Eran los tiempos en que, en las diez islas del archipiélago de Cabo Verde, había un solo instituto. Allí estudiaban los hijos de la familias acomodadas, a menos que lo hicieran en el continente europeo. Para el resto de la gente -más del 99%, el pueblo corriente–, la independencia era tanto una cuestión de justicia histórica como de necesidad social imperativa, ya que entendían que, habiendo soportado tantos años de explotación, represión, hambre y miseria, no había nada que votar. Querían construir el país y garantizar las condiciones materiales de vida de un pueblo despojado. Y no se votó.
Una de las paradojas de la historia que conocemos afecta a los procesos de descolonización formal –política y administrativa- posteriores a la Segunda Guerra Mundial, que todavía no se han cerrado y que abarcan también las sociedades conquistadas por las potencias occidentales … en el hemisferio norte. Así, las sociedades europeas derrotadas antes de la aparición de los mal llamados estados-nación modernos se sitúan en un baratillo global en el que se les obliga a formalizar, bajo marcos antidemocráticos, procesos de independencia –que deben superar el peaje de transformar el orden social metidas todavía dentro de las entrañas de los estados que se pretende dejar atrás. Por lo tanto, ¿de qué opciones disponemos?
Hagamos memoria: desde 1977 hasta hace no muchos años PSOE-PSC, CiU, PP y PSUC / ICV nos atormentaron con la musiquita oxidada de que la independencia se podría ejercer cuando los independentistas fueran mayoría en el Parlamento de Cataluña, ‘porque en la mayoría parlamentaria se expresa la razón de la democracia ‘. Una vez hay una mayoría independentista en el Parlamento, algunos de los mismos que proclamaban esto ya se desdecían, dudando además de la validez de un referéndum o bien negando su significación como expresión de la voluntad mayoritaria de la sociedad catalana. Y, hoy, esta misma gente airea que las elecciones del próximo septiembre no serán de ninguna manera plebiscitarias, a pesar de que cada contienda electoral sea plebiscitaria por cada uno de los puntos del programa político con el que todo grupo participa. Los hay que van más lejos, pero: la dirección colegiada de ICV-EUiA, en un ejercicio de funambulismo espacio-temporal más que cargante, entierra una vez más el marxismo de calle catalán y retorna al distante pasado inmediato para defender que se lleve a cabo un referéndum ‘legal y acordado con el Estado español’. Un referéndum que la cabeza visible de ICV Joan Herrera –de carrera profesional asesor de diputado, diputado en Madrid y diputado en Barcelona (¿va bien, señor?)- sabe bien que no se hará nunca con el acuerdo del Estado español. ¿Romances, subterfugios, patrañas? No: cinismo desnudo, insolencia impúdica.
Simultáneamente, la coordinación en defensa de la unidad de la ‘Nueva España’ crece con el desembarco mediático de las direcciones de Podemos y de la capilla dirigente reunida alrededor de una figura histórica nacida dos horas después del asesinato de Puig Antich -dos años antes del asesinato de Oriol Solé Sugranyes, el 6 de abril de 1976, y al cabo de 1974 años del nacimiento del Niño Jesús-, y del IGOP y el DECS: tratan de recoger votos y más votos para conducir Barcelona sin ninguna propuesta verosímil respecto a la manera de resolver la colisión entre el anhelo popular de independencia –¡un asunto secundario, mira! – y la postura refractaria de un Estado español que renquea, chirría y desciende hacia la autodestrucción mientras brama, desafinado, himnos falangistas a modo de aullido desesperado. La cuestión secreta que ningún político replica radica en colocarse, perpetuarse en el cargo, reafirmar el privilegio o bien dejar de hacer de precario y ganar un lugar bajo el Sol no común.
Justamente porque cada día es camino de proceso constituyente estamos donde estamos, para bien y para mal. Para bien, porque nunca en los últimos trescientos años hemos estado tan cerca de tener éxito en la independencia formal de una parte del territorio de los Países Catalanes. Para mal, para que los que aspiramos a la independencia tanto como a la revolución –¡cuidado muchachos, tabú! – Tendremos que preguntarnos si tanta contienda electoral, discursos en palacios antiguos o en telediario trasnochados y porcentajes de votos que crecen y se multiplican sirven, por ejemplo, para evitar que en los próximos meses docenas y docenas de compañeras y compañeros encausados por haberse manifestado en Sants o cerca del parlamento –yo también estaba– tengan que entrar en prisión para cumplir tres años de condena. Mientras analizamos torpemente guerras en Oriente Próximo o en África financiadas y sostenidas por las potencias coloniales, en Cataluña el número de muertes por suicidio dobla el número de muertes por accidentes de tráfico, continúan desmayándose chavales en horario escolar sin becas-comedor, la sanidad pública se derrumba y en las universidades públicas miles de docentes no cobran ni el salario mínimo interprofesional, al tiempo que docentes laborales con diez y quince años de carrera y una trayectoria académica igual o superior a la de muchos funcionarios son tratados como una mercancía apestada o despedidos. Nunca como ahora he visto tanta precarización colectiva. Los nuevos empobrecidos tratan de no enloquecer o emigran a tierras lejanas, -como lo hizo más de la mitad de la población de Cabo Verde en el siglo XX–no busquemos muchas analogías para no reventar fantasías etnocentristas.
Hace tiempo escribía que el proceso de independencia es un asunto interpretable y comprensible exclusivamente desde la perspectiva de una emergencia social, como una necesidad colectiva conminatoria de echar a la basura de la historia los proyectos sociales materializados por los amantes de entrometerse el dedito en el culo mientras saborean billetes grandes, nutren aparatos coloniales y tratan de perpetuarse en el poder bajo estratagemas desdentadas.
¿Invocaremos el coraje creativo del pueblo menudo para echar por tierra el escenario grotesco? ¿Dar la vuelta no de palabra, sino factualmente, la rutina de la opresión? A no ser que reconstruyamos aceleradamente este país que queremos nuevo, nos lo harán pagar mucho más caro todavía. En consecuencia, porque al principio fue el verbo, saltar al otro lado del abismo exige saltar.
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