Los ideales enciclopedistas que surgieron a un lado u otro del Atlántico eligieron una nueva forma de género literario donde poder volcar sus anhelos mediante la apología de civilizaciones arcanas donde un «buen salvaje» perteneciente a una cultura más tolerante expusiese las virtudes de su forma de vida. Al establecerse la comparación, la sociedad europea no solo quedaba despojada de su superioridad, sino que quedaba refrendada en la mente del lector la ideas que la sociedad confesional europea era obsoleta. Los buenos «incas, hurones o mandarines» nos mostraban una vida cotidiana impregnada de los valores de tolerancia, respeto y concivencia con el orden natural. Las monarquías del altar y del trono, todo lo contrario, reflejaban, mediante la comparación, los vicios inherentes a una cultura corrompida por el despotismo y la ausencia de la capacidad de la persona para escoger en libertad. Además, el escritor ligado a los ideales ilustrados del siglo de las luces, en caso de conflicto con el santo oficio, podía argüir que no era su opinión, sino que el viaje o la novela no hacían mas que recoger las costumbres de los aborígenes. Era el único modo de fustigar la falta de libertades en una sociedad asentada en principios de autoridad coercitivos. Se ponía en labios de otros los anhelos de fratenidad de “messieurs” los enciclopedistas. De esta manera, los «philosophes» ilustrados de despachaban a gusto contra los principios de autoridad que imperaban en la Europa de “L’ancien régime”. Siempre tratando de evitar, por supuesto, que la censura no sospechase que los sabios confucianos o los incas de las culturas precolombinas, no fuesen una imaginaria tramoya donde se escondían los propios filósofos, con la intención de recrearse en la descalificación los principios tradicionales. Esto lo hacía Montesquieu en sus Cartas Persas. O en sus Cartas inglesas Voltaire. Escribir libros en forma de cartas, donde se propugna la indiferencia ante los dogmas, entendidos como principios sociológicos que creo una generación y no como verdades pre-ideológicas venidas desde la noche de los tiempos.
Los indígenas que poblaban esas arcadias imaginarias eran muy dignos en su tolerancia y cultos en su afán de libertad, pues describían un mundo más libre, del cuál tendrían que aprender las cortes europeas. ¿Pero que le sucedía al escritor si la censura descubría que ese “buen salvaje” corrompido por la sociedad mojigata de la metrópoli no hacía más que decir lo que le dictaba el filósofo? Había que inventar otra alternativas. Se imaginaban una civilización sin dogmas en lugares o islas ficticias. O se redactaban libros de viajes a países exóticos donde todo se relativizaba, como en los «Viajes de Gulliver». Intentaban introducir sus postulados futuros de fraternidad y racionalismo mediante “libros de viajes” donde se encontraban amables culturas no tan autoritarias como las regidas por las monarquías absolutas y el barroco, ese arte impositivo que no deja transpirar a la dudas y que trata de hacer saber al que lo contempla que a la persona debe someterse a lo que le impone.
La intelectualidad criolla quedó contenta con la comparación. Lógicamente, si sus culturas eran el emporio de la tolerancia cantada por los enciclopedistas europeos, las élites autóctonas de las Américas empezaron a contemplar la conveniencia de secesionarse de una sociedad corrompida por los principios autoritarios. La «Carta a los españoles americanos» de Juan Pablo Viscardo y Guzmán refleja este juego de espejos. Los europeos ensalzan otras culturas menos intolerantes; los criollos, adoptan el credo ilustrado, mediante la lectura de esos libros que son llevados en barco a las bibliotecas de los hacendados. Son los «navíos de la ilustración» recreados por Ramón de Basterra. La tercera consecuencia es la emancipación de las Américas. Pero, esas ideas, retornan a Europa en las mochilas de los excombatientes europeos que han ayudado a las trece colonias a independizarse del Reino Unido. Lafayette es unos de esos internacionalistas. Será la figura clave del partido patriota en 1789.
Y es que la revolución francesa de 1789 no es un acontecimiento aislado. Los pensadores ilustrados, los patriotas de George Washington durante la revolución norteamericana de 1776 a 1783 o los emancipadores de Iberoamérica beben en un mismo manantial. Es la consecuencia de los ideales ilustrados que como en un juego de espejos se reflejan mutuamente y en el cual cada intuición reverbera en el otro, imbuidos de la tradición republicana graco-latina. Javier Mina fue una de las personas impregnadas de esta sabiduría. El patriota navarro conoce en la prisión de Vincennes al general Víctor Lahorie.
Este le educa en la tradición republicana. Junto a las lecturas de Rousseau o Diderot, el general opuesto a Napoleón le imbuye de los pensadores del clasicismo helenístico y romano. Sus autores preferidos son Salustio, Virgilio u Horacio, quiénes personifican los valores austeros y cívicos de la república romana, opuesta al despotismo de los césares. Discipulado, el de Javier Mina, que se vincularía al de Víctor Hugo. Lahorie era la amistad perpetúa de Sophie Trebouchet, casada con Joseph Hugo. Su hijo Víctor Hugo no se vinculó afectivamente con el general bonapartista. En Lahorie, el escritor universal encontró un inspirador.
Lahorie inculcó en Victor Hugo un evangelio basado en la libertad y la dignidad insoslayable de la persona. La historiografía hugista rememora que el pequeño le escuchaba recogido en su regazo la apelación a la libertad en la historia clásica, mientras le recordaba que Roma, desconectada de su herencia republicana, jamás hubiese legislado en derecho. ¿Oyó Mina esas palabras?
Sabemos que la educación de Mina en prisión se centró en la historia de la antigüedad, de la que Lahorie era un admiraror. El historiador Darrin McMahon estima que hubo un nexo entre las ideas ilustradas británicas, «the enlightement», y la constitución jeffersoniana basada en la libertad de comercio, de creencias y de culto, adosada a los valores promoteicos del derecho a al felicidad. El mundo habían dejado de ser una valle de lágrimas. Es la tradición constitucional de las democracia anglosajona, inquieta ante una justicia arbitraria, de la misma manera que saturados de la ideologización de una religión coercitiva, frente a la cuál los colonos norteamericanos han extraído su propia conclusión. La sociedad se enraíza en unos valores cristianos del corazón, donde encuentran amparo la felicidad y la igualdad; sin embargo, el estado guarda la imparcialidad, no es confesional, y vigila para que no se transgreda el derecho de cada persona a personalizar su relación con Dios como desee. En definitiva, el Estado tiene la educada actitud de no meterse en la forma en que los ciudadanos se relacionan con su mesías.
Mina bebió de los ideales de la ilustración francesa, cuyas «lumières» eran diferentes a las anglosajonas. Pero recordemos el juego de espejos. Esos ideales los recoge la burguesía criolla y jeffersoniana. Y los vuelven a traer, encarnados en instituciones, europeos como Lafayette o Saint-Simon. La tradición liberal de los libertadores iberoaméricanos procedía de los textos franceses. Pero entre O’Higgins, Bolívar, Miranda o San Martín había divergencias, las cuáles iban desde sus preferencias por una monarquía constitucional hasta el «liberalismo doctrinal» basado en un sufragio universal que se cimentaba en el sufragio censitario – solo poseen derecho al voto la inteligencia del dinero y de la cultura – o en un darwinismo social que impedía mediante la ley Chapelier el asociacionismo obrero.
Queda por matizar la influencia de la tradición democrática y republicana estadounidense surgida tras la emancipación en el liberalismo europeo. Pero esa radical vivencia de la libertad que le inculca un general no-bonapartista rezuma esa atmósfera ambiental de la cultura republicana greco-latina que se vivió entre los emancipadores norteamericanos. Javier Mina siempre suscribiría su relación epistolar con esos conceptos de Paz y Libertad. ¿Quién diría que aquel joven idealista se vería inmerso algún día en ese proceso que especialistas calificaron de revolución Atlántica?
Mina, desconocido en Navarra en favor de su tío, de cuya crueldad ante la población civil de Castellfullit o Lekarotz se avergonzaba el propio Javier, fue uno de esos emancipadores de aquellas revoluciones universales que ese iniciaron en 1776, 1789 y 1820 hasta dilatarse hasta los procesos de 1830 y 1848. Es un libertador para los mexicanos, como lo fue también otro paisano de Mina, el «emperador» mexicano Agustín de Itúrbide. La revolución atlántica, como la denomino Joseph Bernave, tampoco dejo de ser pirenaica.
Mina, en el final de su campaña mexicana, se refugió con Pedro Moreno en el rancho «El venadito». Mina, prisionero, es fusilado el 11 de noviembre de 1817 en cerro del Borrego, muy cerca de la ciudad de Pénjamo.
En este día, unos investigadores mexicanos homenajearan al fallecido en el 198 aniversario de su fusilamiento, justo en la columna de la independencia. Quién conozca los murales de tipo indigenista tan característicos de los lienzos de Diego Rivera, podrá valorar la importancia de este emancipador, a incluir entre lo que la historiografía peruana denominó pro-mártires de la Emancipación.









