Aprender de los países que nos han precedido en la consecución de un Estado independiente puede ser útil para fortalecer nuestro camino hacia la independencia. Creo que nos puede beneficiar el hecho de saber qué pasó hace cien años en Irlanda , por ejemplo, preguntando si había grupos soberanistas que se negaran a colaborar entre sí para alcanzar un Estado propio, cuáles fueron los auténticos motores del anhelo de separación con el Reino Unido o si hubo disputa entre los del «eje social» y los del «eje nacional» como aquí.
Una primera constatación del caso irlandés es la ausencia de un síndrome «Proceso sí, pero sin Mas», como la que sufrimos aquí. Habría que hacer ver a más de uno que no hay nada más revolucionario que el logro de un Estado independiente. El hecho de ir contra las consignas del Puente Aéreo, de la banca, del bloque PP-PSOE-C’S, de la Zarzuela o del conservador statu quo internacional, es infinitamente más superador que defender a Botín o la candidatura de De Guindos para la presidencia del Eurogrupo. En todo caso, habría que pedir a los más puros si querer crear un Estado contando con el presidente Mas es más «odioso» que querer continuar compartiendo uno con Rajoy, Felipe VI y Bono. Además, proclamó -como lo hacen Iglesias, Iceta o SCC- que un presidente encausado como Artur Mas sólo quiere la independencia «por intereses partidistas», además de miserable, obvia el hecho de que CDC ha tenido que hacer muchos sacrificios para abrazar el independentismo.
En este aspecto es refrescante recordar el caso de James Connolly. Este heroico sindicalista escocés, admirado por Lenin, no tuvo ninguna duda a la hora de integrarse al movimiento por una Irlanda independiente. Hoy nuestros Herreras y Dante Fachini sin duda le considerarían demasiado «burgués» o divisionista. En este aspecto, sorprende ver hoy que Ada Colau se haya negado a considerar la Asamblea Nacional Catalana como «movimiento popular» cuando ésta ha sido capaz de hacer las movilizaciones más grandes de la historia de Cataluña, maravillando al mundo entero. ¿Cómo podemos descalificar un movimiento tan transversal y masivamente seguido como la ANC, que, sin excluir a nadie, claramente pretende cambiar las bases jurídicas, sociales, económicas y culturales de toda una sociedad, y satisfacer así el anhelo histórico de todo un país?
Otra lección que emerge del caso irlandés -y de tantas luchas por la independencia más- es que para crear un nuevo Estado, tenemos que convencer a la parte menos entusiasta de la sociedad de una ineludible verdad: los grandes males requieren grandes remedios. Hay que insistir en apuntar el agotamiento total del ciclo autonómico. Hay que recordar a la gente que el bloqueo permanente que realiza el sistema político español al autogobierno catalán, hace imposible que resolvamos los graves problemas que afectan a nuestra sociedad. En la Barcelona de Ada Colau, los desahucios se continuarán perpetrando (en toda Cataluña ya llevamos 8000 este año) porque no es un problema de activismo, ni de política municipal, sino de un marco constitucional. Un marco que, seamos sinceros, los herederos de Rajoy, Chacón y Rivera, tienen visos de nunca dejar cambiar.
En esto es útil recordar como en Irlanda, precisamente, fue la lucha contra los desahucios lo que aglutinó el movimiento independentista del XIX cuando las terribles «evictions» eran la primera lacra del país. El primer teórico del independentismo catalán, Josep Roca y Ferreras, insistía siempre que esa política era lo que había hecho triunfar a Charles Parnell en las elecciones de 1886.
Un tercer punto, que requiere aclaración hoy, es la vital necesidad que tenemos de un nuevo Estado independiente catalán -y no el que tenemos en contra hoy- si queremos cambiar a fondo las estructuras económicas surgidas del franquismo descritas en el reciente libro de Lucas Salellas, ‘El franquismo que no se marcha’. Es de tontos pensar que Cataluña alcanzará los vitales avances que necesita en los campos de la financiación, la vivienda, la salud y las libertades públicas, sin contar con un Estado independiente y el Proceso Constituyente que conllevará. Sobre todo cuando, más allá de las reformas que nos dicen que está elaborando la señora Ubasart, ya se nos muestra, desde Podemos, que no hay ninguna intención profunda de cambiar la cultura de la teta, los privilegios de la realeza, el ‘ ordeno y mando catalanofóbico y el centralismo -consubstancial al hecho español- que hace siglos que caracteriza España y atenaza a Cataluña.
Si en su día los líderes irlandeses como Collins, Connolly o MacSwiney (que Diplocat homenajeó el 10 de junio en Cork en presencia de la hija de Carrasco i Formiguera) hubieran aplazado la consecución de un Estado para Irlanda, con la esperanza de pescar mejoras sociales de Westminster, este país seguramente seguiría dentro del Reino Unido, supeditado a los planes económicos de Londres y en un marco carente de soberanía y capacidad de decisión real como el que sufrimos nosotros hoy.
Hoy, si hiciéramos como propone la izquierda «alternativa» -pero autonomista- y guardáramos el cajón del eje nacional, daríamos continuidad a un marco que paraliza letalmente el avance social y económico de Cataluña y que impide que implementemos vitales medidas contra la pobreza energética o a favor del impuesto a los depósitos bancarios. Para no seguir con «la misma zanahoria que ya hemos mordisqueado demasiadas veces» -como lo describe Antoni Bassas- hay que hacer como preconiza la CUP, y dar prioridad a un proceso de independencia que es la única garantía para que podamos decidir qué tipo de sociedad tendremos. Como concluye Bassas, sin el poder que sólo nos dará la independencia, nunca tendremos capacidad legal, ni dinero, para atender las necesidades sociales. Y quien desde la izquierda no lo ve, habría que pedirle -con educación- dónde coño han sido estos últimos diez años.
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