En estos últimos días, a raíz del recorte de puntos que el Barça ha hecho el Real Madrid, y de la fiesta que Cristiano Ronaldo celebró tras la fortísima derrota por 4-0 sufrida por su equipo ante el Atlético de Madrid, se ha hablado mucho de la personalidad despótica de este jugador, y son bastante conocidas las frases ofensivas y degradantes que dedica a los que no lo adoran desde una posición jerárquica por debajo de la suya. Es una actitud repelente, claro, pero así es como ve el mundo a este personaje. Cristiano Ronaldo se ha proclamado Dios a sí mismo y no soporta que se le trate como un hombre. Por eso intenta vejar al interlocutor y inferiorizarlo humanamente. Lo hace en el terreno de juego, con los adversarios, y lo hace ante las cámaras de televisión, con los periodistas que no le preguntan lo que él quiere que le pregunten. El periodista Sebas Guim, de TV3, lo sufrió personalmente no hace mucho al ser tratado de tonto por Cristiano Ronaldo por haberle preguntado qué había querido decir con el gesto de quitar el polvo al escudo que acreditaba el Real Madrid como ganador del mundial de clubes. El gesto, despectivo para el público y pleno de presuntuosidad, lo hizo mientras abandonaba el campo del Córdoba, al ser expulsado por la patada que había dado a un adversario, al margen del juego. Y eso sin contar el puñetazo que también había dado a otro jugador y que el colegiado no quiso hacer constar en el acta arbitral.
En eñ Estado español, con un comité de competición que siempre, siempre, siempre ha sido una extensión del palco del Bernabeu, estas cosas no se sancionan de oficio. Discutir una decisión al árbitro o quitarse la camiseta se considera inadmisible, pero agredir físicamente, con violencia manifiesta, a un adversario que no sea del Real Madrid es irrelevante. Son los valores de los integrantes del glorioso comité de competición. Un comité que, mira qué casualidad, tiene su sede en Madrid.
En cualquier caso, el problema de Cristiano Ronaldo es que es un hombre pequeño, muy pequeño, que necesita la adulación constante para sentirse alguien. Como la madrastra de Blancanieves, él pregunta día tras día: «Espejito, espejito, dime, ¿quién es el mejor jugador del mundo?». Y día tras día el espejo de la realidad le responde: «El mejor jugador del mundo es Messi». Y así es como este nombre se ha convertido en una obsesión para Cristiano Ronaldo: Messi, Messi, Messi. Se entiende, por tanto, que el día que recogió su tercer Balón de Oro optara por relinchar en vez de hablar. Sabía que Messi tiene cuatro, que es más joven y que es infinitamente mejor. Mejor como jugador -el mejor jugador del mundo con diferencia-, y mejor como referente humano. Messi, cada vez que marca, mira al cielo y dedica los goles a su abuela; Cristiano Ronaldo mira a su persona y se los dedica a sí mismo. Es el abismo que los separa y que se hace patente en la dramática impotencia del segundo: mientras Messi juega para superarse a sí mismo, Cristiano Ronaldo juega para superar a Messi.
NACIÓ DIGITAL









