Los primeros pasos de Colau no son muy prometedores. Si lo más urgente que tienen que hacer cuando llegan al poder es reclamar el retorno de la deuda de la Generalitat con el ayuntamiento es que quizá no acabé de entender su programa social. Porque ese dinero que el ayuntamiento ha dejado al gobierno de Cataluña sirve para pagar los medicamentos y más servicios sociales que benefician al conjunto de la población. En cualquier caso, me acojo con esperanza a la reflexión que hacía el martes Marta Rojals en su mail abierto: varios meses tratando de gobernar con recursos limitados y expoliados por Madrid convencen más de la urgencia y la necesidad de un Estado propio para en Cataluña que diez mil voces gritando independencia.
Batalla de Barcelona a parte, las elecciones del domingo han reforzado el independentismo. Y lo han hecho sin muchos matices. Es cierto que hay zonas del país que aún son demasiado impermeables a la llamada a la aventura independentista. Pero la mayoría que dibujan los resultados es sólida y puede serlo aún más el 27 de septiembre. Ahora, los buenos resultados del soberanismo y los malos resultados del unionismo no deben hacer que nos relajemos estos cuatro meses trepidantes que vienen. CiU ha caído menos de lo que podía haber caído por la factura del caso Pujol y la responsabilidad de gobierno en un momento de crisis. ERC ha comenzado a penetrar en el área metropolitana. Y la CUP crece con fuerza y sabe abrir hueco en todo el país. Y sin embargo no hay nada ganado. Vamos por buen camino, pero hay que asegurar unas cuantas cosas.
Ayer Xavier Sala i Martí hablaba de la necesidad de templar y excitar para movilizar electoralmente el independentismo social. Aceptando los buenos resultados del soberanismo, contraponía la capacidad de animar y seducir que había tenido Ada Colau y Barcelona en Común al discurso aburrido y tibio de los partidos independentistas. ‘Hay que hacer templar y excitar’, decía Sala i Martí. Con otras palabras, habíamos hablado unas semanas atrás en esta columna. No basta tener la lista de razones más larga de todas. No basta tener toda la razón del mundo. Hay que saber transmitir el deseo, el anhelo, la esperanza y el sueño de hacer un país mejor. Hay que saber transmitir que el único cambio real de la situación horrible que vivimos es la independencia. Y para ello, hay que transmitir confianza. Todo lo contrario de lo que ocurre con las batallas de partidos que, cuanto más nos acercamos al 27-S, más fuertes serán.
Además, las elecciones han dado grandes alegrías a los que sabemos dónde empieza y dónde termina nuestro país. La necesidad de tumbar los gobiernos ultraespañolistas del País Valenciano y las Islas era tan grande como la independencia para los habitantes de Cataluña. Ahora sólo hay que esperar que los partidos soberanistas como Más y Compromiso puedan tener un papel determinante en los nuevos gobiernos obligatoriamente plurales de izquierdas. Y también espero que las nuevas arquitecturas institucionales balear y valenciana hagan perder esta voluntad estúpida de muchos principatinos de desconocer la realidad social, cultural y lingüística de toda la nación. Del resultado de las Islas y del País Valenciano, me alegro principalmente por los ciudadanos que han tenido que luchar en condiciones mucho más difíciles que los que vivimos en el Principado, pero también espero un cambio de mentalidad de los independentistas que no saben cuál es su país.
Con todo, queda claro que estas elecciones han sido positivas a grandes rasgos porque han demostrado que el independentismo se consolida y que la voluntad de cambio ha podido más que la sociedad narcotizada y corrupta en las Islas y el País Valenciano. También hay cosas que pienso que dificultan el camino hacia el 27-S y, sobre todo, la gestión posterior del veredicto popular, si es favorable a la independencia. Pero el riesgo más grande y más inmediato es ahora esta incapacidad de hacer templar y excitar por culpa de batallas de interés exclusivamente partidista. Si antes del 27-S la gente de Pablo Iglesias en Cataluña sabe construir una opción a imagen y semejanza de lo que ha pasado en Barcelona, las posibilidades de un resultado claro sobre la independencia se verán sacudidas. Esperemos que los máximos responsables de los partidos soberanistas entiendan que luchando entre ellos quizás algunos conseguirán unos cuantos votos más, pero el independentismo no será atractivo y no crecerá como debe hacerlo el 27-S. Venga, va. Que no hay nada más seductor que la generosidad.
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