La inmensa mayoría de catalanes -con la excepción de algunos malintencionados- celebramos la salida de la prisión, aunque fuera por sólo cuarenta y ocho horas, de Jordi Cuixart, presidente de Òmnium. Sin embargo, ni éste ni el próximo permiso de Jordi Sánchez debería producir cualquier tipo de relajación en la indignación por la prisión injusta en particular, ni por el marco represivo en general, que se vive en el país. Al contrario, y sobre todo para los mismos presos, salir unas horas para volver a entrar no puede hacer otra cosa que hurgar en su -y nuestro- dolor por la pérdida injusta de libertad.
Desde el primer día que tuvimos conciencia de la respuesta represiva del Estado a la aspiración a la independencia, el principal peligro ha sido el de su normalización. Sobre todo, porque nunca hay un primer día bien definido, y cuando te empiezas a dar cuenta, ya hace tiempo que se ejercen formas de represión de, digamos, perfil bajo. Primero fueron los intentos de humillación y desprecio, las amenazas veladas, la ridiculización de los primeros gestos o la ocultación intencionada de hechos relevantes. De modo que la erosión de la autoestima, la interiorización del miedo o la pérdida de confianza ya fueron los primeros síntomas de normalización de la represión.
Pero cuando la represión saca la cara, aunque sea paradójicamente como consecuencia de la debilidad o inseguridad del mismo Estado, entonces las respuestas normalizadoras también se vuelven más graves, más lacerantes, más indignas… aunque no siempre suficientemente explícitas. De manera que encuentro conveniente recordar cuáles pueden ser algunas de estas formas de banalización de la represión para mantenernos alerta tanto ante los que nos quieren arrastrar a las mismas como ante nuestras propias debilidades.
La banalización de la represión, pues, se expresa de maneras distintas y en grados diversos de perversidad y disimulo. Y, entre las formas más ignominiosas -sólo con la ventaja de que son más explícitas-, está la de aquellos que argumentan que las víctimas de la represión «ya estaban avisados», que «se lo buscaron» y que, en el fondo, «se lo merecen». Es una manera brutal y cínica de justificar la represión ya que en ningún momento se hace mención del fondo de la cuestión: ni de la ilegitimidad de las amenazas recibidas, ni de las razones de la desobediencia, ni de la proporcionalidad de la persecución y la sentencia.
La segunda manera de trivializar la represión consiste en atribuir intenciones espurias al ejercicio de los derechos civiles que son la causa del acoso. Restar mérito al valor de quien se ha enfrentado con un régimen autoritario y ahora está pagando sus consecuencias, intencionadamente o no, desprecia el coraje de los ahora castigados y lo convierte en tontería e ineptitud. A la pena de la represión, pues, se añade la de una supuesta necedad.
La tercera forma de banalizar la represión es la que adopta una cómoda y calculada equidistancia entre víctimas y verdugos. Bajo la apariencia de neutralidad, incluso de objetividad, uno se sitúa por encima del bien y el mal. Es una manera de desentenderse que suele terminar, y en cuarto lugar, eliminando el contexto represivo de los análisis políticos. En estos casos, las consideraciones sobre los acontecimientos políticos ignoran la base represiva en que se inscriben, y así, cobardemente, la ocultan.
Finalmente, está la que es quizás la forma más extendida de banalización de la represión: la indiferencia. Hace unas semanas, Antoni Bassas le preguntaba a Juan Carlos Mèlich cómo se manifestaba hoy día el Mal y, con mucho acierto, él le respondía que con la indiferencia. Y aquí tenemos un ejemplo claro: la indiferencia ante la represión sufrida por el ejercicio de derechos democráticos fundamentales que van desde el de expresión hasta el de la desobediencia civil, es el mayor peligro al que se enfrentan, no los soberanistas, sino todos los demócratas. Aquí, y en todas partes.
ARA









