El discurso del rey

El ambiente político más o menos oficial está dando una gran importancia a las palabras que pronuncia el rey Felipe. Lo pasan todo por el microscopio. Pues tal vez lo hagamos. El rey español, en el foro de las naciones que son Estado, ha hecho un canto a la diversidad y a la unidad, exactamente lo mismo que hizo cuando tomó el cetro y la corona. El hombre habla bien, se le entienden las palabras. El subtexto también. El subtexto dice: mirad toda la tolerancia que tenemos hacia las minorías, que les damos encaje en la política, la lengua, la cultura, etc, y resulta que los catalanes dicen que se van porque no les dejamos ser. Por ello, como los catalanes están ya en la agenda mundial, el rey tiene tanto interés en señalar el respeto a la diversidad. No, como dicen los buenos lectores españoles, porque esté pleiteando a favor de la tolerancia. Es un discurso Margallo, marca España.

De hecho, nunca había habido, en esta democracia, una embestida tan fuerte en contra la lengua catalana en el conjunto de sus dominios. Si incluso los tribunales nos dan la razón y suspenden el TIL balear, con la cabeza de la consejera rodando escaleras abajo, dicho sea como metáfora, que no quiero ningún mal para ella. En Aragón imponen el francés en lugar de permitir el catalán; en las tierras valencianas las familias no pueden aplicar la Ley Wert a su favor porque el texto sólo cuenta para el español. ¡Y venga recoger firmas para tener tele en la lengua de casa! ¡Si esto es comprensión, señor rey…! Pero es que, encima, Felipe VI se presenta como el paladín de la democracia en el mundo, con permiso del TC; un mundo donde, dice, combatirá con todas sus fuerzas la pobreza. Hace años que no hay, en España, tantos pobres: tal vez a palacio no llega la Cruz Roja.

Que el rey hable tan lejos de la realidad es un problema para el rey. Hace que la monarquía parezca algo etéreo, que no toca hueso. Puede que el mundo, escuchándole incluso, piense que los catalanes quieren irse por las pelas. Pero el caso es que escuchamos a Rajoy: no, y sin contrapartidas.

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