Las saludables crisis de la izquierda catalana

Tengo la sensación, desde hace mucho tiempo, de que una cierta izquierda independentista todavía cree que la cuestión nacional catalana es insuficiente por sí sola. Que es necesario adornarla, orlarla con otras causas, otras luchas, otras hegemonías, y ponerla al servicio de sus intereses privativos, ideológicos, culturales. Que no se puede hacer simplemente la independencia, sino que es imperativo hacerla “progresista” o “de izquierda”, aceptable, sobre todo, según los cánones de la izquierda española vocalmente revolucionaria. Como si la independencia de este país necesitara permisos o certificados de buena conducta ideológica expedidos allá donde nace la opresión.

Pero resulta que la independencia de Cataluña es, por sí sola, la propuesta popular más radical que existe hoy en Europa occidental. Porque significa la construcción de un nuevo Estado basado en la voluntad ciudadana, en la ruptura con el régimen, derrotándolo y derrotando a la vez a la ciega burocracia europea. Porque es la revolución silenciosa y tranquila –pero revolución, que eso no lo olvide nadie– de unas clases medias y populares que se niegan a ser gobernadas por quienes no han elegido y a ser encorsetados constitucionalmente allí donde no quieren estar. Dicho desnudo y crudo –y ya me perdonarán la contundencia–, la independencia de Cataluña, sin más, es más subversiva que todos los programas electorales de la izquierda española juntos.

Y si es una evidencia que una cierta derecha siempre pensó que subirse al carro del independentismo era una manera, también, de conservar su poder de décadas, cabe decir con la misma contundencia, y denunciar igualmente, que para una cierta izquierda instrumentalizar la revolución democrática catalana era una forma de superar su frustración electoral. O incluso más allá.

Y si los unos fracasaron y han tenido que pasar un vía crucis particular, ahora da toda la impresión que les toca a otros. Y esto lo encuentro muy saludable. ERC hizo de la lucha por la hegemonía su propósito esencial. Se equivocó de enemigos y se dedicó más a maniobrar contra el resto de independentistas que a construir país. Lo sabemos todos: Esquerra estaba en condiciones de ser el partido hegemónico en la república catalana, pero prefirió lanzar todo su crédito por la borda y ahora está a las puertas de una crisis que no promete nada bueno, con Gabriel Rufián tratando de desguazar el barco y llevarse hacia el PSOE tantas maderas y banderas como pueda. Y en la CUP el conflicto eterno entre las dos almas –entre quienes saben que la independencia es la revolución y quienes creen que cualquier revolución lo es excepto la independencia de Cataluña– ha estallado de forma inesperada con la dimisión ayer mismo de Laia Estrada.

Pero creo que todo esto que pasa no debemos verlo como una derrota; más bien se asemeja a una limpieza. Mientras en ERC y en la CUP los partidarios de la satelización socialista muestran la patita cada día con más claridad, la cuestión nacional catalana simplemente espera una nueva generación de dirigentes que entiendan, a la derecha y a la izquierda, que construir el país no es solo lo más importante, sino que también es la clave de su futuro –si quieren tenerlo.

Lo que vemos no es una derrota del independentismo sino la evidencia del fracaso de la instrumentalización del independentismo. Y puede ser, por tanto, el reforzamiento de un mensaje que nunca debería haberse olvidado.

Que es éste: el independentismo es la única revolución posible hoy, simplemente, porque es la condición previa de todas las demás. La independencia, por sí sola, es la revolución. Y puede ser victoriosa, porque es la revolución posible y plural de todos: de quien quiere pagar menos impuestos y de quién quiere servicios públicos de calidad, de quién quiere hablar catalán sin complejos y de quién quiere justicia social, de las clases populares y de las clases medias que comparten el mismo deseo elementalísimo de ser gobernados justamente por quienes han elegido y de decidir cómo conseguimos que este país nuestro -que es el país de todos- avance.

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