Van pasando los meses y el 9-N cada vez se va consolidando en la memoria colectiva más como un gesto estético que como un acto con trascendencia política. Este era sin duda el riesgo de aplazar las elecciones casi un año después de los hechos sin haber consumado un referéndum. Con tanta distancia temporal, los comicios al Parlamento podrían convertirse en todo menos en la supuesta «segunda vuelta» de un pronunciamiento sobre el Estado propio. Visto en perspectiva, el denominado proceso participativo cada vez se percibe más como la apoteosis de las expresiones de concurrencia ciudadana masiva que han caracterizado el proceso desde la gran manifestación de la Diada del 2012. Un paso más en una serie de liturgias ecuménicas que congregan la comunidad nacional catalana, de aura inequívocamente democrática, pero decidida a esquivar toda voluntad de coacción sobre aquellos que no participan del proyecto. El 9-N demuestra con mucha vehemencia que la democracia es un atributo de legitimación más para crear un Estado, pero que no es una condición necesaria para alcanzar un objetivo que está mucho más asociado a la configuración de una capacidad de control sobre una población y un territorio. De hecho, es curioso y significativo que el espíritu del 9-N sólo perviva en los mandatos represivos de las autoridades del Estado español. Lo más relevante de ese día, y lo único que en estos momentos permite salvar el recuerdo de aquella efeméride, es que representó un desafío al poder del Estado. Al desobedecer la segunda providencia del Tribunal Constitucional, el presidente de la Generalitat y algunos miembros de su gobierno convirtieron en ineficaz la legalidad española (empezando por la Constitución) y pusieron así en cuestión la capacidad represiva de las autoridades centrales en el territorio de Cataluña. Por ello la continuidad de las consecuencias políticas del 9-N no se medirán a partir de las vicisitudes más o menos afortunadas por donde nos hacen transitar los partidos y las asociaciones soberanistas, sino por el desarrollo de la querella planteada por el Ministerio Fiscal contra Mas, Ortega y Rigau. Sólo en el desenlace de aquella primera ruptura se podrá calibrar, en primer lugar, la relación entre el 9-N y la evolución posterior del proceso y, en segundo lugar, la capacidad de la representación política catalana de perpetrar la ruptura global que una secesión respecto a una democracia de baja intensidad, como España, reclama. No hay que olvidar que la consecución de las estructuras de Estado perfiladas en la hoja de ruta del 30 de marzo para los actores políticos y sociales principales del soberanismo exigen una desobediencia mucho más extensa en el aparato de gobierno de la Generalitat y en su ciudadanía que la de tres o cuatro miembros de la cúpula política. En algunos ámbitos, como en el de la hacienda propia, es necesario que el quebrantamiento de la legislación tributaria Española la impulsen un buen número de funcionarios a los que no se quiso comprometer en el proceso participativo. De momento, esta semana ya hemos visto como el gobierno español ha dirigido un requerimiento de incompetencia al gobierno de la Generalitat contra la creación del comisionado para la Transición Nacional que puede provocar la suspensión cautelar de las funciones y el cargo que ocupa Carles Viver Pi-Sunyer. ¿Se expondrá el comisionado a un proceso penal si se mantiene en sus responsabilidades? ¿Le dará cobertura el gobierno de la Generalitat, lo que propiciará una nueva ráfaga de querellas contra algunos de sus miembros?
Hasta ahora las expresiones cívicas en defensa de la soberanía catalana, incluido el 9-N, no han dejado atrás la célebre afirmación que hizo Unamuno (en relación, precisamente, con las reivindicaciones de la ciudadanía catalana en 1906 en protesta contra la ley de jurisdicciones), según la cual a los catalanes «nos ahoga la estética». Veremos incluso antes del 27-S si, más allá de esta flaca taumaturgia, somos capaces de convertir el símbolo en resultado, también en política somos por una vez capaces de luchar y de ganar.
EL PUNT – AVUI









