La sesión que vivió ayer el Parlamento volvió a poner en evidencia la deriva retórica que está tomando la política catalana y el caos que nos espera si no se produce un hecho inesperado. Sólo las escenas que se vieron por la mañana ya hablaban por sí solas. Por un lado vimos a Lluís Llach ejerciendo de diputado del partido del presidente Mas vestido con un gorro de lana y la misma camiseta que David Fernández llevó en la primera sesión de la legislatura pasada.
Por el otro, vimos a Anna Gabriel defendiendo algo tan serio como la ruptura con España vestida con una camiseta feminista que reivindicaba el derecho a decidir sobre el propio cuerpo. También vimos al partido de Coscubiela escondiéndose tras unas pancartas que pedían un referéndum pactado con Madrid que todo el mundo sabe que es inviable. Los diputados del PP sacaron las banderas como si fueran un grupo de hooligans en un campo de fútbol, e Inés Arrimadas aleccionó a la cámara sobre las lágrimas que costó la restauración del Parlamento, como si fuera una veterana de la lucha antifranquista y del catalanismo.
Todo este festival de imposturas y banalizaciones me hace pensar que la libertad de Cataluña y la historia de España todavía son un tabú para nuestros políticos, incluidos los independentistas. Resulta difícil creer que los mismos partidos que fueron incapaces de convertir el 9N en un referéndum vinculante, ahora serán capaces de soportar la presión de realizar una independencia a plazos contra el Estado, mientras discuten qué líder debe presidir el gobierno, cómo se repartirán las consejerías y qué políticas deben aplicarse. Desobedecer al TC para celebrar un referéndum mantendría la base del debate y del conflicto en el campo de la legitimidad democrática y nacional, en el que hasta ahora el independentismo ha tenido la hegemonía. Si Mas propusiera el celebrar un referéndum unilateral para terminar de resolver el resultado de las elecciones del 27 S, los diputados de la CUP lo tendrían muy difícil para no votar su investidura. Ahora bien, en el momento en que, con la excusa de la prohibición española, todo el mundo utiliza el debate sobre la independencia para vender su programa electoral el Carnaval está servido.
Los independentistas ya pueden reírse de Rajoy y sus ministros, porque dicen que la unidad de España es sagrada. Es más fácil entenderse con alguien que piensa así que con partidos independentistas que pretenden resolver los problemas sociales y liberar al país a la vez. Si el independentismo asumiera que la prioridad es la libertad de Cataluña, no se habría puesto la cuerda al cuello aprobando un papel que corre el peligro de dividir a su electorado, dividir a los funcionarios de la Generalitat y convertir cualquier incumplimiento, por pequeño e insignificante que sea, en munición para el Estado español.
A partir de ahora incluso incumplimientos tácitos y consolidados serán un arma política de Madrid para romper el binomio entre soberanía catalana y democracia que las bases del independentismo habían conseguido socializar con unas urnas de cartón y mucho voluntarismo. Por miedo a plantear el enfrentamiento con España en el terreno nacional, los políticos independentistas están contribuyendo a judicializar el proceso y a convertirlo en una carnicería. En los próximos meses, Madrid tendrá muchísimas ocasiones de aplicar la arbitrariedad en nombre de la ley, para ir desgastando el independentismo.
La desobediencia más masiva, más clara y más cohesionada que el independentismo podía articular era la de un referéndum unilateral. El referéndum era la acción constituyente. Esto, claro, pedía determinación política, y lo que se dice una idea esencialista del país, que es la idea de que todos los países tienen de sí mismos. El discurso de Mas y de la CUP nos confirmó ayer que no será así. El programa expuesto por el presidente casi podría ser el programa de Ciudadanos. Si donde dijo Cataluña, Mas hubiera dicho España, le habría salido casi lo mismo ‘todo a cien’, la misma carta oportunista a los reyes que anda vendiendo Albert Rivera. De la CUP y su discurso preintelectual sobre la independencia, los recortes y la corrupción ya no hace falta ni hablar.
David tenía la oportunidad de tumbar a Goliat con un solo golpe de honda y por miedo a enfrentársele de cara ha decidido torturarlo, irlo matando poco a poco. No sé si es una decisión muy inteligente. Josep Pla ya escribió en alguna parte que los catalanes tenemos la manía de poner la cabeza como un tambor a los españoles hasta hacerles perder el oremus. Entre el llamado derecho a decidir y el llamado proceso constituyente, estamos a punto de volver a conseguirlo.
EL MÓN









