La grandeza de un político no la otorgan los discursos vibrantes que es capaz de pronunciar ni las declaraciones de principios que ofrece ante cámaras y micrófonos, sino la inteligencia con la que sabe detectar el momento de dar un paso atrás para poder dar dos haciaadelante. Ahora se ha producido uno de esos momentos en el proceso catalán. Un momento en que la aplicación de un plan B, después de la frenada del plan A, ha generado un fuerte debate y ha obligado a los actores situarse en un nuevo escenario. Por suerte, los actores, en su mayoría, han entendido la importancia de rebajar las reafirmaciones de partido en beneficio de un objetivo común y han estado a la altura del momento que vive Cataluña. Algunos lo han hecho a regañadientes, es cierto, pero la generosidad se demuestra justamente en situaciones como esta. Y el mandato de la sociedad, en las últimas elecciones, era una petición de generosidad para lograr la unidad. «Haznos sentir orgullosos de vosotros», pedía y sigue pidiendo la gente. Sin embargo, durante un día, en lugar de orgullo hubo una profunda decepción, que fue finalmente reconducida por todos los actores gracias a la presión social. Todos menos uno: Joan Herrera, secretario general de ICV.
Joan Herrera es el señor que quiso hacerse ver por el procedimiento de decir que no quería aparecer en la foto de grupo, junto a los otros partidos soberanistas, el día que se firmó el decreto de convocatoria del 9-N. Él no hace política de fotos, dijo. Y mientras lo decía, se fotografiaba delante de todos los medios de comunicación. Joan Herrera es también el señor que se levantó de la mesa sin querer escuchar la negociación que estaba haciendo la CUP en la famosa reunión del palacio de Pedralbes y corrió a fotografiar de nuevo para apoyar a la caverna catalana diciendo exactamente lo mismo que Alicia Sánchez-Camacho y Albert Rivera. Exactamente lo mismo: «consulta deshonesta con la ciudadanía», «consulta sin garantías democráticas», «lo que se trata es de mejorar las condiciones de vida de la gente»… Y después de tanta demagogia -que ahora no ha tenido más remedio que rectificar, corrió por tercera vez hasta el diario El País, brazo mediático del nacionalismo español de izquierdas, para remachar esto con estas palabras: «El 9-N no iré a votar».
Mira por dónde, Joan Herrera, secretario general de un partido que el pasado 15 de octubre conmemoró el 74º aniversario del fusilamiento de Lluís Companys, es también el señor que el 22 de abril de 2010 se mostró bastante complaciente cuando su partido, desde del gobierno, homenajeó con todos los honores, en el Palau de la Generalitat, a Juan Antonio Samaranch, antiguo dirigente y mano derecha del régimen que asesinó al presidente homenajeado. ¿Dónde estaban las aprensiones del señor Herrera -y de la señora Dolores Camats-, aquel día? ¿Dónde estaba su ética, como máximo dirigente de un partido de izquierdas, en aquel acto infame? ¿Qué valores democráticos había defendido Samaranch, como dirigente fascista que nunca renegó de esta ideología ni de su pasado? ¿En qué mejoró las condiciones de vida de la gente, el régimen franquista, señor Herrera? ¿Cómo puede ser que alguien honre un día las víctimas del fascismo y otro a sus verdugos? ¿Alguien se imagina a Hermann Göring, ministro de Hitler, homenajeado con todos los honores nacionales por los Verdes alemanes? ¿Qué clase de persona es usted, señor Herrera? ¿Es un hipócrita o un cínico? ¿O quizás una mezcla de ambas cosas?
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