Si España tuviera un mínimo de dignidad ya haría años que habría borrado el 12 de octubre como fecha festiva de su calendario. Produce nauseas que en pleno siglo XXI, un Estado se precie de haber invadido unas tierras de ultramar en el siglo XV y de haber impuesto su lengua y sus leyes a sangre y fuego, como si los hombres y las mujeres que vivían no tuvieran su propia lengua y sus propias leyes. «Eran salvajes», nos dicen. «Era gente que estaba por civilizar. Sólo eran indios. Sólo eso. Es decir, como una mosca».
Y mira por dónde, España hizo que los indios-mosca, por fin, pudieran comunicarse como seres humanos y sentirse culpables de los terribles pecados de la carne que cometían. Hubo mano de hierro, eso sí, porque eran desobedientes como un demonio y tercos como una mula, y no entendían que las leyes de Castilla y la palabra de Dios son una misma cosa. Esto hizo necesario exterminar unos cuantos miles, mira lo que hicimos, pero ya hemos dicho que el hecho es irrelevante porque sólo eran indios-mosca. Tan fáciles de aplastar como una mosca. Estos indios-mosca, con el paso del tiempo, serían conocidos también como argentinos, chilenos, peruanos, mexicanos, bolivianos, colombianos, uruguayos, ecuatorianos… y se convertirían en miembros de pleno derecho de las Naciones Unidas, pero ésta ya es otra historia.
Así es como, sin una brizna de vergüenza y con toneladas de chulería, España continúa celebrando el 12 de octubre -día de la Hispanidad o día de la Raza- como su Fiesta Nacional. Y bien mirado no es extraño, dado que si a la tortura de animales en las plazas de toros, también la llaman Fiesta Nacional, ¿por qué deberían avergonzarse de haber masacrado medio continente americano y de haber aniquilado pueblos, culturas y lenguas? Si en aquel caso se pretendía que los indios-mosca pensaran y hablaran como un herrero de Toledo, en el caso de la tauromaquia se trata de demostrar que un toro es un ser inferior a un torero, lo que llama la atención, ya que dice muy poco de un Estado que mide su inteligencia a partir de la inteligencia de un toro, que es la misma que la de un canario.
Quizás alguien se preguntará cómo es posible que, transcurridos más de cinco siglos, España aún no haya pedido perdón por aquella matanza. Pero basta recordar que estamos hablando del mismo Estado que no ha pedido perdón por haber asesinado al presidente catalán Lluís Companys, que se niega a anular el juicio sumarísimo que se le hizo, que se niega a devolver a la familia la documentación relacionada con su persona y que se niega a condenar el franquismo. Y si a esto le añadimos la condecoración de nazis, el 11 de mayo de 2013, no hay motivo para la sorpresa.
Todo concuerda. Por lo menos, hay que reconocer que el Estado español, ‘impasible el ademán’, es un Estado con criterio. Y fiel a este criterio, cada 12 de octubre celebra un acto en la plaza de Colón, de Madrid, y un desfile militar por el paseo de la Castellana festejando con todo ello que la aniquilación de pueblos, culturas y lenguas en América significó, en palabras textuales del gobierno español y de su ministerio de Defensa, la «configuración del Estado moderno». ¿Se entiende, claro está, que lo celebren con hombres armados hasta los dientes? Celebran la victoria militar sobre los indios-mosca.
De acuerdo con esto, también se entiende que consideren una insumisión que el presidente Mas permitiera que el pueblo de Cataluña votara el 9 de noviembre pasado y que, poniéndole una querella criminal, lo hayan citado a declarar el 15 de octubre, el mismo día del 75 aniversario del fusilamiento del presidente Companys. Asesinaron a Companys, porque querían humillar a Cataluña, y ahora quieren juzgar a Mas, porque la quieren volver a humillar. Pero no humilla quien quiere. Ignoro si el presidente Mas leerá este artículo, pero le pido desde aquí que se niegue a declarar en otra lengua distinta de la lengua catalana. Es una cuestión de dignidad.
EL MON








