Si a fecha de hoy, 25 de febrero de 2015, alguien me preguntara cuál es el titular en relación al proceso político que se vive en Cataluña, propondría precisamente el que da título a este artículo. Hablemos, en primer lugar, de qué era la anomalía. Es muy fácil de explicar: sólo hay que mirar atrás. Resulta que el nacionalismo catalán era y es claramente hegemónico, pero mientras unos (CIU) festejaban a escondidas con el PP, otros (ERC) entregaban la Generalitat al PSOE. Extraño panorama. La sociedad civil es la que puso las cosas en su lugar, y detalles triviales que antes eran motivo de absurdas disputas, de divergencias artificiales, han quedado atrás. Esto no quiere decir, sin embargo, que exista un bloque monolítico que avanza como una locomotora. Este bloque no está ni estará nunca. Afortunadamente, Cataluña es una sociedad plural y madura, con aristas y ondulaciones de todo tipo, no una realidad homogénea o plana. Bienvenidos sean los heterodoxos y los discrepantes: esto no es Corea del Norte ni la República Bolivariana de Venezuela.
Cataluña representa otras estimulantes excepciones. La lengua catalana, por ejemplo, no es ni siquiera comparable con la de otras realidades nacionales que tampoco disponen de un Estado propio. Dicho sea con todo el respeto, ni por el número de hablantes ni por las industrias culturales que tiene detrás, el catalán no tiene nada que ver con el euskera, el bretón o el gaélico, pongamos por caso. Nada de nada. Nosotros ya lo sabíamos, pero la comunidad internacional, en general, no. Ahora la anomalía ya empieza a ser vagamente conocida, lo que supone un paso adelante más decisivo de lo que parece. Una tercera y última rareza a destacar positivamente: tanto por parte de los que vemos las cosas de una manera como de quienes las ven de otra, nos hemos atrevido por fin a verbalizar ciertos temas que solían generar verdaderos ataques de epilepsia dialéctica. Decimos a la vez que queremos un referéndum por la independencia y que la lengua más hablada en Cataluña es -y previsiblemente será- el español. Hace sólo cuatro o cinco años, la frase que acabo de escribir habría provocado conmociones y desmayos, porque lo que satisfacía a unos turbaba a los demás, y al revés. He aquí otra anomalía que se ha empezado a difuminar y que, muy probablemente, podemos dar por superada. Esto no quiere decir -conviene reiterarlo- que las cosas sean ahora mucho más fáciles, ni que hayamos dejado atrás nuestras contradicciones, etc. No. Esto sólo quiere decir que el mero hecho de verbalizar un tabú hace que, por definición, deje de serlo.
La lenta difuminación de la anomalía también ha dejado atrás, creo que para siempre, viejas querellas entre España y Cataluña. Todas las cosas que teníamos que reprocharle, o al menos las más importantes, ya se han puesto sobre la mesa y se han discutido ‘ad nauseam’. Las discrepancias siguen, por supuesto, pero el tono dramático, o incluso apocalíptico, de los informes de Margallo y compañía ya no despierta las pasiones impostadas y como de zarzuela tronada de hace sólo un par de años. Aunque quizás no esté de acuerdo, un ciudadano español corriente ya admite, a estas alturas de la película, que la independencia de Cataluña constituye, al menos, una posibilidad real. Simétricamente, muchos independentistas catalanes son conscientes de que su objetivo político no se conseguirá por arte de magia, sino con una negociación política que, por fuerza, implica gradualidades y concesiones. Hablo de las opiniones que me parecen mayoritarias, evidentemente. De matices, los que quieran.
El objetivo de las elecciones del 27-S es aclararnos, es decir, saber cuántos somos los que pensamos de una determinada manera y cuántos los partidarios de otras opciones. Se trata de algo tan sencillo y escrupulosamente democrático como esto. Luego que tengamos claro eso -si es que se llega a aclarar con el formato previsto- nos situaremos mentalmente en otra pantalla, pero estaremos en el mismo lugar. Quiero decir que habrá cambiado el grado de legitimidad de unos o de otros, pero la legalidad será, en ese preciso instante, la misma. Desde la perspectiva de un futuro reconocimiento internacional, esta distinción resultará fundamental. Todo aquello que pueda ser percibido razonablemente como un simple acto sedicioso, en cambio, no gozará de legitimidad democrática. Las anomalías que habíamos empezado a borrar con muchos esfuerzos volverán de repente. Antes del 27-S conviene repensar muy seriamente si las elecciones serán leídas como un plebiscito o bien como una tentativa desesperada. Todavía estamos a tiempo de corregir o mejorar el formato.
ARA








