A estas alturas de la partida, nadie duda ya que la crisis territorial planteada desde Cataluña es la más grave que ha vivido España en muchas décadas. Por la magnitud de lo que está en juego, ni más ni menos que una ruptura con el actual Estado y la creación de uno nuevo, esta crisis ha conseguido finalmente hacer saltar todas las alarmas institucionales, también en la Unión Europea y los mercados internacionales. Digo finalmente porque a nadie se le escapa que en las fases iniciales de este proceso aún eran muchos los políticos y analistas españoles que miraban hacia otro lado haciendo ver que aquí no pasaba nada o que mantenían la tesis-tópico de que como los catalanes eran gente de orden, pactista y miedosa, estos aspavientos de amenaza de subvertir el statu quo acabarían diluyéndose como un azucarillo.
Cuando una situación se acerca al límite de la tensión, ¿cuál es el punto de saturación, el umbral de tolerancia o la gota que acaba por colmar el vaso y provoca un cambio total de escenario? ¿Y qué hace que los líderes sean conscientes o no de que estamos llegando a este punto crítico? ¿Cómo aprenden a leer bien las señales para maniobrar antes de llegar a la implosión? Pongamos tres ejemplos. El 7 de noviembre de 2007, el presidente Montilla decía en el Foro Nueva Economía de Madrid: «Quiero advertir de las graves consecuencias políticas a medio y largo plazo de una desafección emocional de Cataluña con España y las instituciones comunes». Igualmente, el 26 de noviembre de 2009, en un hecho sumamente inusual, un editorial conjunto de muchos diarios catalanes advertía que «están en juego los pactos profundos que han hecho posible los 30 años más virtuosos de la historia de España». Y más recientemente, el 16 de mayo del 2012 el presidente Mas afirmaba ante las cámaras de televisión que si no había ninguna respuesta del gobierno español ante la propuesta de negociación de un pacto fiscal, «entraremos en un terreno desconocido».
Las señales estaban y se hicieron públicas, no como amenaza sino como tendencia clara entre la ciudadanía, con toda la resonancia mediática que era posible, pero los líderes españoles no movieron ni una ceja. Tampoco los intelectuales.
Déjenme ahora hacer públicas dos anécdotas conmovedoras sobre los errores de análisis que a menudo cometemos. Era el mes de septiembre de 2011, en el encuentro anual de liderazgo que Esade organiza en el monasterio de Sant Benet de Bages. Discutíamos sobre el nuevo ciclo político en Cataluña y España. El profesor Ferran Requejo acababa de afirmar que «si el pacto fiscal fracasa, habrá una segunda oleada independentista en Cataluña, una radicalización de las posiciones nacionales». «O se rehace el pacto inicial de la Transición o el camino será de confrontación y separación», concluía. Enric Juliana, uno de los mejores cronistas de la crisis y un observador privilegiado del momento presente, respondió al instante: «El profesor Requejo dice que el próximo escenario es un incremento del independentismo en Cataluña. Yo le deseo que Santa Lucía le conserve la vista, pero creo que no». La reacción de Miquel Roca, veterano en mil batallas parlamentarias, fue más o menos semejante: «Respeto al mundo académico, pero no confío en él desde un punto de vista político». Tres años después de este debate, juzguen ustedes mismos cuál es la situación hoy.
Cerraba aquella jornada el entonces ministro de la Presidencia, Ramón Jáuregui, un hombre de mentalidad abierta y según él «amigo de Cataluña», que acababa de oír una lista larga de intervenciones de empresarios y pensadores catalanes que insistían, advertían y repetían sobre el malestar catalán hacia las instituciones del Estado español. Sus palabras, espontáneas y fuera de guión, fueron: «¿Qué hemos hecho mal para que yo tenga que escuchar estas cosas? ¿Y quién las ha hecho mal? Porque yo, sinceramente, cuando percibo ese sentimiento de decepción en Cataluña no me siento correspondido». Se levantaba la voz advirtiendo del peligro inminente, pero los que en teoría deberían administrar mejor la tarea anticipativa del liderazgo consideraban que el problema no era político sino de oculista.
En este repaso de citas, hay dos antológicas de Mariano Rajoy que describen perfectamente el comienzo de un ciclo que está a punto de llegar al final. En octubre de 2005, cuando todavía era presidente Zapatero e intentaba acomodar las peticiones catalanas, Rajoy afirmaba que «el nuevo Estatuto es una reforma encubierta de la Constitución». Y ahora (octubre de 2014), ya como presidente, acaba de afirmar que «la nueva consulta (catalana) es una forma encubierta de referéndum». En estos diez años de trayectoria Rajoy ha hecho literalmente de estatua política aplicando al caso catalán la sospecha de una acción criminal y mal disimulada de ocultación de intenciones. No en vano, el encubrimiento en derecho penal tiene la naturaleza de delito.
Han pasado diez años y en España todavía hay quien se pregunta sorprendido «cómo hemos llegado hasta aquí» o, como dice el periodista Arturo San Agustín en su último libro, ‘Cuándo se jodió lo nuestro’. Pero no ha habido un cómo y un cuándo únicos y decisivos, sino la acumulación de cientos de pequeños cómos, ahora parlamentarios, ahora televisivos, ahora constitucionales, etc., que han acabado por saturar hasta el punto crítico de implosión las bases contractuales y emocionales de una relación. La virtud del discernimiento en el liderazgo consiste en leer bien los signos de los tiempos, sobre todo cuando el tiempo aún está abierto y nos habla. Pero cuando el ciclo temporal se ha cerrado ya no podemos leer para actuar, sino que tan sólo podemos interpretar lo que ya ha pasado. Ahora los dados ya corren y no los podemos detener.
ARA








