El catalán continuará sin ser lengua oficial de la Unión Europea y diez millones de europeos permaneceremos oficialmente mudos. Ayer siete estados miembros de los veintisiete manifestaron recelo sobre la oficialidad y, dado que la decisión debe adoptarse por unanimidad, España decidió retirar la votación del orden del día. Un aplazamiento más de aquella promesa que fue la condición impuesta por Junts para votar a favor de Francina Armengol como presidenta del congreso español hace ya casi dos años.
El episodio tiene muchas lecturas posibles, tanto en clave catalana como española y europea. Pero permítanme ser directo y claro: precisamente para evitar situaciones como ésta hicimos el Primero de Octubre y la proclamación de la independencia.
Muchos deben recordar que en los primeros años del proceso independentista se popularizó el lema “Cataluña, nuevo Estado de Europa”. Sin entrar ahora a discutir si convendría a una Cataluña independiente formar parte de la UE, parece evidente que una parte importante de la población catalana consideraba entonces –y supongo que sigue considerando– que el futuro de nuestra sociedad pide participar como europeos de pleno derecho en las decisiones que se toman en Bruselas. Y razonaba, acertadamente, que la única manera era constituyendo un Estado propio, separándonos de España. La decisión de ayer les da la razón.
No hay discusión posible: el catalán sería lengua oficial de la Unión Europea si Cataluña hubiera consolidado la independencia proclamada en 2017 y le hubieran abierto la puerta de la Unión. De hecho, si alguna vez Andorra se incorpora a la UE, el catalán pasará a ser lengua oficial sin lugar a dudas. Porque, contrariamente a lo que dicen las matemáticas, 80.000 personas son más importantes que diez millones. A condición, exclusivamente, de que estas 80.000 tengan un Estado propio.
Los lectores habituales de esta columna deben recordar, espero, mi desconfianza endémica hacia el PSOE. No me tragaré, por tanto, hoy, su discurso respecto de la oficialidad del catalán ni me fiaré nunca de su supuesta bondad. Pero, dicho esto y ante los resultados, debo reconocer que esta vez los socialistas españoles se han esforzado como nunca en defender mi lengua –sea por interés propio o, más bien, porque Junts les amenaza en serio y necesitan sus votos.
Pero si reconocemos esto, debemos preguntarnos de inmediato cómo es que, a pesar de tener esta vez el gobierno español a favor, un expediente jurídico impecable, una mayoría clara de países interesados y una condicionalidad hecha a medida y bien pactada, la iniciativa tampoco da resultado. ¿Por qué los catalanes volvemos a ser marginados?
La respuesta es obvia y cae por su peso: como no tenemos un Estado propio, los catalanes simplemente no tenemos ni voz ni política propia y, por tanto, quedaremos sometidos siempre a los vaivenes de la política doméstica del Estado donde el viento de la historia nos ha situado. Nunca tendremos posibilidad alguna de defender nuestros intereses ni de hacer acción política real mientras no seamos un Estado. La cosa es tan dura e inapelable como esto.
Ayer los políticos catalanes y una parte de los españoles se dedicaron a acusar al PP de ser el culpable del fracaso del proyecto.
El tema clave es que, encadenados a España, siempre dependeremos de un PP o de otro. Porque sólo contaremos como una minoría a instrumentalizar según la necesidad que tengan de los votos. ¿O es que no es perfectamente plausible imaginar una situación cambiada en la que el PP tuviera interés en hacer del catalán lengua oficial en Europa y donde el PSOE, por conveniencias electorales, maniobrarás agresivamente en contra? El PSOE, cuando le ha convenido, por supuesto que ha ido contra el catalán. Por poner solo un ejemplo, ¿ya no recordamos que fueron los socialistas quienes persiguieron y clausuraron la red de repetidores de TV3 en el País Valenciano?
La votación de ayer y todo el espectáculo que le rodea pone de relieve, pues, el fracaso anunciado de cualquier vía que no sea la del Primero de Octubre. Y por tanto nos llama y nos invita a una reflexión serena, pero dura. Podemos seguir simulando que hay un camino al futuro de los Països Catalans que pasa por España. Podemos creernos que pactando con uno u otro partido conseguiremos mejoras de fondo que consolidan nuestra sociedad. Podemos soñar que habrá un día que pasará no sé qué que nunca ha pasado. Pero la realidad es tozuda: en la Unión Europea y en el mundo cuentas tan sólo si eres un Estado independiente. Y sólo si cuentas en el mundo puedes hacer política de verdad y satisfacer las necesidades de la ciudadanía. El resto son «bufes de pato» (cosas inútiles), si me permite el localismo.
Evidentemente –y ya entiendo esto–, hay quien, después de la violencia española, tiene miedo. Y hay quien cree que no hay forma de ganar, aunque es evidente que ganamos. Están los cobardes. Y los aprovechados. Están los rencorosos que quisieran perderlo todo para decir que ellos ya lo sabían y que tenían razón. Y los tóxicos que nunca los curaremos. Hay quienes tienen intereses ocultos y agendas propias demasiado gruesas. Hay quienes se pelearían consigo mismos. Pero, para todos, y para la nación, hoy tengo una noticia: el único camino transitable es el del Primero de Octubre, rematándolo. No hace falta romperse la cabeza…
VILAWEB










