He dicho que Cataluña es muchos países en uno solo. O, si se quiere, que es un territorio políticamente tanto o más heterogéneo que su paisaje físico y humano. Y no hablo de si hay pocos o muchos partidos y de la diversidad de colores del mapa de las composiciones electorales. La territorialización del voto en una superficie plana, por infografías ingeniosas que se hagan, es engoaos. Cataluña son muchos países en uno solo en el sentido de que, según la perspectiva que se adopte, la realidad observada es muy diversa. Casi caleidoscópica. Y todas son ciertas. En definitiva, son muchos mapas definiendo unas redes de relaciones que desbordan las superficies planas. E incluso a veces parece que Cataluña se resista a tener ningún mapa.
Dicho de otra manera: si habitualmente se hablaba de los dos ejes que movían y explicaban el voto, últimamente se han añadido muchos más. Y como son ejes superpuestos, se confunden. Además, no son reducibles, como hasta ahora, en un eje de ordenadas y uno de abscisas, porque son esos que no se pueden dibujar con una línea recta, ni cuantificar de 0 a 10. Al eje de derecha a izquierda, que ahora pierde definición, siempre se alada el nacional. Pues bien: ahora hay que sumar el eje soberanista, que no es exactamente lo mismo, y que desdibuja el nacional, llamado también catalanista. Las sumas no son las mismas. Y entonces hay un eje que quiere diferenciar lo viejo de lo nuevo, los «de siempre» de los que tienen que echar a los primeros, una perspectiva que permite hacer sumas muy diferentes de todas las anteriores. Y sí, también hay ejes consolidados que diferencian las realidades metropolitanas de las comarcales, o los que dividen al electorado por el canal de televisión que ven, ahora que hay ofertas de naturaleza fundamentalmente mediática. O, sobre todo, esos sutiles que marcan distancias entre quienes han pagado el precio más alto de la crisis -envalentonados precisamente ahora, cuando las expectativas de mejora hacen que pierdan el miedo a empeorar- y los que lo han podido capear bien o incluso han sacado provecho. Es el eje de la desigualdad que saca pecho cuando fracasa la promesa de una clase media, antes razonablemente satisfecha y confiada, ahora irritada y decepcionada.
Somos muchos países en uno por no tener un Estado propio que nos cohesione; divididos por vínculos emocionales confusos; indignados por la disociación entre la capacidad para crear riqueza y las estrecheces impuestas por un sistema fiscal depredador; desconfiados por la desmoralización provocada por la corrupción política; con una sociedad civil que se fía poco de las instituciones… En definitiva, somos una sociedad inestable, inmersa en un proceso de transformación profunda, signo de unos tiempos con los que, probablemente, tendremos que aprender a vivir para siempre.
ARA








