La del 9-N es una de las muchas batallas que el soberanismo tiene que ganar sí o sí (y, para ir bien, sí + sí). Pero hay muchas maneras de ganar batallas mientras llega la victoria final. Por eso, cuando me hacen la pregunta «¿Habrá o no habrá consulta?», Respondo: «Es lo que queremos, es lo que hace falta, es por lo que hay que luchar hasta el último momento». Pero añado que, pase lo que pase, decidan lo que decidan los que tienen la gran responsabilidad de llevarla a cabo, es necesario que el 9-N sea una gran victoria al servicio del objetivo final.
Para ubicar bien la cuestión, hay que hacer memoria de un par de cosas. Por un lado, que la promesa de la consulta del 9-N no fue resultado de una estrategia calculada para garantizar su realización, sino consecuencia de la necesidad de consenso entre fuerzas políticas con concepciones diversas de la jugada. Un consenso forzado por los resultados de unas elecciones en las que, como ha dicho el presidente Mas, los catalanes repartimos las responsabilidades del proceso. Esta unidad entre varios partidos, que tanto nos emociona, también tiene este tipo de inconvenientes: resta consistencia estratégica de cara al acuerdo.
Por otra parte, esta misma necesidad de unidad dio lugar a la fecha y, sobre todo, a la pregunta de la consulta. Hace sonreír que políticos curtidos y expertos juristas la discutan como si hubiera salido de un laboratorio esterilizado. Esta era la mejor fecha y pregunta posibles para poder llegar a la fotografía de unidad -desde las CUP a Unió- que todavía provoca tanta satisfacción. Discutir si había otra fecha y una pregunta mejor no es hacer política, es ficción.
Pero este punto de partida ya es el pasado. Y, a la velocidad que vamos, dos años son casi historia. Ahora ya sólo nos queda el mañana para actuar. De modo que, primero, hay que ir lo más lejos posible en el desafío al Estado sin que se cree una apariencia, ni mucho menos, una situación de descontrol interno. Con conciencia o sin ella, hay quien juega a crear este clima de inseguridad, bien sea para sacar ventajas partidistas aquí, bien sea para hundir la consulta allí. Y hasta hay un viejo independentismo que nunca supo extender su promesa más allá de su propio cenáculo, que ahora se reactiva por si puede sacar provecho de un hipotético fracaso del 9-N.
En segundo lugar, pienso que el debate no es entre desobediencia sí o no. Ya hace días que se hacen oídos sordos al Estado. Tampoco es cuestión ni de cobardías ni de testosterona. El objetivo debe ser que la consulta del 9-N sea útil para el ejercicio del derecho a decidir y, para muchos, también para la independencia. Pero hay que asegurar que hacerla de cualquier manera no se convierta en una victoria pírrica. Es decir, en una victoria que se salde con tantas bajas que, como Pirro, rey de Epiro, tuviéramos que decir aquello de «Otra victoria como esta, y volveré solo a casa».
En definitiva, debe plantearse el 9-N en términos de victoria real, incluso si finalmente no pudiera haber urnas. Haber puesto en evidencia la intransigencia del Estado a los ojos del mundo ya es una grandísima victoria. Además, haría falta que poco antes del 9-N se nos invitara a una fecha, no demasiado lejana y ahora irrevocable, entendida como continuación del único plan que tenemos. Finalmente, el 9-N habría que volver a hacer visible cuál era la voluntad popular. A las 12 h, todo el mundo ante el que debería haber sido su colegio electoral, en un gesto que dejara claro ante el mundo que se ha impedido el mandato democrático que hicimos en el Parlamento, y que supiera canalizar la ilusión de la movilización.
No sé qué pasará el 9-N. Yo todavía confío en votar. Pero, votemos o no, el 10-N hay tenemos que levantarnos sabiendo que se ha vivido una nueva victoria.
ARA








