Estos días de la pasada Semana Santa coincidí en varias ciudades medias de Castilla con procesiones y actos religiosos callejeros. Las plazas por las que pasaban las procesiones estaban adornadas de arriba abajo por grandes banderas españolas que ocupaban todos los balcones, como ocupaban también las de los ayuntamientos, además de colgar la que estará puesta siempre. Muchas casas particulares también las tenían y en algún caso -poquísimos- lo que había era una bandera española republicana, la que incorporaba el morado del pendón de Castilla. Ante este despliegue de banderas, pensé por un momento que una semana después estaría por Sant Jordi en Barcelona y en más de una ciudad media de Cataluña y me encontraría con un despliegue similar –aunque no tan sistemático y ostensible- de banderas catalanas. Y entonces pensé que si un viajero extranjero que no supiera nada previamente viera la imagen de la plaza castellana por Semana Santa y de la plaza catalana por Sant Jordi se daría cuenta sin más explicaciones que estaba en dos países diferentes. Y profundamente distintos.
Ciertamente, el territorio primigenio de la identidad –y, por tanto, de la identificación, de la marca identitaria del tiempo y del espacio, son los símbolos, y por tanto entre ellos las banderas. ¿Por qué las ciudades castellanas estaban llenas de arriba a abajo de banderas españolas? Porque consideran que estas actividades religiosas de Semana Santa son la expresión de su identidad profunda, como lo es la bandera, y por tanto que es natural que vayan unidas y que se exhiban sin ningún complejo. De la misma forma que es identitariamente natural que, en un Estado que se proclama no confesional, los pasos de Semana Santa vayan acompañados por guardias civiles con tricornio. Todo pertenece al universo simbólico. Aunque la cantidad de banderas y su tamaño resulta también sospechosamente enfática: una identidad que necesita tanto énfasis es que tiene algún problema de percepción, es que cree que es cuestionada (no en ese espacio donde están, sino en algún otro espacio donde no están y creen que deberían estar) y que, por tanto, necesita ser fuerte.
También las banderas catalanas de Sant Jordi son una expresión identitaria, naturalmente. La fiesta del libro y de la rosa, el día del patrón cristiano de Cataluña, es visto y vivido como un espacio y un tiempo que remite a la identidad catalana y que, por tanto, se identifica con banderas catalanas. En los puestos, en algunos balcones, en algunos edificios oficiales. Más banderas quizás que en la Semana Santa castellana, más pequeñas y más dispersas. Pero también enfáticas. Y también en este caso el énfasis es el síntoma de un problema de fondo, de percepción: si es necesario enfatizar una identidad es porque se considera invisibilizada, cuestionada o amenazada. Si necesitas marcar un tiempo y un espacio identitariamente es porque temes -también aquí, aunque por razones exactamente inversas en la plaza de la Semana Santa castellana- que si no lo haces esta identidad se diluirá o será imperceptible.
Los símbolos, las banderas, son una marca identitaria que forma parte de una u otra forma de una disputa sobre el tiempo y el espacio, de una voluntad o una necesidad de marcarlos. Aquí y allá, porque hay identidades distintas, pero también porque hay identidades -y espacios y tiempos- en disputa, mal encajadas. El nacionalismo español quisiera la bandera española por todas partes y sola, como está en la plaza castellana. El nacionalismo catalán quisiera la bandera catalana por todas partes, repartida y sola, como lo está parcialmente por Sant Jordi. Pero los mismos símbolos se pueden leer también de formas diferentes. Para entendernos, ¿la bandera catalana es hoy, aquí y ahora, un símbolo alternativo a la bandera española o es un símbolo complementario y subsidiario? Hace unos años, en la Catalunya Nord había en todas partes banderas catalanas -en las puestos de fruta y de productos de la tierra, pongamos por caso- que no inquietaban en lo más mínimo a la muy jacobina República Francesa, porque no eran ni se las percibía como alternativas a la bandera francesa, sino como una expresión subsidiaria de una identidad local integrada en la francesa. Mientras, en el sur, el nacionalismo español eliminaba tanto como podía banderas catalanas y vascas porque entendía que se colgaban en tiempos del franquismo como alternativas a la bandera española, que era la bandera del régimen y de la nación a la vez. Cuando en el norte empezó a pensarse que la bandera catalana podía ser vista como alternativa a la francesa empezaron a inquietarse. Y cuando en el sur se empezó a pensar que quizás la bandera catalana era subsidiaria y no alternativa a la española -el café para todos repartió banderas locales por todo el Estado- hubo el gran estallido de banderas esteladas, porque ésta sí que era inequívocamente alternativa.
Los símbolos son importantísimos cuando se habla de identidades y de relación entre las identidades. Lo vemos en el espacio público y lo vemos en el deporte. Los ejemplos son infinitos. Ahora tenemos el nacionalismo español escandalizado porque existe la posibilidad de que en competiciones oficiales el equipo de pelota vasca de Euskadi se enfrente al español. Que haya selecciones vascas y catalanas no les gusta mucho, pero pueden aceptarlo. Lo que les es directamente indigerible es que una selección vasca o catalana se enfrente a una española. Los símbolos catalanes o vascos son aceptables cuando son inequívocamente subsidiarios, complementarios, cuando están al lado –y debajo– los símbolos de la nación española. Pero cuando son símbolos alternativos, o uno u otro, cuando están uno frente al otro, cuando son, en definitiva, símbolos nacionales ajenos a la otra nación -y lo de la nación de naciones no anda ni con ruedas- y llevan a elegir entre una nación y otra, entonces son la expresión de un problema de fondo. Un problema político, que es, por tanto, un problema de poder, pero es sobre todo un problema de identidad, de pertenencia.
Este Sant Jordi estará, como siempre, lleno de banderas catalanas. Quizás no como siempre, quizás un poco menos. ¿Pero serán banderas catalanas alternativas a la bandera española o complementarias (es decir, subsidiarias)? El nacionalismo español quisiera que todo el territorio del Fstado fuese como la plaza castellana en Semana Santa, con una única bandera (y si hay una republicana es también española, un conflicto hispano-español). Por eso intentó sacar del tiempo y del espacio, por la fuerza en tiempo del franquismo, las banderas catalanas o vascas. No tuvo éxito. Sin haber renunciado del todo, quizás a estas alturas se ha resignado a aceptar, desnacionalizados, los símbolos catalanes y vascos, siempre que quede meridianamente claro que –como los de los puestos de fruta de hace unos años en la Cataluña Norte- no ponen en cuestión la bandera española, no son una alternativa, sino que la acompañan como una peculiaridad. No las banderas de una nación, sino las banderas de una comunidad autónoma sin conflicto, finalmente pacificada, felizmente integrada en la ‘pax hispana’.
EL MÓN









