Cataluña vive una agonía, algo quiere nacer pero evidentemente también algo ya se ha muerto. Los poderes del Estado madrileño mantienen su estrategia y miran de reojo, pero con suficiencia calculada y con sorna, una sociedad catalana que está sufriendo. Un proceso político como el catalán crea angustia tanto a los que quieren ganar algo nuevo como a los que sienten perder algo fundamental: el país en el que vivieron.
Tal y como han evolucionado la sociedad catalana y el arco de la democracia española desde su fundación hasta la fecha, lo cierto es que Cataluña se ha quedado sin lugar dentro de España. El último intento sincero lo hizo Rodríguez Zapatero, fracasó y pasó a formar parte de un pasado que nadie reivindica y que, es sintomático, parece que ni siquiera nadie recuerde. Si hay quien lo añora, lo hace en silencio. Pero la sociedad catalana también se ha escindido en dos partes que sueñan diferente.
Pienso en cosas que existieron y que hoy no encontrarían sitio. El PSUC, por ejemplo, fue una garantía de la existencia de Cataluña, lo que luego heredó el PSC. ¿Dónde va ese espacio social que unía catalanismo ilustrado y reforma social, aparentemente sin conflicto interno? Hubo una época en que intelectuales y figuras de la cultura catalana tenían presencia en España, pero eso ya es muy lejano. ¿Manuel Vázquez Montalbán, por ejemplo, qué equilibrios debería hacer ante estos dilemas? Hace unos quince años, en la segunda legislatura de Aznar, aparecieron las primeras grietas, y luego se abrió la tierra y se tragó lo que era la centralidad, desapareció un catalanismo amplio y difuso. El único catalanismo existente hoy tiene consecuencia política; el resto, se quiera o no, se convirtió en españolismo, y eso también tiene consecuencia política. Los catalanes tienen en su interior un dilema, se ven obligados a optar y no pueden evitar tomar posición.
Cataluña, les guste o no a los dirigentes a los que correspondió dirigir este proceso histórico, es hoy un sujeto político, y eso no tiene vuelta atrás, no será ya una «comunidad autónoma más». Tras una serie de pruebas, está ejerciendo su libertad como país, su autodeterminación. Y, contra la propaganda contraria, no es el delirio de unos cuantos políticos iluminados sino una voluntad cívica muy extensa. Y envidiable y ejemplar, por cierto. Precisamente por ser un movimiento cívico y no un simple cálculo partidista es un proceso muy vulnerable. Su derrota supondría un daño incalculable, sería el fracaso de los sectores más activos de la sociedad.
Es una realidad que la sociedad catalana mayoritariamente quiere decidir su futuro libremente y que el gobierno y los poderes del Estado se lo impiden por todos los medios y de todos modos. El punto al que han llegado aquí las cosas no se trata simplemente de elegir entre varias opciones, sino que Cataluña afronta una batalla democrática y, con sus matices, sólo hay dos opciones. Los soberanistas pudieron plantear estas elecciones y las próximas como una batalla, y se puede estar de acuerdo o en desacuerdo con esta estrategia, pero la batalla política será ésta; delante, todos los poderes del Estado los están combatiendo y lo seguirán haciendo en los próximos meses. Pienso en el doloroso dilema de muchos catalanes que se ven obligados a optar por un bando u otro.
Si gana la opción soberanista, todo el mundo sabrá quién ha ganado, pero si pierde, ¿quién habrá ganado? Y los que ganan, ¿qué ganan? ¿Correrá el cava en los despachos madrileños o será champán?
Como en todo conflicto abierto, se terminará negociando, pero en este momento ambos bandos acumulan efectivos para el combate político. Los ciudadanos somos eso, efectivos para el combate, cuando la política no permite el diálogo. La historia se presenta inesperadamente y como le da la gana y, a veces, obliga y no deja opción.
ARA









