Sentido de Estado (no de región)

A veces se tiene la sensación de que lo que hemos dado en llamar «el proceso catalán» sufre de un exceso de complacencia manifiestamente poco resiliente ante las embestidas que a menudo, y en aumento, nos hace llegar el unionismo.

Sabido es, al menos teóricamente, que hacer el Estado catalán es tarea dura y pesada, que requiere mucha dosis de convicción y dedicación con un enorme paraguas que todo lo cobije de gran determinación. Si alguien se podía creer que con cuatro multitudinarias manifestaciones y recogida de firmas el hito ya estaba logrado con éxito o al menos muy bien encarado, ahora, espero y deseo, se dé cuenta que hay mucho más que todo esto, que también es necesario, para hacer posible un cambio tan brusco en nuestras vidas.

El adversario unionista es potente, más de lo que muchos pensaban y que ahora se les empiezan a abrir los ojos y a enfriar las piernas, y más que lo será y demostrará serlo a medida que nos vamos acercando a fechas significativas como, primero, las elecciones municipales y después las catalanas con este tipo supuestamente plebiscitario. Menospreciar España, como Estado, y su particular proyecto nacional es el peor daño que se ha hecho al soberanismo catalán y al que habrá que poner remedio si, de verdad, queremos seguir haciendo avanzar el «proceso».

La independencia es demasiado importante como para dejarla en manos meramente de activistas, que siendo queridamente necesarios, no pueden ni deben sustituir un claro, determinado y visionario liderazgo político. Hay liderazgos para los tiempos de paz y otros para momentos de convulsión. Churchill fue «el hombre» llamado a liderar los, hasta ese momento, decaídos espíritus británicos y ganar la guerra; pero el mismo Churchill fue un desastre como primer ministro, ejemplo de pésimo y excéntrico gestor y pesadilla de ministros y consejeros, durante el periodo de paz.

He dicho en muchas ocasiones que formar parte de España, y de la España autonómica y democrática en particular, ha empequeñecido enorme y terriblemente nuestras miras e inquietudes como pueblo, al tiempo que reducía, nuestras ambiciones nacionales y globales. Algunos de los debates en los que toda nación debe participar activamente como el debate de la seguridad, las alianzas diplomáticas o los grandes retos económicos globales eran deliberada o inconscientemente expulsados de nuestros intereses intelectuales particulares.

Eran cosas, se entendía, de los políticos profesionales del Estado y no de nuestras instituciones ni de nuestros políticos que, por el contrario, tenían que velar por la defensa de la lengua, de nuestra cultura y nuestro tejido productivo. Un hecho natural pero totalmente complementario con pensar en grande y hacer políticas de Estado y no de región.

Si queremos, y nos creemos la independencia de Cataluña, tendremos que hacer un gran ejercicio de realismo político y convertirnos en plenamente creíbles ante las instancias internacionales que nos lo exijan. Otros, en circunstancias diferentes o similares, lo han hecho y, a fe de los acontecimientos, que no se han arrepentido. Renegar de unas fuerzas armadas propias, de los compromisos euroatlánticos o del capitalismo es un pasaporte a una tierna y perenne adolescencia.

España lo sabe, lo cultiva y estimula entre propios y extraños, y se aprovecha. Hace de nuestra debilidad e inconsistencia, su fortaleza y salvaguarda nacional. Supongo que saben de lo que hablo y no es eso lo que queremos.

TRIBUNA CATALANA