Una de las cosas que más han destacado los medios de comunicación catalanes, estos últimos días, sobre el referéndum escocés, ha sido el hecho de que los partidarios del SÍ y del NO defendían sus posiciones sin ningún tipo de convulsión o crispación. Había posiciones más o menos vehementes, claro, pero no iban más lejos por la sencilla razón de que tanto los unos como los otros son demócratas y habían decidido dirimirlo en las urnas, que es la forma en que los verdaderos demócratas dirimen los conflictos. Quiero decir que no era un conflicto entre gente que quería votar y gente que lo impedía. Discutían el sentido del voto, no el ejercicio del voto. Por ello, una de las frases más escuchadas en nuestro país ha sido «¡Qué envidia!» Otra cosa es el resultado de la votación y las consecuencias que tendrá para los escoceses, ya que no tardarán mucho en darse cuenta de que las palabras, como las hojas muertas, se las lleva el viento y que las promesas de Londres previas al referéndum serán migajas. Nótese que sólo diez horas después de conocerse el resultado, David Cameron ya empezaba a diluir las promesas que había hecho y rehuía el compromiso adquirido de llevar a cabo una nueva lectura de la ley escocesa. A esto, pobres escoceses, se llama ir por lana y salir trasquilado.
Pero Escocia no es el país de los catalanes. El 18 de septiembre pasado, los escoceses no decidieron el futuro de Cataluña. El futuro de Cataluña lo decidiremos nosotros, diga lo que diga el Estado español, por la sencilla razón de que sólo el pueblo catalán tiene derecho a decidir sobre el pueblo catalán. Es verdad que nuestro proceso es mucho más pesado que el escocés, ya que nos obliga a un gasto adicional de energía defendiendo obviedades y derechos elementales, pero sólo hay que mirar la historia absolutista de España para entenderlo. Nos ha tocado un antagonista que no accedió a unos mínimos democráticos por evolución, sino por contemporización, como lo demuestra el hecho de que el dictador murió de viejo y que el Borbón que le sucedió juró los principios de la dictadura. Justo el mismo Borbón que el PP y el PSOE blindaron hace tres meses para que los delitos que pueda haber cometido durante su reinado queden impunes para siempre.
Todo esto, no hace falta decirlo, es una losa, para nosotros. Es una losa, porque explica la razón por la que los escoceses ya han votado mientras que nosotros todavía estamos luchando para poder hacerlo. Y es que nuestro antagonista, a diferencia del suyo, ni siquiera reconoce nuestra existencia. Existe la nación escocesa, pero no existe la nación catalana. Para España no hay catalanes, hay sólo españoles nacidos en el noreste del Estado. Nuestro gentilicio, no sería nacional, sería doméstico; apto para cosas de orden interno, pero inadmisible para proyectarnos al mundo. Y menos para decidir sobre nuestra vida. No podemos decidir sobre nuestra vida, porque ésta no nos pertenece. La vida de los catalanes es propiedad de España.
Llegados aquí, como vemos, la independencia de Cataluña deja de ser una recuperación de las libertades arrebatadas para convertirse en una cuestión de supervivencia y de dignidad. Cada día que pasamos bajo el dominio español favorecemos nuestra expoliación, degradamos nuestra educación, degradamos nuestra sanidad, degradamos nuestras infraestructuras, degradamos nuestro bienestar social, degradamos nuestra lengua, degradamos nuestros derechos y degradamos nuestra autoestima. Si es verdad que ser libre es un derecho, en el caso de los catalanes se convierte en una obligación de cumplimiento inmediato, ya que la nación catalana no puede vivir dentro de España del mismo modo que nadie puede vivir en un espacio sin aire. Será, pues, por todas estas razones, por lo que Cataluña hablará muy pronto. Y lo hará de manera diferente de Escocia. Escocia ha dicho NO, pero Cataluña dirá SÍ. Dirá SÍ a la independencia, dirá SÍ a la libertad.
Víctor Alexandre
EL SINGULAR DIGITAL








