Vivimos días enérgicos, días de un ritmo político tan frenético que nos resulta difícil medir el alcance real de lo que estamos haciendo. Los hechos trascendentes se suceden de una manera tan vertiginosa que no hay espacio para la reflexión o el análisis serenos, sobre todo teniendo en cuenta que también se mezcla el griterío inducido por el españolismo, que, a falta de argumentos y exasperado por nuestra firmeza, insulta, descalifica, amenaza y grita. Sin embargo, avanzamos. Avanzamos a pesar de los obstáculos que nosotros mismos nos ponemos en el camino y que, a menudo, nos hacen perder un tiempo valioso, como los últimos tres meses hasta la investidura del presidente Carles Puigdemont. Nos los podíamos haber ahorrado, francamente. Y más nos podíamos haber ahorrado determinados comportamientos autodestructivos. Pero ya está hecho y hay que tomárselo con calma. Lo importante, como digo, es que el Proceso está vivo y que nada lo detendrá. No lo detendrá Madrid, no lo detendrá su Tribunal Constitucional y no la detendrán sus fuerzas armadas. La libertad es un Derecho Humano básico y nada impedirá la consecución pacífica y democrática de la libertad del pueblo de Cataluña.
La fuerza de este proceso, lo sabe todo el mundo, es su transversalidad. A diferencia del caso escocés, el catalán no es un proceso promovido por un partido político o por una personalidad específica, sino por el grueso de una colectividad, más allá de las adscripciones sociales individuales. Y la imagen de esta transversalidad, la foto más odiada y temida por el españolismo, fue la del abrazo entre el presidente Mas y David Fernández, diputado de la CUP. Era la imagen que hacía ver al mundo la sólida base social del proceso catalán y también su inmensa fuerza, ya que un proceso que consigue unir el esfuerzo de partidos tan distantes como CDC y la CUP no tiene freno. La meta de la libertad requiere la suma de esfuerzos y todos los brazos son bienvenidos. Esta es la razón por la que los que no la quieren dedican tanta energía a dividirnos.
En este sentido, el linchamiento del presidente Mas ha sido un espectáculo espeluznante e indigno. La llamada revolución de las sonrisas no se puede permitir linchar a su figura más internacional; la llamada Vía Catalana, que ha despertado la admiración de todo el mundo por su fuerza integradora, no puede permitirse excluir al presidente que ha hecho por la libertad de Cataluña lo que no había hecho ningún otro presidente. Por eso yo he sentido vergüenza ajena, y también tristeza, al ver el trato que recibía por parte de algunos catalanes como si fuera un apestado. Sólo hay que ver el odio que le tiene el españolismo para darse cuenta de su valor. Esto sólo ya debería haber servido para cerrar filas en torno suyo. Nosotros, en cambio, lo hemos satanizado, y hemos hecho el juego al españolismo.
La suerte ha sido que la inteligencia política de Artur Mas ha cambiado la situación con una solución tan brillante e inesperada como la del 9-N, porque su paso atrás -dejemos repetir el churro gramatical «un paso al lado», ¡por favor!- no sólo ha supuesto la presidencia de Carles Puigdemont -un político que pronto sorprenderá por la fuerza de sus convicciones nacionales-, sino que ha volatilizado de repente el ridículo argumento españolista que decía que el Proceso era Mas. A partir de ahora dirán que el Proceso es Puigdemont.
Pero ¿por qué estorbaba tanto Mas al españolismo de derechas y de izquierdas? ¿Era sólo por su calidad de presidente catalán refractario a las descalificaciones y amenazas de Madrid? No, claro que no. Pero molestaba, molestaba muchísimo, a los enemigos de la libertad de Cataluña, porque es un estadista de una magnitud extraordinaria, porque, a diferencia de Montilla, Zapatero o Rajoy, puede hacer conferencias en la lengua que hablan todos los jefes de Estado del mundo, porque es la imagen internacional del Proceso, porque no se ha arrugado en la defensa de nuestros derechos nacionales, porque lo que dice y cómo lo dice inspira respeto y porque es el político que todos los partidos españolistas, si pudieran comprarlo, querrían presentar como candidato a unas elecciones.
El expresidente Mas, por tanto, no se merecía el trato que ha recibido por parte de algunos catalanes. Más todavía sabiendo, como se sabía, que se había comprometido a retirarse una vez culminado con éxito el Proceso. Pero incluso dentro de este juego de los disparates, que ha estado a punto de abocarnos a unas penosas nuevas elecciones, Mas no ha perdido los nervios y ha transmitido confianza a los que ya veían imposible el acuerdo entre Juntos por el Sí y la CUP. Ha beneficiado al país, ha evitado el desánimo del electorado independentista, ha evitado la guerra interna que habrían provocado en la CUP unas elecciones en marzo, ha garantizado la estabilidad gubernamental necesaria que requiere esta fase del Proceso y ha fortalecido su propia figura. Una figura de que sale altamente engrandecida.
Aunque Mas ya tiene un lugar en la historia por la labor que ha hecho en favor de la libertad de Cataluña, su carrera no se detiene aquí. Todavía es un hombre joven que, a partir de ahora, desde una posición menos acosada y con las manos mucho más libres, pronostico que seguirá trabajando y creciendo políticamente. El tiempo lo dirá. En este momento estamos demasiado inmersos en las batallas del día a día para valorar en su justa medida el camino que hemos hecho, pero cuando culminemos la travesía comprobaremos que de Artur Mas hablarán bien incluso aquellos que ahora más lo reprueban. Gracias sinceras por su servicio a Cataluña, presidente.
EL MÓN









