Volvamos a desbrozar

La Alianza por la República Catalana de ERC, la candidatura que propondrá la CUP y la lista civil o constituyente que el presidente Mas ha ofrecido de coliderar con la ANC, Òmnium y la AMI son los instrumentos que hasta el 27-S nos deben permitir desbrozar el camino enfrascado que describía la semana pasada. Y, para ir avanzando, propongo unas breves reflexiones.

PRIMERA. Las grandes decisiones siempre obligan a dejar en suspenso las dudas. No es que queden resueltas, pero hay que sobreponerse a ellas si no se quiere que paralicen. Elegir unos estudios o un trabajo significa renunciar a otra carrera u otro oficio. Y bien: el catalanismo político ahora está ante una gran decisión que, sin tener que recurrir al autoengaño de las seguridades absolutas y aceptando los riesgos, debe decantarse por un sí o un no.

SEGUNDA. El análisis crítico de la política tiene todo el derecho -y el deber- de valorar las circunstancias y el acierto de las decisiones de los actores políticos. Y puede especular sobre si habría sido mejor hacerlo de otro modo. Pero la acción práctica no puede estar permanentemente discutiendo y revisando las decisiones. Finalmente, se ha de avanzar con las herramientas disponibles, no con las idealmente deseables.

TERCERA. Los que apuestan por la independencia, a pesar de la posibilidad de la derrota, tienen prisa para saber si hay una mayoría suficiente de ciudadanos que la apoyan. En cambio, los catalanistas que no la quieren hacen todo lo posible para que la decisión se aplace hasta quién sabe cuándo. El argumento a favor de mantener una mayoría lo más amplia posible por el derecho a decidir, cuando ya ha llegado la hora de decidir, se ha convertido en una trampa. A derecha y a izquierda.

CUARTA. Esta asimetría de posiciones tiene que ver -entre otras cosas- con el hecho de que los favorables a la independencia, además de conveniente, la ven posible. En cambio, los que no la quieren, al margen de si convendría, la consideran condenada al fracaso. Por eso los primeros tienen argumentos en positivo, mientras que los segundos se limitan a amenazar con los riesgos: la división social, el incumplimiento de la ley, el no reconocimiento internacional, la salida de Europa, etc.

QUINTA. Todavía hay quien insiste, desde la izquierda, en calificar de indecisos a quienes tienen actitudes que, cuando las tiene la derecha, son calificadas de ambiguas y que justifican todo tipo de desconfianzas. Esta actitud condescendiente se explica más por las incomodidades que se crean por la división entre compañeros de viaje ideológicos que por las posibilidades objetivas de «seducirlos», un término que incluso encuentro ofensivo.

SEXTA. El catalanismo en sentido amplio no se divide sólo por su posición favorable o no a la independencia. Desde 1980, el Parlamento de Cataluña, siempre ha representado entre el 75 y el 90 por ciento de los votantes, con una gran variedad de ofertas. Pero es cierto que el tránsito desde la autonomía a la expectativa de independencia que se jugará el 27-S está forzando nuevas alianzas, divisiones y competencias. Son los prolegómenos de lo que acabará siendo el nuevo mapa político postautonómico.

Y SÉPTIMA. Las opciones a favor de la independencia no se han organizado en torno a un mismo eje derecha-izquierda, y esto crea incomodidades. Las tres listas responderán a ejes y estrategias divergentes. Constituyen, pues, una mala tipología, con espacios superpuestos que pueden entrar en conflicto. ¡Qué le vamos a hacer! Esto no tiene solución. Pero hay que asegurar: a) que no dejen ningún espacio desatendido; b) que donde haya superposición sean generosos, y c) que compitan en todo lo que quieran menos en poner en cuestión la firmeza de los adversarios en su compromiso con la independencia. Todos los gestos para ser creíbles ya se han hecho. Que no se pierda más tiempo pidiendo certificados de autenticidad.

ARA