La noche de los cristales rotos

La noche del 9 de noviembre de 1938 fue una de las más trágicas de la historia contemporánea europea. Las hordas nazis espoleadas por sus líderes Hitler y Goebbels arrasaron de forma brutal muchas de las más importantes ciudades alemanas, destruyendo 200 sinagogas y 7.000 tiendas o almacenes judíos. La noche se saldó con la muerte de más de un centenar de judíos y treinta mil retenidos por la fuerza, después llevados a campos de exterminio. Fueron los propios autores los que nombraron el trágico acontecimiento como La noche de los cristales rotos por la cantidad de restos de vidrio con la que amanecieron las ciudades alemanas. Tras los incidentes, el gobierno tuvo la desfachatez de imponer una multa millonaria a la comunidad judía, que fue también obligada a limpiar las calles y arreglar los desperfectos. El episodio es considerado por muchos autores como el comienzo del Holocausto.

No es mi intención dramatizar ni hacer burdas comparaciones en lo que voy a relatar. Pero me lo ha recordado. Veinticuatro de diciembre de 2014, celebración para muchos del nacimiento de Cristo, para otros muchos celebración del solsticio de invierno, noche de alegrías y tristezas. Frases como “Zorionak” o “que pases buena noche” inundan con su hipocresía las calles del histórico Casco Viejo de nuestra capital Iruñea. Por extrañas razones de mi fisiología actual, me caigo de la cama temprano, las nueve de la mañana, y salgo a pasear a mis perricas. Hoy no hay periódico, ni pan, apenas observo algún cashero trasnochador y algún que otro colega de insomnio. Las, por otra parte, bastante estruendosas máquinas de la limpieza apenas dan abasto. Cientos, miles de restos de botellines, vasos y copas, inundan nuestra calles. A lo largo de mis ya algo pasados sesenta, las horas consumidas por mí y mis amigos en la calle, de andada, no están ni de lejos en la parte más baja del ranking de andarines y, sin embargo, nunca lo había conocido así. Por desgracia, hoy día, mis ojos dan crédito al espectáculo porque lo vengo observando finde tras finde desde hace algunos años. Es, una vez más, la noche de los cristales rotos.

Tampoco quisiera hacer en este momento mas disquisiciones sobre el agrupamiento del ocio tardonocturno de toda la cuenca de Iruñea en sus calles más queridas, en sus calles mas denostadas, en donde los pamplonicas y otros que no lo son, nos sentimos en nuestra casa. Las hordas festivas campan a sus anchas para luego marcharse a sus barrios dormitorio en busca del reposo del guerrero. Por suerte, el movimiento ciudadano, una vez más, es el que tiene que tomar las riendas y ya ha comenzado a hacerse notar. Simplemente quisiera dar un toque de atención a nuestros dirigentes, a los que por cierto yo no voto, a esa policía que tan cercanamente nos acosa por cualquier motivo, pero que casi nunca está donde tiene que estar. Los ridículos cartelitos colgados de los edificios centenarios no darán sus frutos. La kale borroka festiva no solo está permitida sino fomentada. Basta ya.