En tiempo de elecciones –por costumbre- en nuestros lares, se despereza el aparato foral. Todos, hasta los navarristas más sonoros, que siempre pujan por obsequiar a la corte con un nuevo despojo foral, se camuflan como enardecidos foralistas. Quizás sea esa, la farsa y la mentira, la mayor vileza de un político… Porque en definitiva, tras ésta se esconden las peores perversiones: fraudes, robos y otros crímenes…
Hay quien hoy día, suscribiría el pacto foral como un acuerdo entre las instituciones vasconavarras y la jefatura del estado español. Como Ibarretxe, se mantiene que nuestros fueros propician una soberanía que implica pacto y bilateralidad. Que la soberanía navarra tendría la capacidad de romper dichos pactos si no se respetan y optar por la independencia.
Con un canto me diera si la mesnada navarrista, cuando pontifica sobre el fuero, lo entendiera de esta guisa. Pero mucho me temo que, metidos en harina, se enmarañarían en éticas quimeras.
Quizás antes que de la cuestión foral, en los actuales parámetros políticos, deberíamos hablar del ser ciudadano. En las presentes circunstancias, no obstante, poner sobre la mesa el espíritu del fuero, me parece, visto lo visto y lo que llega, lo más acertado.
Evidentemente, los fueros conformaron la constitución del estado vasco del reino de Navarra.
La historia dice que las juntas de Infanzones imponen al rey el fuero general, muy prolijo y detallista. A partir de este momento se inicia la institucionalización del reino, en la Curia General de 1253 y en las cortes generales de 1329.
Las Cortes navarras pues, se constituyen en el organismo legislativo y principal fuente del fuero.
Es bien sabido, que nuestro fuero, dentro del derecho pirenaico, se forma a con una base democrática consuetudinaria y con elementos del derecho romano.
No se si nuestros avispados navarristas, cuando reclaman el fuero, reclaman al propio tiempo, la soberanía de nuestras instituciones.
Puntualicemos. Hablamos de instituciones jurídicas propias y soberanas. Algo, que hasta la farsa-trampa de 1836, los navarros teníamos. Como por ejemplo, el derecho a ser juzgados por nuestros propios jueces y tribunales. Nunca por los de Madrid…
Que hasta la misma fecha disponíamos de una hacienda propia e intransferible… Es decir, soberanía fiscal, energética, social, sanitaria, educativa etc…
¿Cómo una sociedad orgullosa de si misma, bastante bien estructurada, unida, dinámica, es decir, con futuro, se ha transformado en este ente tan deforme?
Porque hoy la gestión pública es un desastre mundial. Nuestras instituciones a duras penas asoman sus pupilas del barro.
Señores de UPSN, vosotros sois quienes desde la noche de la dictadura hasta nuestros días habéis cortado el bacalao… ¿Cuándo llenáis la boca con tanta altisonancia foralista, estáis pensando en este espíritu foral que he descrito?
A partir de 1841, el sometimiento a la unidad constitucional –por la violencia de las armas- dejo el fuero completamente reducido en su capacidad legislativa. Lo propio sucedió con la ley orgánica de reintegración y amejoramiento foral de Navarra (lorafna). Sí exactamente esa, la del ínclito navarrista de pro, y paradigma de otros muchos, Sr. Del Burgo.
Este foralismo descafeinado, o negación de la soberanía navarra, es sin duda –no nos engañemos una vez más- toda la reivindicación foral del PPSN.
Entonces, los vascos, los que nunca hemos venido porque siempre, como hijos de Aitor hemos estado aquí. Los que hemos visto pulular por dentro y fuera de nuestras fronteras a romanos, godos, árabes, judíos, castellanos, si que reclamamos una auténtica reintegración foral.
Y deseamos algo que es vital para la regeneración de la vieja Vasconia…
Deseamos que nuestros hermanos de Euskadi, vuelvan al regazo de Nafarroa, el auténtico estado vasco, no al revés, como reza esa adicional 4ª, sobre el encaje de Euskalherría…
¿Algo que oponer?








