Supongamos que en un par de semanas se localiza una inmensa bolsa de petróleo o una mina de oro de proporciones inauditas en algún lugar de la geografía catalana. Supongamos que todo se hace como Dios manda -y como la ley disponía y, en consecuencia, la explotación de esa riqueza revierte positivamente en el conjunto de la población, no sólo en los titulares de la concesión, que siempre es pública. Siguiendo con la hipótesis -no se trata de un razonamiento contrafactual: es un hecho posible-, imaginemos ahora que en el plazo de un par de años la renta per cápita de los catalanes se incrementa un 20% de forma directa, pero también indirectamente al convertirse en casi gratuitos determinados servicios básicos relacionados con la energía. Todo ello animaría el consumo, etc. Puestos a seguir fantaseando, supongamos también que a medio plazo el cambio nos lleva a una situación económica como la de Noruega, donde la clave del bienestar reside justamente en los grandes yacimientos petrolíferos que se empezaron a explotar a partir de 1969. Cito el país escandinavo para subrayar de nuevo que no estamos planteando ningún cuento de hadas, sino una realidad posible.
Pues bien, en un escenario de este tipo, ¿qué expectativas electorales tendrían los nuevos populismos que ha hecho aflorar la crisis? Pienso que la pregunta es pertinente en la medida en que ahora muchos insinúan -o afirman- que se ha producido un cambio sustancial de valores políticos, una transformación ideológica profunda, un gran giro, etc. ¿Es realmente así? Estoy convencido de que no, y en caso contrario me preocuparía mucho: el hecho de que en muchos lugares se haya pasado de repente de una mayoría absoluta del PP a corporaciones municipales con gente de extrema izquierda reflejaría demasiado crudamente una volubilidad casi irracional. Prefiero pensar, pues, que la explicación es otra: una respuesta coyuntural a una situación sin precedentes, la de la crisis económica que comenzó en 2008. Una vez atravesado el pedregal, esta actitud reactiva que ahora parece tan articulada y militante perderá probablemente su sentido.
No sé si es poco o muy probable que encontremos una mina de oro o un yacimiento de petróleo. Diría que más bien poco, por desgracia. Sí parece razonable pensar, en cambio, que los escandalosos índices de paro, los contratos precarios o las quiebras de empresas se irán corrigiendo positivamente. De hecho, aunque el número de parados sigue siendo intolerable, se está mostrando una tendencia esperanzadora que sería ridículo negar. Esto no es lo mismo que tropezar con una mina de oro, ciertamente, pero implica una tímida -y supongo que lenta- recomposición económica de las clases medias y populares. En el País Valenciano o Baleares mucha de esta gente hace sólo cuatro días que votaban al PP. De hecho, eran la mayoría. Bueno, para ser aún más exactos, la mayoría absoluta… y durante años. ¿Alguien cree realmente que su ideología ha experimentado una transformación tan radical en cuestión de meses? Me parecería muy extraño. Es más razonable pensar, pues, en una actitud reactiva, coyuntural y, probablemente, con poco recorrido.
Al contraponer simétricamente «el eje nacional» con «el eje social» se olvida la hipótesis (por supuesto metafórica) de la mina de oro. La gente puede pasar de votar la derecha a apostar por la extrema izquierda en cuestión de semanas, pero los sentimientos de adscripción nacional (u otros, como los religiosos) suelen ser mucho más estables -cambiantes, como todas las cosas humanas, sin duda, pero mucho más sólidos que otros referentes-. Con minas de oro o sin ellas, la gente se siente catalana, o neozelandesa, o italiana -o musulmana, o católica, o judía- de una manera, en general, duradera. Por lo tanto, toda esta fraseología de los «ejes», que siempre me ha parecido una simplificación, parte de una más que dudosa equiparación de cosas que son muy diferentes. Es probable que dentro de un tiempo, espero que corto, de desahucios se hable mucho menos porque, si todo va bien, el problema ya no presentará la misma virulencia de los últimos años. Me cuesta imaginar, sin embargo, que las inquietudes nacionales -no sólo la catalana- se diluyan de repente, por arte de magia. Las cuestiones sociales concretas que se debatían hace un siglo, en 1915, tienen poco o nada que ver con las actuales. En cambio, la cuestión de fondo de las «estructuras de Estado» en tiempos de la Mancomunidad de Prat de la Riba y la que se plantea hoy es sustancialmente la misma. Quien el día 27 de septiembre sea incapaz de entender la diferencia entre estas cuestiones y las otras puede cometer un gran error que, en este caso, afectará las generaciones futuras.
ARA








