Al abrigo de la manifestación independentista de la Diada del 2012, el historiador Josep Fontana iniciaba su último libro: ‘La formación de una identidad. Una historia de Cataluña’. El interés por la identidad del título no es nuevo, tampoco la aproximación histórica apuntada en el subtítulo. Al menos encontramos dos precedentes en su larga producción: ‘Europa ante el espejo’ (Crítica, 1994) y ‘La construcción de la identidad’ (Base, 2006). La novedad radica en la focalización en el caso catalán. Curiosamente, hasta ahora Fontana había eludido un reto que necesariamente le obligaba a dialogar con sus tres grandes maestros: Soldevila, Vicens Y Vilar. La presencia de estos gigantes en el texto es constante, compartiendo una visión de la identidad que «nace de una larga existencia compartida» y no como «producto de la tierra o de la sangre».
A los tres clásicos, Fontana suma asesores (Eva Serra, Joaquim Albareda y Borja de Riquer para las épocas medieval, moderna y contemporánea, respectivamente) y cincuenta páginas de referencias bibliográficas. Todo ello evidencia el esfuerzo por integrar los últimos avances historiográficos, sobre todo los referidos a los siglos XVII-XIX. De hecho, estos capítulos son los más exitosos, ya que la riqueza de las fuentes le permite una historia más integradora (no tan dependiente de los reyes como la primera parte), además de estar donde él mismo ha destacado como historiador (menos condicionado por la propia biografía).
Para algunos, el libro supone la conversión al nacionalismo identitario de este viejo militante de izquierdas. No lo creo. Sí hay, en cambio, una evidente desafección hacia el actual proyecto político español. Para Fontana, la Constitución de 1978 supuso una doble derrota al nacer «de un pacto con el viejo régimen franquista», y al derrochar la experiencia del catalanismo unitario antifranquista.
El repaso histórico se pone en marcha con los condados catalanes para tratar de entender como a mediados del siglo XIV se había alcanzado «una estructura política y fiscal propias de un Estado nacional moderno, como los que se implantarían en Holanda y en Inglaterra tres siglos más tarde». La precocidad, la agotadora construcción de un imperio mediterráneo y los cambios dinásticos provocarían la cesión de la preeminencia política a Castilla.
Triple herencia
Esta supuesta decadencia dejaría una triple herencia decisiva. Primero, la marginalidad del Principado y la debilidad de las partes consolidarían un modelo pactista. Segundo, se conservaría una cierta representatividad institucional más allá del estricto círculo privilegiado. Y, finalmente, está Barcelona. La macrocefálica capital aparece como el actor político decisivo y elemento económico explicativo de buena parte de la singularidad catalana. La Guerra de Sucesión supone la mitificación del primer tiro, la búsqueda de nuevos caminos para vehicular el segundo (como los gremios) y la profundización en el tercero, con la inclinación hacia una economía comercial y protoindustrial. Truncada la contrafactual evolución parlamentaria apuntada por último Lluch, las clases dirigentes catalanas defenderían «un proyecto ilustrado catalán para España». Desde entonces se sucederían los infructuosos intentos de integración. El mismo catalanismo político respondería a esta voluntad. Para el autor, los repetidos fracasos eran previsibles: la diferente evolución histórica había originado dos sociedades con ritmos, objetivos y necesidades divergentes, manifestándose tanto en momentos dulces como la Segunda República, como en el amargo franquismo. Según Fontana, la «voluntad de seguir siendo nosotros mismos» pervive y pervivirá, sea a través de la defensa de las Constituciones, el derecho civil, la economía, la lengua o la soberanía. Como ya cantó en 1978 -también desde el Poble-sec Serrat: «Lo están gritando siempre que pueden, lo andan pintando por las paredes…»
ARA








