Si se desinfla, ¿es un globo?

Empiezo este artículo sosteniendo la tesis con la que lo acabaré: cada vez que, últimamente, alguien lleva en una mano una encuesta de opinión para demostrar que el desafío soberanista se desinfla, en la otra mano, escondida detrás de la espalda, lleva la aguja con la que pretende pincharlo. Un hecho que, más allá de la buena o mala fe de quien hace o publica la encuesta, se debe a la misma naturaleza del instrumento que se utiliza. Veámoslo.

Pierre Bourdieu, en su famosa conferencia “L’opinion publique n’existe pas”, de enero de 1972 -y publicada a Les temps modernes en enero de 1973-, afirmaba con tanta rotundidad como acierto que la encuesta de opinión es un instrumento que sirve para imponer la ilusión de que existe una opinión pública resultado de la mera adición de opiniones individuales autónomas. Y añadía: “Esta opinión pública es un puro artefacto cuya función es disimular que el estado de opinión en un momento dado es resultado de un sistema de fuerzas, de tensiones y que no hay nada más inadecuado para representarlo que un porcentaje”. Así, cada vez que se publica una encuesta de opinión, principalmente de esas que pretenden hacer pronósticos sobre futuros resultados electorales, habría que recordar que en realidad sirven para fabricarlos. Y ello para producir el efecto “Dios está de nuestro lado”, expresión irónica con la que el sociólogo francés se refería a la busca de legitimidad que el político halla en la encuesta cuando puede decir: “La opinión pública está a mi lado”.

La clave principal está en qué preguntas se hacen en una encuesta para imponer una problemática determinada, creando la ficción de que todo el mundo comparte aquel relato o frame, dígase cómo se quiera. ¿Ejemplos? De entrada, la discusión sobre si alguna cosa se desinfla lleva implícita la idea de que se está hablando de un globo. Y el hecho de que buena parte del independentismo se haya tragado el frame de que el proceso era un globo susceptible de desinflarse, aunque sea para negar que le falta aire, muestra hasta qué punto el mecanismo ha sido eficaz a la hora de desmoralizarlo. Otro caso: no es lo mismo preguntar si se es partidario o no de la independencia de Catalunya, de si en un referéndum se votaría a favor o en contra, o de si uno “se siente independentista”. En el primer caso, se hace abstracción del contexto político real de la secesión. En el segundo, suponen unas condiciones inexistentes de respuesta con garantías institucionales formales. Y en el tercero, se obliga al encuestado a situarse en un plan meramente emocional y, además, se le hace pasar de la defensa de un estatus político, la independencia, a una adscripción ideológica, el independentismo. Es decir, aunque el análisis posterior pueda hablar en los tres casos de apoyo a la independencia, en el fondo se han preguntado cosas muy distintas que obtendrán respuestas no coincidentes.

Veamos otro ejemplo. Una encuesta puede preguntar por el modelo de Estado de preferencia. Dejamos al margen, claro, si todo el mundo entiende lo mismo por, pongamos por caso, “Estado dentro de una España federal”, o si todo el mundo sabría distinguir con claridad entre “una región de España” y “una comunidad autónoma”. Pero, ¿por qué después sólo se pregunta -cómo se ha hecho- por si se cree posible que se llegue a conseguir la independencia, y en cambio no se pregunta también si se ve posible que Catalunya pueda llegar a ser nunca un Estado dentro de una España federal? Una vez más, es el cuestionario el que establece no sólo lo que es posible, sino también qué se puede poner en duda y qué no.

La cuestión de las preguntas que se podrían hacer y no se hacen, pues, es muy relevante. Así, para medir si el apoyo a la independencia se hincha o se desinfla, hay quien ha sumado la intención de voto y los hipotéticos diputados de CiU y ERC, olvidando misteriosamente los de la CUP. Pero ¿por qué no se pregunta qué harán los votantes habituales de partidos como ICV, PSC o los futuros electores de nuevos partidos como Podemos que son favorables a la independencia? ¿O los de CiU que no lo son? ¿Qué decidirán ante la disyuntiva de votar como siempre por adscripción ideológica o hacerlo, por una sola vez, por posicionamiento nacional?

Y por si las preguntas de las encuestas de opinión no fueran ya lo bastante responsables del marco de respuestas que ofrecen, las interpretaciones acaban de hacer el trabajo forzando la coherencia allí donde es más difícil encontrarla. Porque ¿cómo se explica que Podemos tuviera en un reciente barómetro de opinión tan sólo la “simpatía” de un 6% de los electores, casi se doblara la cifra cuando se le atribuían los escaños y al final sólo un 1% consideraba que quien lo lidera sería un buen presidente de la Generalitat? ¿Indican estas inconsistencias que los electores estamos locos o bien es un efecto perverso de las mismas encuestas?

Sea como sea, más allá de la elección de las preguntas y de cómo las interpretaciones redondean unos datos a menudo estrafalarios, la cuestión más relevante es, como dice Pierre Bourdieu, el hecho de que un porcentaje acabe enmascarando que el estado de opinión es fruto de una lucha entre fuerzas precisamente para imponerlo. El error está en pensar que el porcentaje nace de una suma de voluntades individuales conscientes y libres, y no de un combate para imponer un determinado estado de opinión en el que participan activamente los propios medios de comunicación y los estudios de opinión. Por eso decía que exhibir los resultados de una encuesta para demostrar que un globo se desinfla es tanto como acercar una aguja a este globo, que, por otra parte, no sabemos ni si realmente lo es más allá de la encuesta.

LA VARGUARDIA