El horario es el mensaje

Desde ayer hasta el domingo celebramos la primera Semana de los Horarios para divulgar el proyecto de reforma horaria (www.reformahoraria.cat) que se ha puesto en marcha en Cataluña. La tesis que justifica todo el proyecto es que determinados cambios sociales de fondo a favor del bienestar, la prosperidad, la salud y la educación y en contra de la desigualdad dependen de una mejor organización horaria que el actual, ostensiblemente mejorable. Es decir, que más allá de los grandes debates ideológicos, hay cambios que sobre todo dependen de una mejor organización social, empezando por los horarios.

Es importante insistir en este principio porque la política suele convertir las grandes cuestiones sociales en interminables debates ideológicos. Es la manera que tiene de apropiarse de las causas que considera justas y de convertirse en su valedera y garante ante el ciudadano. Sin embargo, el hecho de llevar la defensa de las causas sociales al terreno de las ideas y los principios las suele alejar de la realidad práctica y, por tanto, del debate racional, fundamentado en las cifras, la experiencia y el análisis científico. De modo que, paradójicamente, es la defensa de grandes principios lo que a menudo acaba impidiendo que se consiga lo que prometían. En el terreno de la enseñanza, esto es moneda común. Hay principios igualitarios que, defendidos dogmáticamente, provocan lo contrario de lo que pretenden. Tanto como la defensa de ciertos principios meritocráticos, llevada al extremo, no logra la excelencia buscada sino que confunde, injustamente, el mérito con la ventaja social de partida.

Entonces, ¿cómo se defiende una justa causa si no es con una ideología que la propague? Como he dicho, mi opinión es que el acento se debe poner en las formas de organización social práctica que la hacen posible o favorecen el progreso. Después de todo, lo que es realmente decisivo no es qué pensamos sino qué hacemos. Y desde una perspectiva sociológica, lo que hacemos determina lo que pensamos -por justificarlo o incluso para enmascararlo- más que lo que pensamos condiciona qué hacemos. Es aquello tan celebrado de Marx: «No es la conciencia del hombre lo que determina su ser sino, por el contrario, el ser social lo que determina su conciencia». Por ello, cualquier estrategia de cambio, más que querer despertar la conciencia de los individuos, lo que debe buscar es la transformación de las condiciones materiales que la hagan posible.

Y es aquí donde entra en juego la intención verdaderamente revolucionaria de hacer posible una reforma horaria. Se trata de mejorar las condiciones de vida y maximizar el tiempo de libre disposición. Pongamos el caso del rendimiento educativo. ¿El obstáculo principal son los cambios de leyes, los sistemas pedagógicos o los caprichos del ministro Wert? No: el primer y principal enemigo son los horarios kafkianos de nuestras criaturas, la escasa vida familiar que hacen y las pocas horas de sueño que tienen (por ejemplo, sabemos que dos horas menos de sueño al día reducen el 50 por ciento del rendimiento en matemáticas). O hablamos de las desigualdades de género en el ámbito doméstico. ¿El problema es de machismo ideológico? No exactamente: todo es de un machismo práctico que se manifiesta en una distribución desigual de las rutinarias tareas de cuidado del hogar. Y también sabemos que los malos horarios de trabajo explican la baja productividad de un país como el nuestro, donde, en cambio, se trabaja 300 horas más de media anual que en Alemania o Austria.

La conclusión es clara: menos ideología en los debates y más análisis científico y pragmatismo para conseguir lo que buscamos. Y quien quiera hacer una crítica política de un modelo social, que estudie -y denuncie- los horarios sobre los que se estructura. Sí: es en el horario donde está el mensaje.

Salvador Cardús
ARA