Las fronteras y ellos

La inauguración de la contestada línea MAT, con los presidentes Mas, Rajoy y el primer ministro Valls, ha servido, de nuevo, para volver a constatar las claves ideológicas del nacionalismo español. El monolingüe Mariano Rajoy, que parece que sólo había hablado gallego con la abuela, volvió a recitar la sarta de tópicos trasnochados y falsos que, siglos atrás, señorean por España y su política, tanto a la derecha como a la la izquierda. Los mensajes habituales suelen insistir en algunos aspectos, no muchos, pero perfectamente identificables, expresados con cierto sentido común, para presentar cada afirmación como el razonamiento sensato y pacífico del mundo, pese a que, generalmente, vayan cargados de una carga de violencia discriminatoria y se vean desautorizados por su propia historia, en todos los continentes donde ha brillado la espada española.

Es curioso porque, en realidad, las afirmaciones que, como un dardo venenoso acusatorio, cuelgan en la espalda de los partidarios de la independencia catalana, son, de hecho, un ejemplo magnífico de lo que ellos son y defienden, pero no las víctimas de sus pestes, al contrario. Están obsesionados en presentar como puntos débiles o defectos de los demás, justamente, sus propias señas de identidad. Esta gente tiene una obsesión verdadera con las fronteras y, a diestro y siniestro, se empeñan en alertar que nosotros queremos levantarlas. En realidad, ahora y bastante, la única frontera que los catalanes tenemos es la frontera francoespañola y, con eso de «franco» y «española», ya queda claro que es una frontera que no la hemos puesto nosotros, sino ellos, y que nosotros no la queremos, porque la sufrimos. El modelo de Estado español es anticuado, rancio y huele a cerrado, porque se mueve, todavía, con parámetros de expresión de la soberanía propios de siglos atrás, pero no de nuestros días. Precisamente, en toda Europa, que tiene la frontera más vergonzosa, más separadora de pueblos y culturas, la que más atenta contra la dignidad de las personas, es España en la ciudad africana de Melilla. Las imágenes de inmigrantes jugándose la vida, subidos de la verja durante horas, no son, en todo caso, muy edificantes. Con una frontera así, real y existente cada día, no estás muy legitimidado para acusar a otros sobre realidades inexistentes, ni menos aún para dar lecciones a nadie.

Quien mal hace, mal piensa, dice el dicho y con razón. Y España acusa a los otros que harán lo que, ahora y mucho, hacen ellos. El famoso discurso de la separación de ciudadanos por razón de origen o lengua, si hay un lugar donde se aplica con todo rigor es, precisamente, en España. Lo he dicho otras veces y lo repito: la diferencia fundamental entre la idea española de nación y la idea catalana, en las antípodas, es que mientras el españolismo es étnico, el catalanismo es integrador, inclusivo, cívico. El lugar donde se tienen en cuenta los orígenes y la lengua que hablas es en España, no en nuestro país. Por eso en las instituciones de España (senado, congreso, casa real, ejército, RTVE, diplomacia, etc.) se practica diariamente la discriminación ya que sólo se emplea un solo idioma: el suyo. Y el catalán está ausente por completo, muy diferente a estados como Bélgica, donde la diversidad lingüística está protegida y practicada en igualdad de condiciones, sin privilegios ni primacías. El lugar donde tienen en cuenta el lugar de nacimiento y no la voluntad de la gente es España, al contrario de Cataluña. El proceso independentista no habría tomado nunca el vuelo que ahora tiene, sin que fueran actores y se sintieran protagonistas tantos y tantos cientos de miles de catalanes que, tal vez, en su casa no hablan catalán y que tienen sus raíces familiares y una parte de su identidad que viene de fuera del país. Esta es nuestra victoria principal y el punto débil de España.

Porque aquí nadie tiene que elegir entre ser una cosa u otra, porque ya hemos elegido, cada uno ya sabe lo que es sin tener que dar explicaciones a nadie y además, no es eso de lo que discutimos. Aquí no nos preocupa si somos catalanes solo o catalanes también, o más una cosa que otra, sino quién manda en casa: ellos desde España, o nosotros desde Cataluña. Se equivocan y lo saben, Rajoy y Sánchez y ‘tutti cuanti’ cuando afirman, como el cuento de nunca acabar, que obligamos a la gente a tener que elegir entre ser españoles o catalanes, cuando para muchos este es un tema menor, porque ya hace tiempo que tienen una opinión hecha al respecto. Lo que votamos el 9N, y que volveremos a votar tantas veces como sea necesario, no es la identidad de los ciudadanos del país, que cada uno tiene la suya, sino su futuro político: dependiente o independiente. Y no hay medias tintas… La operación reformista fracasó, entre otras cosas, porque quien pretendía arreglar España era un catalán, mientras la revista Tiempo se preguntaba en portada «¿Puede un catalán ser presidente del Gobierno?» Y el Sr. Carrillo afirmaba que «España todavía no está preparada para tener un presidente del Gobierno que sea catalán». ¿Quién es, pues, el que discrimina, el que separa, el que utiliza la identidad como barrera o frontera? Ellos, nosotros no. Que se lo pregunten, si no, a Albert (no Alberto) Rivera y a su partido C’s y a la lengua que, finalmente, han eliminado de su página web. ¿Dónde están, pues, los separatistas, los excluyentes y discriminatorios? ¿Dónde se encuentran los que alzan fronteras entre los ciudadanos? Aquí, no.

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