Ha llegado la hora del gran pacto

Si la primera mayoría absoluta independentista de la historia del Parlamento no consigue sumar fuerzas para investir un presidente y formar gobierno, se caerá en un ridículo político fenomenal: el ridículo de convertir una victoria impensable sólo hace cinco años en una derrota inexplicable, el ridículo de hacer buenos los pronósticos de todos aquellos que desde Madrid (y Barcelona) no han dejado de vaticinar con indisimuladas ganas de que tarde o temprano el movimiento se partiría, el ridículo de dar la razón a la estrategia del Estado de acoso y demonización del independentismo identificándolo con corrupción e inoperancia.

Si la primera mayoría absoluta independentista del Parlamento no consigue sumar, será un golpe muy duro para una gran masa de gente de buena fe -gente hasta ahora poco polititzada- que se ha apuntado con entusiasmo a esta utopía viable, para unos un viejo ideal ahora realizable y para otros una nueva ilusión. Habrá mucha de esta gente que legítimamente se sentirá decepcionada y volverá a la privacidad, volverá a la desafección hacia la política, al escepticismo hacia el país. Difícilmente entenderá que cuando más cerca estamos de la meta los representantes en que confió lo derrochen absurdamente.

Si la primera mayoría absoluta independentista del Parlamento no consigue sumar, será un regalo inmerecido a la minoría unionista que hasta ahora ha sido incapaz de ofrecer un proyecto alternativo, una tercera vía -valga la redundancia- viable. Un unionismo que sólo ha jugado a la contra, a la no política, y que por ello no ha hecho sino cultivar derrotas electorales.

Si la primera mayoría absoluta independentista del Parlamento no consigue sumar, podemos encontrarnos perfectamente el 20-D con una victoria en Cataluña de un partido, Ciudadanos, nacido y crecido en el anticatalanismo, el cual ha usado de plataforma para dar el salto a España. Francamente, sería una paradoja lamentable que se produjera un desfase tan abismal entre los resultados del 27-S y los del 20-D. Y sin duda dejaría muy tocado el relato y la moral independentistas.

Si la primera mayoría absoluta independentista del Parlamento no consigue sumar, seguiremos con un ejecutivo en funciones, débil, que no podrá aplicar el programa democráticamente regenerador y socialmente comprometido que han prometido tanto JxSí como la CUP, y que aún menos podrá llevar adelante el proceso hacia el Estado propio ni hacer frente a los embates económicos y judiciales que vengan de los aparatos del Estado, ni a la presión mediática, que es y será arrolladora.

Si la primera mayoría absoluta independentista del Parlamento no consigue sumar, el mensaje que se lanzará a la comunidad internacional será de incapacidad y división. La misma prensa mundial que, a diferencia de la española, reconoció sin tapujos la incontestable victoria del 27-S, ahora la dará por enterrada. Y también esta vez tendrán razón.

Si la primera mayoría absoluta independentista del Parlamento no consigue sumar, quienes sean identificados como principales responsables del fracaso -sea más o menos justa esta identificación- quedarán marcados para siempre y su proyecto político difícilmente volverá a levantar la cabeza durante varias décadas. Por tanto, no sólo harán tambalear el proceso, sino que también se dinamitarán a sí mismos. La política es muy cruel. A veces un error de percepción puede echar por tierra años de trabajo: más allá del propio electorado, del propio núcleo ideológico, hay que entender el pulso general del movimiento.

Ahora es la hora de la verdad, la hora del gran pacto de la transición nacional catalana hacia el Estado propio.

ARA