo, como aquel padre que da largas al hijo que le pide algo todavía impropio para su edad, nos dice que no nos preocupemos porque “a medio plazo podría haber una solución con la inteligencia artificial y ya no serán necesarios intérpretes”. ¿Es esto lo que piensa de nosotros, que somos un pueblo menor de edad y que nos puede despachar con una gracia como ésta? Mi pueblo merece un respeto, canciller. ¿Cuántos años son, para usted, “medio plazo”? ¿Daría esta respuesta a un Estado que se incorporara ahora mismo a la Unión Europea? No lo haría, claro que no. Porque cuando te incorporas a una sociedad, la que sea, lo haces para tener los mismos deberes que el resto de miembros, pero también los mismos derechos. Unos derechos que usted, autoritariamente, quita a los catalanes. Mi pueblo, canciller, es un contribuyente neto de la Unión. Pero, además de limpio, lo quieren mudo. Desean que sea un contribuyente limpio y mudo. Y esto no lo podemos aceptar por la misma razón que tampoco usted lo aceptaría, si la UE hiciera lo mismo con Alemania. Tiene dignidad, claro que sí. Nosotros también.

Si, como dice, existen reticencias legales que impiden la oficialidad de la lengua catalana en la UE, es obvio que esta “legalidad” debe ser inmediatamente eliminada. Ninguna regla interna que viole derechos básicos puede estar vigente en la UE. Y si, como añade, la multiplicidad de traducciones hace que haya también temores económicos, ¿por qué no suprimen los gastos suntuarios? Le honra, canciller, que usted, en particular, y los germanohablantes, en su conjunto, estén tan preocupados por los gastos de la Unión. Dice mucho a su favor. Por eso me extraña que, para apaciguar la inquietud, no haya empezado por eliminar la oficialidad del alemán. Sería un gran ahorro que los alemanes presentaran su renuncia lingüística, ya que rápidamente le seguirían los estados que les apoyan en la discriminación de la lengua catalana : Austria, Italia, Suecia, Finlandia, Chequia y Croacia. No se puede imaginar los frutos que da predicar con el ejemplo, querido canciller.

Me dirá, seguro, que por mucho que el inglés sea la lengua franca del planeta, no sería admisible que todas las demás de la Unión Europea se retiraran y la dejaran como lengua única. Ciertamente, yo también lo pienso, porque toda unión se basa en el respeto mutuo, y ese respeto comienza por aceptar la lengua del otro. Precisamente por eso no es admisible que excluya al catalán. ¿Por qué el catalán (10 millones), no, y el sueco (10 millones), sí? ¿Por qué el catalán, no, y el danés (5 millones), sí? Por qué el catalán, no; y el finlandés (5 millones), ¿sí? ¿Por qué el catalán, no, y el croata (4 millones), sí? ¿Le parece justo? ¿De verdad cree que a esto se puede llamar “Unión”? Yo no, francamente. Más que nada, porque toda unión construida sobre el desequilibrio y dividida entre superiores e inferiores está condenada al fracaso.

¿En qué se basa, canciller, para decidir que los catalanes no tenemos derecho a recibir de la Unión Europea el mismo respeto que recibe usted? ¿Acaso cree que su pueblo es superior al mío? ¿De verdad cree que los alemanes son superiores a los catalanes? Superiores, ¿en qué cualidades humanas, canciller? Dígame, por favor, ¿de qué fuentes bebe, que le llevan a concluir que los alemanes son una colectividad escogida, privilegiada, suprema? ¿No le recuerda nada este tipo de categorización de pueblos? Pueblos superiores y pueblos inferiores, pueblos con derechos y pueblos sin derechos, pueblos con lengua noble y pueblos con lengua ordinaria. No hay pueblos superiores, canciller. Ni en la Unión Europea, ni en la Tierra. Esta creencia sobre la que se fundamenta toda discriminación nacional ha escrito las páginas más repugnantes de la historia humana y no podemos aceptarla. Como le he dicho antes, discriminar una lengua es discriminar un pueblo, y esto es terrible, canciller. Si considera que la Unión Europea no es la unión de los pueblos que la integran, sino que es un club de “supremos”, tenga el valor de pedir que se nos expulse. Pero si nos quiere, si nos quiere como contribuyentes netos que somos, debe querernos enteros, canciller. Nos debe querer como miembros de pleno derecho. Y el principal derecho es nuestra lengua, la lengua catalana, porque es nuestra identidad.

Nos decepciona su desprecio, canciller Merz. Yo he vivido en su país, en Bonn, concretamente, y me he sentido muy a gusto con varios rasgos de la personalidad alemana, algunos de los cuales le han permitido alcanzar grandes metas en el campo tecnológico. Catalanes y alemanes tenemos cualidades comunes que pueden contribuir al progreso de Europa si trabajamos juntos. Le voy a decir algunas: la cordura, la racionalidad, la seriedad, la tenacidad, la capacidad de iniciativa, la capacidad de diálogo, el sentido de la responsabilidad, el sentido del ahorro, el coraje emprendedor, el valor del pacto, el respeto por la palabra dada, el espíritu constructivo y un afán ilimitado de conocimiento y de progreso. El doctor y microbiólogo alemán Robert Koch descubrió el bacilo causante del cólera en 1883, y el doctor y bacteriólogo catalán Jaume Ferran Clua descubrió su vacuna en 1884.

En junio de 1990, justamente en Berlín, vi un debate por televisión en el que el alcalde de entonces, Walter Momper, reivindicaba la capitalidad berlinesa con estas palabras: “Porque Berlín está situada en medio de las dos grandes capitales del norte y del sur de Europa, que son Moscú y Barcelona”. Estimado canciller, los kilómetros de distancia existentes entre Cataluña y Alemania son insignificantes, en términos de identidad y actitud de vida, comparados con el abismo que nos separa de España. No se deje engañar por las proximidades físicas, las verdaderamente importantes son las mentales. Los catalanes no tenemos suficiente con hacer cosas, lo que de verdad nos satisface es hacerlas bien. Éste es el espíritu de mi pueblo, canciller Friedrich Merz. El espíritu de Cataluña. No lo desprecie por favor. Respételo y se lo recompensará con creces.

EL MÓN