Ellos dicen que nosotros nos desinflamos, y yo creo que ellos están perdiendo los papeles. Hablo, claro, de los que se otorgan, legítimamente o no, la representación del Estado. Han cantado el responso al soberanismo cada dos por tres y, sin embargo, el soberanismo sigue avanzando en número, argumentos y convicción. Y hablo de soberanismo no por utilizar un eufemismo suave y ahorrarme hablar de independencia, sino porque si algo es probadamente mayoritaria en Cataluña es la voluntad de votar. Y, sea sí, no, o cualquier combinación de una cosa y otra, esto es ejercer la soberanía. De hecho, tanto hablar de la división de la sociedad catalana, y nunca cualquier otra aspiración -¡ni ser del Barça!- nos había unido tanto: ocho de cada diez catalanes estamos de acuerdo en querer votar, una proporción de la que no se me ocurre que se pueda decir nada más.
El gran error de las élites españolas que son portadoras de las razones de Estado -en el gobierno y en la oposición, altos funcionarios, intelectuales orgánicos y dirigentes de empresas vinculadas a las concesiones públicas- es no haber aceptado el desafío de los catalanes y proponer, como en el Reino Unido, un debate político de fondo y una consulta que quizá les habría permitido encontrar una salida que no fuera, necesariamente, la del todo o nada. Estaba en sus manos facilitar una consulta. Tal como señaló el Consejo Asesor de la Transición Nacional, había hasta cinco caminos que, con voluntad política, permitían hacerlo de manera legal y acordada. Pero haberse negado a entender las razones de los catalanes les ha llevado a un callejón sin salida. Sí: ya sé que ellos piensan que somos los catalanes los que estamos ofuscados en un delirio soberanista y atrapados en un deseo -votar, decidir- imposible de ser satisfecho. Se lo hace creer el hecho de tener el control de la violencia que el Estado hace legítima. Pero a mí me hace pensar lo contrario la experiencia de éxito que históricamente han tenido las grandes movilizaciones sociales que detrás tenían causas justas. Como lo será la de este Once de Septiembre.
España muestra señales de estar aturdida, desconcertada. Para sus intereses, la primera pifia fue convertir la consulta de Arenys de Munt en un pulso que acabó perdiendo. Apenas hace cinco años -el pasado domingo lo celebrábamos- aquel gesto modesto de radicalidad democrática hizo visible que el Estado no era invencible. El gesto de Arenys de Munt desencadenó -nunca tan bien dicho- una conciencia nacional que hasta entonces había estado prisionera de un fatalismo histórico que nos hacía pensar que estábamos condenados para siempre a la derrota. Fue el clic que provocaría un profundo cambio de mentalidad. La chispa se esparció rápidamente, y es Arenys de Munt lo que hace posible la ANC, y la ANC la que provoca la respuesta política que ha llevado hasta la consulta del 9-N. Desde entonces, el Estado no ha hecho otra cosa, con su reacción autoritaria, que añadir argumentos, reforzar convicciones y empujarnos adelante.
De aquí al 9-N, a falta de tanques, viviremos una guerra de nervios. La ganará quien no los pierda, quien mantenga la serenidad y la fortaleza. La ganará quien llegue al final sin cometer errores. De momento, como decía, quien muestra que pierde los papeles son los que prohíben la presentación de una novela en Utrecht, los que proponen frentes nacionales, los que, con sus arrogancias, ironías y sarcasmos, siguen hiriendo la dignidad de unos ciudadanos hartos de tanta desconsideración. Pagar, y callar. Estas semanas veremos encuestas sesgadas, la exposición al público de toda la ropa sucia que encuentren o se inventen y la ridiculización y demonización del soberanismo. Sólo unos nervios de acero -y un buen sentido del humor- nos permitirán votar el 9-N.
ARA
Salvador Cardús








