Los recién llegados y la lengua

Es muy loable la labor que llevan a cabo algunos gobiernos municipales -hay con ingresos muy escasos- para favorecer la integración de los recién llegados en nuestra cultura mediante cursos gratuitos de lengua catalana. Si se pregunta a estos recién llegados la razón por la que se han matriculado, la mayoría responden que lo han hecho por razones de trabajo o por integrarse más, lo más normal, ciertamente. Lo que es anómalo es la pregunta en sí misma. Quiero decir que la pregunta ya demuestra no sólo la subordinación de Cataluña como pueblo, sino también la amenaza que pesa sobre la lengua catalana. La prueba es que la pregunta no se hace nunca, en clave española, italiana o alemana, a los inmigrantes que viven en esos países. Y es que el aprendizaje del español en España, del italiano en Italia o del alemán en Alemania, por parte de quienes van a vivir, no es una opción, es una necesidad vital. Y como lo es, el aprendizaje lingüístico es inmediato.

En Cataluña, en cambio, el catalán sólo es una opción, ya que no hay ninguna necesidad de saberlo. Y en un país donde no hay que saber la lengua para vivir, hay que tener muy buena voluntad para aprenderla. De hecho, me pregunto cuántos de nosotros haríamos este esfuerzo en un país donde los mismos hablantes fueran los primeros en transmitirnos la idea de que su lengua no tiene ninguna utilidad. Pues eso es lo que comunicamos a los recién llegados cada vez que les hablamos en español. Por suerte, nos queda la escuela. Gracias a la necesidad de los padres, de ayudar a sus hijos en los trabajos escolares, es mucha la gente recién llegada que aprende catalán. Esta es la razón por la que los nacionalistas españoles quieren que la escolarización se pueda hacer también en español. Su objetivo es cortar de raíz toda probabilidad que el catalán sea imprescindible y que, por tanto, se normalice en serio. Quieren evitar lo que me decía un día una mujer siria: «Aprendo catalán para ganarme el respeto de mi hija».

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