Uno de los entretenimientos tradicionales de los que se consideran con derecho a poseer vidas humanas, ya sea en forma individual o colectiva, es el de enfrentarlas entre ellas. Se trata de hacer que se peleen, que se flagelen o que se destruyan unas a otras mientras el dueño lo mira complacido. El imperio romano era muy aficionado a esto. Y también lo eran los amos blancos que tenían negros en propiedad. Ver a dos negros de la misma condición dándose puñetazos provocaba un placer morboso en el patrón. Especialmente si quienes se enfrentaban eran amigos. Si se odiaban no tenía la misma gracia. De esta praxis, sin embargo, el morbo sólo es la epidermis. La verdadera razón, la razón por la que ha sido una constante a lo largo de la historia, se resume en la expresión ‘divide y mandaràs’ y tiene que ver con la necesidad de debilitar psicológicamente al cautivo, haciendo que canalice toda su energía contra él mismo. De esta manera, ocupado como está en encontrar defectos entre los suyos y a reprochárselo, no tiene tiempo ni ánimo para enfrentarse al dueño y liberarse.
Los resultados de esta maniobra son espectaculares. Basta con mirar a Cataluña. Hace trescientos años que los catalanes nos vilipendiamos unos a otros en vez de unirnos para serrar los barrotes de la jaula que nos aprisiona. Coleccionamos memoriales de agravios y hacemos encendidos discursos sobre la libertad y los derechos sociales sin tener en cuenta que dentro de una jaula, por más que tenga columpio, bañera y espejo, no ha habido ni habrá nunca derechos sociales ni libertad. ¿Entonces, por qué nos comportamos así? ¿Por qué insistimos e insistimos en meter el clavo por la cabeza? ¿Por qué, quienes decimos que queremos salir de la jaula, no nos damos cuenta de que unidos contra el carcelero somos más fuertes que divididos? ¿Por qué intentamos reafirmarnos por medio de los reproches contra los compañeros de viaje, si el viaje no es posible sin los compañeros?
Que los catalanes no tengamos una ley electoral propia, después de casi cuarenta años de disfrutar de esta posibilidad, y que sigamos rigiéndonos por la ley española, justo la ley de la que decimos querer librarnos, es una solemne incongruencia que nos debería avergonzar. Sin embargo es la incongruencia que explica el callejón sin salida en que nos encontramos dos meses después de haber celebrado elecciones y de haber obtenido un veredicto claro en las urnas: más de un millón seiscientos mil votos para Juntos por el Sí y más de trescientos mil para la CUP. Mayoría absoluta para empezar a segar los barrotes respetando, como es lógico, el grado de representatividad alcanzado por cada uno. De otro modo, si los votos no tienen ninguna autoridad, si los votos no sirven para nada, no es necesario que los contemos. De hecho, no hace falta ni que pongamos las urnas. Podemos continuar haciéndonos reproches hasta el fin del mundo. Dentro de la jaula, claro.
Es muy cierto que las rencillas y los combates entre cautivos responden a una reacción autodestructiva provocada por una frustración acumulada. Pero si verdaderamente somos un pueblo adulto, si verdaderamente queremos ser un pueblo libre, esta explicación psicológica no nos servirá de nada, ya que de lo que se trata, justamente, es de transmutar la reacción autodestructiva en un comportamiento asertivo y liberador. Basta con observar que la inmensa frustración y el asombro social generados por el impasse actual son inversamente proporcionales a la satisfacción que experimenta el Estado español al contemplarlos. Y mientras discutimos y sobredimensionamos nuestras diferencias para afear la imagen del otro, el tiempo se escurre y el enemigo refuerza la cerradura de la jaula y robustece los barrotes. No es, pues, reprochándonos la gestión que hemos hecho de la cautividad, como serraremos los barrotes; no es creyéndonos mejores que el independentista de al lado, como seremos fuertes contra el enemigo; no es sintiéndonos superiores al compañero, como nos haremos libres.
La regla de oro se llama unidad, y unas nuevas elecciones en marzo revelarían mucho más que la vergonzosa plasmación de una impotencia; revelarían, sobre todo, que los reproches entre nosotros son en realidad la tapadera del miedo. Cada día que pasa es un día más de cautiverio, y así será mientras los cautivos no comprendamos que para segar los barrotes somos necesarios todos, tanto si nos gustan los jerseys verdes, los amarillos, los azules o los rojos. El cautivo sólo tiene un color: el color del uniforme de cautivo.
EL MÓN








