…La lengua y la memoria, el euskera y la historia de Navarra en cuanto Estado propio, dos de los soportes centrales de la conciencia nacional, han encontrado en la sensibilidad de Juan Zelaia un soporte prolongado” afirmó Angel Rekalde y reafirmó Tasio Agerre, presidente de Nabarralde Kultur Elkartea, al entregar a Juan Zelaia la makila que presidió la marcha de Noain este 2014. El acto entrañable se realizó el 3 de diciembre en su caserío de Oñati, y vale la pena reseñarlo. Tan grande es su contenido que no puede caber en un solo corazón, ni ser expresado en una sola voz.
Fuimos huéspedes de una estructura familiar que data al menos de trescientos años, aunque todo lo vasco está sometido al derecho de no datar, que así lo dictamina la Dama de Anboto, con quien habla Zelaia en las noches y que, coqueta, se acicala sin cesar sus cabellos con un peine de oro, aunque sea más vieja que el tiempo europeo. A la Dama de Anboto cada siete años, por los interiores escabrosos de los montes, la visita el Dragón de Aralar, cuando le han crecido sus siete cabezas, según afirmó aita Barandiaran y seguro que de eso hablo con Zelaia en un encuentro de antropólogos europeos en las cuevas de Sara.
Zelaia es un superviviente de la guerra de 1936. Los franquistas le incautaron las empresas a su padre, que se exiló en Chile y, a él, su niñez. Con su madre y hermanos en Nabarra, padeció hambre y tristeza y dolor, pero no resignación. Levantó la cabeza del infortunio, estudio ingeniería en Deusto y remontó lo que restaba del patrimonio familiar. Lo logró con éxito. Soy un empresario, declara con orgullo, mirando de frente con sus penetrantes ojos claros, a su interlocutor. Lo que calla es que del éxito económico de sus empresas, Tximist luego Cegasa, Tuboplast, Hidronor… y otras más, él reservó ganancias generosas para apoyar a Ikastolas con déficit, rescatar a escritores en aprietos, y a todo aquel que se acercaba con un proyecto para el que carecía de financiación. Soy enfermizamente vasco declaro a Iñaki Anasagasti en una entrevista, y lo ha demostrado no solo en los puestos de trabajo que procuran sus empresas, sino en su actitud de benefactor de nuestra Cultura.
Hay que estar atento, aconseja en el plano empresarial, a las nuevas derivas que nos acometen, para reformar las empresas y saber por qué camino llevarlas. Los tiempos cambian…pero no tanto para nuestro país y nuestra lengua que en el S. XX sufrieron tremendas pruebas de sobrevivencia. Zelaia es un decano del desgarrón que nos produjo la guerra civil, con sus dos ciento cincuenta mil exiliados, tras el bombardeo de Gernika, sus fusilados y represaliados, los cuarenta años de dictadura implacable, de violencia, de la anunciada muerte del euskara. De la falta de universidades. Y también de la tímida resurrección que afloró desde las ikastolas, de la inquebrantable fe de este pueblo agredido que no desahuciado.
A la sobremesa, un potente pero femenino irrintzi empujó los telones del alma que mantengo entornados y, mientras el grupo Nabarralde modulaba hermosas canciones, me transporté al viejo Euskalerria de Montevideo, donde los nietos de los refugiados de las guerras carlistas, las cantaban también. Desgarrados del lar paternal, con la imposibilidad del retorno añorado, se consolaban repitiendo cánticos ancestrales, en los días de fiesta, sobre todo en del Euskara, el de Francisco Xabier. Coreaban para sí mismos, pero también para la nueva generación vasca que se levantaba en tierra gaucha, esperando que alguno de nosotros regresara por las huellas que ellos dejaron sobre la pampa y las olas atlánticas, para tomar posesión de lo que fue suyo y jamás debieron perder, y menos acosados por la violencia. Pero los recuerdos, que se me agolpaban en la cabeza y el corazón, también me hicieron percibir que los vascos de mi infancia cantaban en tono triste, pero que el de los Nabarraldes en el caserío de Zelaia, tenía algo de triunfal.
Y pensé que un pueblo que se aferra de tal modo a sus tradiciones, en medio de esas tempestades históricas, pero que está atento a los cambios que nos han procurado no solo la malhadada guerra del 36, sino la mundial que vio después, la creación de Europa, y la transformación industrial, tecnológica e informática, la globalización, a la que asistimos después de conquistar las estrellas, está destinado a conseguir el viejo anhelo de unión y libertad que los Infanzones de Obanos expresaron: Por la libertad de la patria, hombres libres.
Dejamos, en esa tarde de gracia, en Oñati, a Juan Zelaia, el hombre del rayo, con su Dama de Anboto, con la Makila de Nabarralde en sus manos, que se une a los muchos premios de reconocimiento que ha recibido. E iba diciendo el empresario vasco que nos despedía… me atrevería a decir que, en la historia, allí donde ha estado el pueblo vasco, que es en todo el mundo…ha sido respetado… por su forma de actuar ante la vida. Se le ha identificado con rasgos de honradez, de trabajo, de credibilidad. Y creo que eso no se ha perdido todavía. Hace poco, en Argentina, preguntaba al núcleo vasco si eso que se ha solido decir de «palabra de vasco» persiste… y persiste, Juan Zelaia.








