Empezamos por la constatación empírica: los sectores progresistas europeos (medios de comunicación, organizaciones, cargos electos, figuras intelectuales…) se han movilizado más en defensa de los derechos civiles y políticos de los catalanes independentistas en los últimos ocho o diez días que los sectores progresistas españoles a lo largo de los últimos cinco o seis años.
La detención del presidente Carles Puigdemont en territorio alemán, el 25 de marzo, y las demás euroórdenes contra diferentes miembros expatriados del Gobierno convirtieron definitivamente la crisis catalana en un asunto internacional. Los efectos han sido inmediatos. En Alemania mismo las izquierdas (no sólo ellas, pero sobre todo ellas) no tardaron nada a manifestar su posición, desde los pequeños grupos antifascistas concentrados ante la cárcel de Neumünster hasta ‘Die Linke’, que calificó de «vergüenza» el arresto de Puigdemont. El principal cargo de gobierno de este partido, el presidente de Turingia, Bodo Ramelow, recordó a la canciller Merkel que la Alemania nazi había entregado otro presidente catalán, Lluís Companys, en las garras asesinas de Franco. Entre los opinadores, figuras como el reputado periodista crítico Jakob Augstein han escrito (en ‘Spiegel Online’) reclamando asilo para Puigdemont, tras afirmar que «un político que lucha por sus objetivos con medios pacíficos no tiene que ir a la cárcel».
En Escocia quien ejerce la fervorosa defensa legal de la consejera Clara Ponsatí, el abogado Aamer Anwar, no es sólo el rector de la Universidad de Glasgow sino también un activista por los derechos humanos claramente alineado a la izquierda, impulsor desde el 2001 de la ‘Stop the War Coalition’ contra las invasiones de Afganistán y de Irak. En Francia -país momentáneamente no implicado en el ‘affaire’- el líder de Francia insumisa, Jean-Luc Mélenchon (casi 20% de los votos en la primera vuelta de las presidenciales de 2017), se refirió a «la Europa de la policía política contra la expresión de los pueblos». Su rival socialista entonces, Benoît Hamon, encabeza ahora el nuevo partido ‘Génération.s’, que ha acusado a Rajoy de «no respetar los fundamentos de la democracia» y de tener «presos políticos y exiliados que fueron elegidos en unas elecciones».
En Portugal, y después de que el diputado socialista Tiago Barbosa Ribeiro calificara los encarcelamientos de independentistas de «vergüenza para Europa», ha sido toda la izquierda parlamentaria (PS, Partido Comunista, Bloque de Izquierda y los Verdes) la que ha aprobado en la Asamblea de la República una resolución pidiendo una solución política que respete «la voluntad del pueblo catalán y la salvaguarda de los derechos sociales y los demás derechos democráticos de los pueblos de España». En fin, y sin agotar el inventario, es relevante el artículo que publicaron el otro día en ‘Le Monde’ escritores del renombre y del perfil de Roberto Saviano, Erri de Luca y Daniel Pennac, pidiendo la liberación de los presos políticos catalanes .
Y bien, si el independentismo fuera aquel movimiento regresivo, fascistizante y paraterrorista que el ‘establishment’ español describe, ¿le sería posible concitar posicionamientos como los mencionados? ¿O acaso todos aquellos políticos, periodistas, partidos y escritores son idiotas, o están comprados por el oro ‘separatista’? ¿O es que las izquierdas españolas, desde el PSOE hasta Podemos, desde ‘los de la ceja’ hasta los paladines intelectuales de todas las «causas» situadas lejos de casa, son más de izquierdas que las europeas, y por eso ‘callan y otorgan’ ante el estado de excepción impuesto en Cataluña?
En mi opinión, la respuesta es otra, y es doble. Por un lado, y una vez más, se hace evidente que la defensa de la ‘sagrada unidad de la patria’ actúa, en el campo de las fuerzas teóricamente progresistas, como el gran mecanismo inhibitorio de cualquier propósito de reforma, transformación o cambio. Si la unidad de España -ahora los más delicados llaman «respeto por la Constitución»- está en riesgo, lo que se impone es el cierre de filas, el envolverse con la bandera y el propósito común de aplastar el separatismo. En un momento así, los escrúpulos democráticos, el respeto minucioso de los derechos humanos, el rigor jurídico, etcétera, sólo estorbarían…
Con todo, estoy dispuesto a admitir un segundo elemento, que es el miedo. Me resulta verosímil que en las filas socialistas y podemitas, o entre aquellos escritores y artistas que tantas veces se han manifestado a favor o en contra de esto o de aquello, haya alguna incomodidad ante los encarcelamientos y las demandas de extradición. Pero ¿quién es el guapo que se arriesga a ser tachado de traidor, de cómplice de los enemigos de la patria, y a perder millones de votos, o a sufrir un boicot que le reduzca las ventas de libros, o de discos, o de tickets para los recitales, si depende del mercado -electoral o cultural, tanto le da- español?
Así, entre el secuestro emocional y el chantaje tácito, hemos llegado al tristísimo punto donde estamos: el punto en que -con algunas honrosas excepciones a las que un día habrá que rendir homenaje-, en España la única izquierda audible es la izquierda del «¡A por ellos!»
ARA







