¿Quien exigió una fecha exacta?

El Partido Comunista de España (PCE) fue legalizado el día 9 de abril de 1977. La fecha puede parecer anodina, pero resulta que era sábado y Semana Santa. En aquellos tiempos no había Twitter, ni internet, ni móviles, ni nada por el estilo. Un Sábado Santo constituía, pues, una especie de limbo informativos, un no-momento en que todo el mundo estaba de vacaciones y, como mucho, podía ver Ben Hur por la tele, sin saber qué había pasado o dejado de pasar en el mundo, o incluso y todo al lado de su casa. Esto es importante recordarlo, porque de lo contrario no se entenderá nada de lo que explicaremos a continuación. Pasamos al segundo detalle. El día 9 de abril de 1977 hacía exactamente 38 años que había terminado la Guerra Civil Española. 38 años son poca cosa: no llega a dos generaciones. Los familiares de los que habían sido paseados por la Arrabassada durante julio y agosto de 1936, o los de los miles de fusilados en el Campo de la Bota a principios de 1940 estaban vivos y recordaban perfectamente a sus padres o hermanos. Sólo habían pasado 38 años. Adolfo Suárez legaliza el PCE aquel intempestivo Sábado Santo porque la posibilidad de que los militares españoles repitieran hechos como los de julio de 1936 eran altísimas. Haciéndolo de esa manera, el choque frontal se atenuaba considerablemente. Al final, la astucia de Suárez se impuso, y todo el mundo, especialmente el ejército y el llamado búnker, se quedaron con un palmo de narices. Hechos consumados, sigilo, mano izquierda, medias verdades susurradas selectivamente, buenas maneras, reuniones hechas en paralelo en habitaciones separadas, cordialidad, paciencia y muchos paquetes de Ducados. Y también algo muy difícil de definir, que intentaré resumir en una expresión que para una persona inteligente es coherente y clara pero que otros no entenderán nunca: franqueza prudente. En política hay que ser franco, sin duda, pero prudentemente.

Jugamos ahora a los razonamientos contrafactuales. Desde el primer minuto de su mandato, Suárez vivió una situación de debilidad política que hoy nos puede parecer increíble. No sólo no le hacían caso, sino que los de su propio partido le ponían palos en las ruedas sin complejos, de manera pública y notoria, humillantemente. La Unión de Centro Democrático (UCD), de hecho, no era un partido, sino un confuso conglomerado de intereses contradictorios comandados, en general, por arribistas sin muchos escrúpulos. Suárez dependía del azar, y también de la responsabilidad política de los dirigentes de otras formaciones. Algunos llegaron a ser leales, e incluso generosos en momentos puntuales. La norma, sin embargo, fue otra. Quedan magníficas fotos de la época en que la imagen de Suárez es la de la desolación y el desamparo. Su dimisión, el 29 de enero de 1981, tuvo un punto importante de patetismo.

Pero las cosas habrían podido ir de otra manera desde el primer momento, por supuesto. Imaginemos que un dirigente de algún partido político de izquierdas de la época le hubiera dicho: «No nos acabamos de fiar de ti. Te ayudaremos esta legislatura, pero sólo si haces pública la fecha exacta de la legalización del PCE». Puestos a imaginar, la respuesta de Suárez parece previsible: «Poner una fecha exacta a la legalización del PCE equivale a entorpecer, o incluso impedir, la legalización de este partido, porque los que están en contra se hartarán de reír. Dispondrán de una ventaja que antes no tenían». Es plausible pensar que, en caso de haberse producido esta situación, el PCE no se habría legalizado hasta mucho más adelante. Pero también queda claro que a Suárez no le habría quedado más remedio que aceptar aquella oferta absurda para mantener la estabilidad de su gobierno. Resultado: un autogol sin sentido, un error derivado de la falta de astucia política. El lirio en la mano. Un clásico.

Hemos empezado hablando del 9 de abril de 1977, sábado. Ahora, si ustedes quieren, volvamos a este 22 de octubre de 2014 miércoles. La situación actual que se vive en Cataluña se puede evaluar de muchas maneras, evidentemente, pero no todas son igual de convincentes. Hace cuatro años, en otoño de 2010, Artur Mas fue proclamado presidente de la Generalitat después de haber dado un gran paso adelante, de proponer un proceso de transición nacional. No tengo constancia de que ningún fenómeno similar se haya basado en acondicionar un objetivo tan ambicioso a una fecha concreta: una transición transformada en una agenda deja de ser una transición. ¿Quién forzó la simplificación de aquel proyecto con la obsesión de una fecha exacta de la consulta que, en aquellas circunstancias, resultaba suicida? ¿Ninguna autocrítica?

ARA