El 28 de octubre de 2017, al día siguiente de la proclamación de la independencia, el president Puigdemont hizo un discurso en la sede de la Generalitat en Girona. En Barcelona, el Palau de la Generalitat, el que tenía que retransmitir el discurso activó los mecanismos rutinarios para que llegara, por las redes sociales, al máximo de ciudadanos posibles. Pero, de repente, oyó los gritos de su superior inmediato que le pedía detener la emisión para no tener problemas con los nuevos dueños de la Generalitat, los del 155.
Ambos eran y son independentistas, activos en las redes sociales, y miembros de Junts, ahora, y de Convergencia antes. Ambos han continuado trabajando estos tres años en la Generalitat, aunque con dificultades personales y persecuciones. Y ambos, el que ese día quería ir aún más lejos y el que al minuto uno ya se echaba atrás, han twiteado que habían votado a favor del pacto de gobierno entre ERC y Junts, en la consulta interna organizada por su partido. El resultado ya lo saben. Han ganado.
Y esta es la victoria, casi cuatro años después, de los gritos en Palau contra la retransmisión del discurso de Puigdemont. Sorprendentemente, con la colaboración del president mismo. Él, y Laura Borràs, se presentaron a las elecciones prometiendo cosas tales como que si se superaba el 50% de los votos -la frase es de la actual presidenta del parlament- se proclamaría la independencia. Sin embargo, con los votos en el zurrón, el no-candidato Jordi Sánchez (no candidato, evidentemente, por la injusta represión española) ha sido el negociador parece que único y ha negociado un pacto y un govern que significan, sin rodeos, la renuncia al Primero de Octubre ya todo lo que representa. ¡Ojo! A todo lo que representa el punto de vista de la independencia, pero también al punto de vista democrático. Y pocas pruebas puede haber más evidentes al respecto que la votación interna de Junts. Si salía que sí, Aragonés sería presidente y si salía que no, Aragonés sería presidente. Extraordinario.
Clara Ponsatí lo describió ayer diciendo que después de esto ya no habría ningún partido que mantuviera el mandato del Primero de Octubre como base de su acción. Y esta es la realidad. ERC renunció a partir de la aplicación del 155 y la CUP y Junts han tardado una legislatura pero ya han llegado a lo mismo, también. Cuando el president Quim Torra, otra de las pocas voces críticas con este pacto, avisaba al final de su mandato que la autonomía, la voluntad de gestionar la autonomía y todo lo que representa, es uno de los obstáculos más claros que frena la independencia, acertaba de pleno.
Y la prueba es que inmediatamente después del anuncio del acuerdo, la discusión y el interés ha pasado al modo de repartirse los cargos y en las prerrogativas que tendrían los unos y los otros durante estos dos años, que ellos creen que serán apacibles, esperando que Madrid quiera negociar. Eduard Voltas lo explicaba, exultante, en este twit que no puede ser más claro: «aunque la DUI no esté en el horizonte», dice… Ni en veinte años, ni cincuenta, ni mil.
(¿Y ahora qué aliciente tendrá Madrid si ya no queda nadie que pueda amenazar la estabilidad de Pedro Sánchez? ¿Por qué debería compensar a alguien si nadie lo amenazará con nada? El pacto es malo incluso en esto).
La ruptura se ha aparcado, pues. Con todas las consecuencias que esto tendrá. Vuelta a los dos líderes callados -o que asienten, que no lo sé-. Borràs ya puede ir haciendo las maletas. Cuando los tribunales españoles la apartan del cargo nadie la defenderá, más allá de las frases retóricas. Como ocurrió al president Torra.
En cuanto al president Puigdemont, este pacto, con el menosprecio total y rotundo respecto del Consejo por la República, implica su marginación. Se consuma la maniobra de despojarlo de la legitimidad histórica e irrepetible adquirida el Primero de Octubre y con la proclamación de la independencia. Porque si el Primero de Octubre ya no es el punto de arranque de nada, entonces el president del Primero de Octubre simplemente deja de ser eso que llamaban «el president legítimo» y pasa a ser un president más. Como Montilla. Como Mas. Como Torra. Como Aragonés. O eso se pretende, eso se busca con la maniobra. De hecho, es incluso menos president que los demás, porque queda en el exilio, atacado por todos y sin escudo político que le defienda. Ni mossos que lo custodien.
Volvemos, por tanto, a 2009, Arenys de Munt. O a 2010, manifestación de Òmnium contra la sentencia del estatuto. O a 2012, formación de la ANC y manifestación del Once de Septiembre. Volvemos, pues, a un panorama en el que los partidos aspiran a gestionar la autonomía y adoptan el independentismo como una consigna decorativa y, como mucho, como aspiración que no se puede hacer real antes de veinte años.
Eso sí, con dos diferencias que lo pueden cambiar todo en cualquier momento. Por un lado, que los políticos catalanes pueden renunciar voluntariamente a la confrontación, pero España se ha instalado, en la confrontación. Y por lo tanto, ni aunque lo deseen, a los políticos catalanes no les será fácil. La represión no se detendrá ni un solo minuto.
Y todavía les será menos fácil, por la segunda cuestión: que es que hay un grueso de la población, que no sé cuánta gente es, pero que es mucho más que en 2009, en 2010 y en 2012, que entiende que estamos definitivamente sumergidos en un conflicto nacional -nación contra nación-, que ya no se puede reconducir como si no hubiera pasado nada entre 2010 y 2021. Gente que sabe, porque lo ha comprobado haciendo correr las urnas, que la unilateralidad es el único camino que funciona. Gente que ha probado la victoria y la libertad. Y por esta razón ya no puede renunciar a ella de ningún modo. Recuerden lo que explica Wollin (1)…
(1) https://www.vilaweb.cat/noticies/wolin-democracia-primer-octubre-editorial-vicent-partal/
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