Apostillas en los discursos del 11-S

Leí la convocatoria del 11-S de la ANC, el Manifiesto Unitario y el discurso del presidente de Òmnium, Xavier Antich, además de varias entrevistas a Lluís Llach, presidente de la Asamblea. Con serenidad y madurez, todo estaba lleno de buenas ideas, grandes propósitos y mejores deseos. Y, a pesar de las discrepancias, el denominador común era el acento en la necesidad de recuperar una gran mayoría independentista en la calle y en las instituciones para poder reanudar el camino y hacer posible el ejercicio del derecho a la autodeterminación.

Los estilos de los discursos fueron diversos tanto por la naturaleza de las organizaciones representadas como por la personalidad de los líderes que las encabezan. Antich hablaba de «recuperar la hegemonía política» y trabajar para «reconstruir la hegemonía social». Y añadía que hay que «construir mayorías democráticas en torno a consensos» porque «minorizarnos y residualizarnos» no es una opción. La convocatoria de la Asamblea decía que «sólo un pueblo alzado y desobediente puede forzar al Estado a arrodillarse ante la voluntad colectiva». Y el Manifiesto Unitario proponía «construir una respuesta colectiva, sostenida y comprometida por los derechos de nuestro pueblo», que son los de una «República Catalana independiente y libre». Y añadía: “Sin la fuerza de la calle, el independentismo nunca tendrá respuestas sólidas en el Parlament”. Acuerdo básico, y algún pellizco mutuo.

Para mí, de acuerdo con todo. La experiencia pasada muestra claramente la capacidad de un pueblo organizado y movilizado que puede hacer tambalear los equilibrios parlamentarios garantizados por un sistema electoral pensado para que nada se mueva mucho. De ahí la incapacidad, en más de 40 años, de hacer una ley electoral propia más radicalmente democrática, pero que sacudiría las representaciones de los partidos. Prefieren una mala ley conocida que una buena para conocer. Ni ahora que todo está desquiciado forma parte ni de los pactos de legislatura ni de la iniciativa del govern. Pero la experiencia también nos señala las debilidades de esta estrategia de base que, llegados a su fin, no sabe, no quiere o no puede alcanzar la cima.

Sin embargo, estos discursos deberían desarrollarse en unos análisis precisos, que añadieran realismo y traducción efectiva a los objetivos. Pongo unos ejemplos. Está claro que la independencia de Cataluña debe ganarse de manera democrática. Más concretamente, con mayorías democráticas. Con las «hegemonías» de las que hablaba Xavier Antich. Pero, desde mi punto de vista, esta hegemonía no debería confundirse –como suele hacerse– con los porcentajes globales de apoyo a la independencia que nos proporcionan las encuestas. Sencillamente, las encuestas –si están bien hechas– se refieren a la totalidad de la población y preguntan obviando el contexto de la decisión. Y es sabido que buena parte de la población –quizás por desgracia– no se siente comprometida ni cívica ni políticamente, en general porque ni conoce el país, ni le interesa, ni lo entiende. Para bien o para mal, una hegemonía política y una mayoría democrática no pueden estar sujetas a una mayoría demográfica. Y la respuesta de sí o no a la independencia tiene poco valor si no se añaden las condiciones y los costes, particularmente los que impondría la parte contraria que hay tanto dentro como fuera del país.

Otra dimensión a desarrollar por los discursos sería describir mejor quiénes y cómo son los independentistas y su disposición a asumir riesgos. ¿Es necesario desobedecer las leyes injustas? ¡De acuerdo! Pero, para poner un caso tan vivo como el del uso del catalán en la escuela, ¿con qué contingente de profesorado –y de equipos de dirección– se cuenta que estén dispuestos a quedar fuera de la ley a favor del catalán si ya tenemos cierta idea de quienes, en cambio, sí se habían saltado las leyes de inmersión sin ser llevados nunca a los tribunales?

Y una última consideración. Los discursos leídos ponen todo el acento en una respuesta voluntarista de los catalanes para enfrentarse a situaciones de dominio estructural. Está claro que es necesario compromiso personal, pero también sería bueno destacar las propias fuerzas estructurales del país del que ya disponemos –empezando por el potencial industrial y económico, o por el asociativo y cultural–, y pensar en cómo podemos debilitar las voluntades autoritarias del adversario. Es necesario abandonar el desánimo y la decepción propia a base de voluntad, sí. Pero caray: ¿y si damos la vuelta a la tortilla y dedicamos un cierto tiempo e inteligencia a desanimar y desmoralizar al adversario con la gran fuerza estructural que tenemos?

EL PUNT-AVUI