Carta abierta al presidente Mas

Estimado Presidente,

Ya me disculpará que me atreva a importunarle con una cuestión bastante trivial, pero me encuentro que, cada vez que usted pronuncia un ‘catalanes y catalanas’, ‘todos y todas’ o similar, a mí me llega una avalancha de quejas, comentarios y reproches que debería ir destinada a usted. Por eso me he decidido a hacer de portavoz de los que, hasta ahora, sólo han encontrado en mí un muro de lamentaciones.

Yo le he oído discursos enteros sin desdoblamiento de género, y me cuesta entender por qué, últimamente, ha vuelto al mismo y de manera casi sistemática. Como no quiero hacer conjeturas, vamos al grano.

La suposición de que, cuando desdoblamos, damos un espacio a las mujeres es falsa; o el lugar que nos da es, de hecho, un lugar diferente del de los hombres. Quiero decir que cuando usted -o cualquier otro- habla de ‘catalanes y catalanas’ en realidad nos dice que las catalanas no somos catalanes. Me parece que esto que quiero decir se entenderá mejor si le pongo un ejemplo paralelo.

La expresión ‘españoles y catalanes’ es un disparate para unos y un hecho para otros. ¿Por qué? Pues porque trata en dos grupos diferenciados lo que para unos es una relación todo-parte y para otros una ecuación equivalente a la de ‘suecos y rumanos’. No hace mucho, su homólogo español nos regaló los oídos con esa dicotomía de ‘catalanes e independentistas’ (se ve que hay más de unos que de los otros). No sé qué diría Freud, pero la interpretación me parece fuera de dudas: en su cabeza hay un fractura; ahora, en cuanto a los independentistas, yo diría que todos se consideran igualmente catalanes.

Si ahora establecemos una simetría entre estos ejemplos y los desdoblamientos de género, me parece que la conclusión es evidente: si desdoblamos es porque creemos que se trata de categorías diferentes. Presidente: ¿de verdad cree que las catalanas no somos catalanes?

Permítame llevarlo a un terreno más personal. Por lo que sé, usted tiene tres hijos, entre los que hay, al menos, una chica. Estoy casi segura de que usted, cuando le preguntan cuántos hijos tiene responde que tres, y no ‘tres hijos e hijas’. Aún más, es imposible que usted tenga ‘tres hijos e hijas’. Y, continuando en el terreno personal, usted sabe francés. No se ha preguntado ¿cómo es que a esta lengua no ha llegado la plaga del ‘lenguaje no sexista’? ¿Por qué esto sólo ha ocurrido en catalán, castellano -y, últimamente, en gallego- y en otra lengua románica?

Créame, esto sólo es una cuestión de etiquetas. Que el género masculino es el no marcado lo demuestra el hecho de que la mayor parte de términos que se incorporan a nuestra lengua cogen esta clase nominal (el ‘drone’, el Facebook, el chat, el wok, el burka), al igual que cuando son verbos se incorporan a la primera conjugación, que es la menos marcada (‘surfear’, masterizar, escanear, driblar). ¿Por qué nos quejamos del género y no de las conjugaciones? También la función inclusiva de lo masculino la cumple el singular respecto del plural. Si decimos ‘El presidente es el jefe del gobierno de la Generalitat’ nos podemos referir igualmente a todos los presidentes de la Generalitat, no sólo a usted. ¿Por qué nos peleamos con el género y no con el número?

La lengua funciona como funciona y querer modificar la gramática implica una violencia comparable a querer que todos los zurdos funcionen con la derecha: va contra el orden natural de las cosas. Después de todo, fue Protágoras quien tuvo la mala ocurrencia de bautizar como masculino el género no marcado; el resto no hemos hecho sino copiar una idea que sí era machista: atribuir a los hombres lo que era de todos. De hecho, los griegos intentaron cambiar el género de palabras que no les parecían bastante masculinas o femeninas. Como si ahora al vestido le dijéramos ‘vestida’ porque es cosa de mujeres, o de la fuerza ‘fuerzo’ porque es un atributo de los hombres. Ellos no lo consiguieron; espero que este intento de remedar la lengua tampoco.

Presidente, no nos discrimine, por favor: las catalanas también queremos ser catalanes. Y, en caso de que los argumentos lingüísticos no le parezcan suficientemente sólidos, seguro que sabe que un documento acordado por el Instituto de Estudios Catalanes, el Parlamento, la Dirección General de Política Lingüística, el Instituto Catalán de la Mujer y la Universidad de Barcelona, ​​entre otros, dice que cuando decimos ‘catalanes’, las catalanas están incluidas. Y si alguna vez hiciéramos una consulta para saber qué pensamos, estoy segura de que casi todo el mundo aceptaría que en el hecho de no hurgar en la estructura de la lengua no hay ninguna voluntad de exclusión, sino todo lo contrario: que no nos den gato por liebre; que si le escribiera una carta sobre la discriminación de las mujeres sería mucho más larga.

Grupo de Estudio de Lenguas Amenazadas

Departamento de Lingüística General 
Universidad de Barcelona